2015.

Estas primeras semanas de 2010 se está hablando y escribiendo mucho acerca del futuro que le espera a esto de los tebeos. La nueva era digital ya está aquí, y no va a haber marcha atrás. Independientemente de que se sea más o menos fetichista —mira que a mí me gusta el papel, pero esta gente que habla del “olor de un tebeo recién comprado”… ¿qué hacen, se lo esnifan? Porque la tinta coloca…—, y al margen de que se esté más o menos de acuerdo con el cambio de negocio que a la larga se cargará a los intermediarios, o por lo menos a muchos de ellos, no tiene sentido seguir debatiendo si se va a implantar o no la lectura en soporte digital. Es sorprendente cuánta gente aún defiende que nunca desplazará a la lectura en papel. Son una minoría, pero aún así me sorprende. Porque esto no es nuevo: se ha visto ya infinidad de veces. Los soportes cambian, cada vez a más velocidad, y el anterior acaba olvidado o convertido en un producto para minorías. Pretender que la próxima generación va a tener apego al papel es absurdo. No será su referente, porque van a criarse en lo audiovisual, y a él recurrirán tanto para su ocio como para su cultura. Se va perfeccionando cada vez más el aparato necesario para leer cómics con total comodidad: el último, el i-pad, dicen que funciona bien. Yo pienso que aún es necesario el dispositivo de tinta electrónica para cómics, que probablemente tardará en llegar. Creo que permitirá una experiencia más cercana a la lectura en papel. Pero, insisto, esto es así porque yo me he criado en papel y por analogía busco algo que sea más cómodo pero reproduzca la experiencia tan fielmente como sea posible. Lo cual no significa que la gran mayoría de la gente vaya a tener problema alguno con los dispositivos con pantalla.

Ante todo esto, propongo un ejercicio de imaginación: voy a coger el De Lorean que tengo aparcado en uno de los siete garajes de mi mansión —¿qué pasa? He dicho que es un ejercicio de imaginación— y voy a viajar cinco años en el futuro, para echar un vistazo a cómo está el mercado a principios de 2015 teniendo en cuenta que creo que los cambios en el mismo se van a producir a una velocidad vertiginosa, probablemente mayor de la que esperan editores y analistas. Veamos:

En el mercado americano, la grapa mensual ha desaparecido casi totalmente. Aún se publican tebeos infantiles en este formato, pero Marvel y DC hace ya un tiempo que publican sus colecciones regulares en sus propias páginas webs. El usuario puede descargarse un cómic concreto por sólo un dólar, o puede pagar una tarifa de quince dólares mensuales y tener acceso a todas las novedades del mes. Paulatinamente, van digitalizando todo su fondo, que también está disponible dentro de esa tarifa plana. Cuando aún publicaban en papel, intentaron simultanear ambos soportes, ofreciendo las novedades primero en papel y subiéndolas pasado un tiempo a su web, pero el desplome de las ventas de grapas precipitó que Marvel tomara una decisión radical. DC la siguió un año después. A pesar de ello, se intentó mantener las publicaciones de más éxito, aunque para 2015 ya no queda ninguna. Las colecciones que demuestran ser rentables son editadas a lo largo del año en tomos que suelen incluir algún tipo de extra, como bocetos a lápiz o ilustraciones inéditas.

Los autores independientes también publican mayoritariamente en internet. Muchos incluso prescinden de editores y ofrecen directamente sus obras en sus propias páginas por precios razonables. Alguno se resiste a abandonar el papel e intenta formas de ofrecer productos irreproducibles en los lectores digitales, por ejemplo con formatos gigantes, o páginas desplegables. Chris Ware y Scott McCloud son pioneros en la revolución del lenguaje de la historieta que suponen los nuevos soportes, y que va mucho más allá de añadir efectos de sonido y animaciones, lo cual ya se hacía en 2010 sin demasiado éxito, y tiene más que ver con el formato, con la composición de página —de “no página” más bien—, con la nueva manera en la que el lector interactuará con la obra. Pese a todo esto, la gran mayoría de las obras aparecen en papel, en formato de “novela gráfica” —en 2015 el término me sigue gustando poco, pero está mucho más asentado que en 2010 y todo el mundo lo utiliza para referirse a un libro de cómic—, y casi siempre publicados por gigantes editoriales generalistas. Paralelamente, el formato digital ha posibilitado una nueva edad de oro del fanzine, con la que aparecen decenas de nuevos talentos interesantes. Dentro de otros cinco años, Alan Moore creará la primera obra maestra que tenga que ser leída por fuerza en pantalla. Dentro de diez, Moore se fusionará con la red y Glycon sustituirá al clip de Office como oráculo de los usuarios.

La mayoría de las editoriales pequeñas se han pasado a la publicación digital. En portales de internet, la mayoría de las veces asociándose entre sí, ofrecen novedades y fondo editorial mediante el doble sistema de la descarga única o la tarifa plana mensual. Como incentivos, se ofrecen dibujos dedicados por los autores y productos exclusivos de merchandising a los primeros compradores. Estas mismas editoriales publican en formatos lujosos sus productos más exitosos o, más frecuentemente, venden los derechos de explotación en papel a alguna editorial generalista. A pesar de esto, muchas editoriales pequeñas han acabado desapareciendo en estos cinco años, víctimas de la crisis económica y de su poca capacidad de adaptación.

El manga ha sido el pionero del paso al digital. El formato de revista tan popular en Japón se ha llevado sin traumas a internet, y los gigantes editoriales de allí ofrecen sus obras por descarga. La piratería es mayor que en el cómic occidental, pero el mercado japonés siempre ha explotado muy bien el merchadising, y así sigue siendo en 2015, de forma que la mayoría de los ingresos provienen de él. Las series de más éxito siguen teniendo edición en papel, pero cada vez menos. Los autores que publican “a la europea” —Taniguchi, por ejemplo— siguen un modelo similar al del cómic independiente.

En el mercado francés, el sistema habitual de publicación por álbumes de periodicidad anual en el mejor de los casos, provocó una adaptación más lenta y menos traumática que la del mercado norteamericano. Las pequeñas editoriales fueron más rápidas que las lentas en ofrecer la posibilidad de descargar previo pago sus obras, pero todas han acabado por hacerlo. También ha desaparecido alguna. A pesar de esto, la publicación de los nuevos álbumes de series consagradas sigue siendo un acontecimiento de repercusión nacional, y se siguen ofreciendo en papel. Las obras completas de los grandes clásicos siguen igualmente disponibles en papel, pero las ya no tan nuevas generaciones de autores no han tenido reparos en pasarse al soporte digital. Unos pocos autores se resisten, y publican tiradas pequeñas en editoriales minoritarias. Sfar se ha convertido en el pionero de la autoedición en internet, en la que le han seguido muchos ex compañeros de L’Asocciation. Sus obras aparecen en la red para ser descargadas y pasado un tiempo son publicadas con extras en bonitas ediciones fetichistas a cargo de grandes editoriales. La Mazmorra no ha acabado aún.

En cuanto a España… vaya. El indicador del condensador de fluzo me indica, valga la redundancia, que me estoy quedando sin plutonio. Tengo que regresar a 2010. A ver si recargo y otro día vuelvo y veo cómo está la cosa aquí.

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