Mi vida en la maleza de los fantasmas, de Amos Tutuola.

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Pocas veces me ha costado tanto acabar un libro como este Mi vida en la maleza de los fantasmas, de Amos Tutuola. Tutuola, nigeriano, cuenta en su novela varias historias tradicionales de la etnia Yoruba, pero en lugar de hacerlo en su lengua natal, elige hacerlo en un inglés que no domina del todo. Así, y gracias a una labor de traducción de Maribel de Juan que se intuye titánica, me he encontrado con un texto infernal, en el que abundan las oraciones agramaticales e incompletas, los errores de concordancia, los conectores mal usados, las reiteraciones constantes, por las cuales es habitual encontrarse el mismo sustantivo siete veces en tres líneas. Un texto infernal que en algunos momentos ha sido prácticamente ilegible y que en el mejor de los casos era tolerable sin más. Y sin embargo, me he peleado con Mi vida en la maleza de los fantasmas hasta llegar al final. Porque lo que cuenta Tutuola sí es tremendamente interesante desde el punto de vista del folclore.

Toda la narración se basa en la sucesión de mitemas del folclore africano, que Tutuola engarza toscamente a partir de la excusa del niño que se pierde y entra en la maleza de los fantasmas, que no es más que el otro mundo: el mundo de los muertos. La novela es una pesadilla, una alucinación de casi treinta años de estancia en el mundo de los fantasmas sin pies ni cabeza, carentes de todo sentido si la analizamos desde la lógica occidental. Un caos reforzado por la deficiente sintaxis de Tutuola y una voz de narrador en primera persona maníatico y extraño, que introduce pequeñas historias de fantasmas crudas, sin elaboración u organización alguna, y por ello aún más interesantes. No hay apenas estructura, no hay coherencia interna. Cuando Tutuola necesita que algo haya pasado previamente, en lugar de volver atrás y rehacer su texto para encajarlo, sobre la marcha cuenta que ha pasado y punto. Se saca de la manga personajes y habilidades del principal sin problema alguno, porque, de hecho, el error más grave que comete es querer darle a esto estructura de novela occidental. No lo es. Es una colección de motivos de un folclore terrible, brutal, extraño y desagradable. Y por todo ello, muy atractivo. en su viaje, el protagonista va pasando por diferentes pueblos de fantasmas, sufre transformaciones en animales, se casa dos veces, y hasta tiene un hijo con una fantasma de peculiar nombre: la Súper Señora. La corrupción de los cuerpos, los enjambres de insectos, los fantasmas deformes salidos del subconsciente colectivo, como la enorme mujer con cientos de cabezas en su cuerpo, de tintes casi lovecraftianos, son habituales en Mi vida en la maleza de los fantasmas. Es una mitología escatológica que a nosotros nos resulta alienígena, y precisamente por eso es obligado acercarse a ella, y comprobar cómo retuerce y reinterpreta motivos recurrentes en cualquier cultura, como las mencionadas transformaciones o el certamen de magos, y sobre todo, observar el rapidísimo proceso de aculturación que tiene como resultado una superposición de elementos occidental con los tradicionales extremadamente llamativa, especialmente hacia el final, donde podemos ver a los fantasmas haciendo huelga, a una muchacha fantasma con una televisión en la mano, o al primo del protagonista fundando una iglesia metodista en la maleza de los fantasmas y poniendo anuncios en los periódicos de los vivos para ofrecer en matrimonio a sus hijos fantasmas, muestra esto último de un sentido del humor que alcanza una brutal y poco sofisticada ironía cuando el protagonista consigue al fin escapar de la maleza de los fantasmas para ser capturado de inmediato y ser convertido en esclavo.

Quizás uno de los libros más extraños que he leído nunca, La maleza de los fantasmas tiene como principal inconveniente la infernal prosa de Tutuola. Una cosa es la oralidad y la desnudez del relato tradicional, que son de agradecer, y otra es la inintencionada sensación de turbación que produce el terrible inglés del autor, que, efectivamente, tal y como señala el insigne Siruela en el prólogo, contribuye al tono pesadillesco de la narración, pero de un modo completamente involuntario y contraproducente. Una lástima que no escribiera Tutuola en su lengua materna. Pese a ello, si se hace el esfuerzo de salvar la barrera estilística, que en este caso tampoco es lo más importante, el lector se dará de bruces con un mundo extraño y horrible en el que pocas veces nos molestamos en sumergirnos.

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