Niebla, de Miguel de Unamuno.

Recientemente he leído las tres mejores novelas, o al menos las más mencionadas, de Miguel de Unamuno: La tía Tula, Niebla y San Manuel bueno, mártir. Creo que la mejor por estilo, argumento y significado es ésta última. Pero a mí me ha gustado más Niebla.

Niebla es una novela tan moderna que podría pasar, si estuviera peor escrita, por una gafapastada de antes de ayer. Rompió moldes y normas y dio libertad al género. Unamuno prescinde de la estructura y el reglamento de la novela realista -no hay descripción del escenario; la trama transcurre en un lugar sin espacio ni tiempo- y se centra en desarrollar no a los personajes, sino su filosofía a través de ellos, hasta el punto de que prácticamente es una novela de tesis. Lo de menos es la trama, ante la que Unamuno toma una distancia irónica que me encanta. El tratamiento de los personajes está muy lejos de la crueldad de un Galdós, pero tampoco es benévolo. Son muñecos convenientes que Unamuno trata con amabilidad, pero con ironía. Así, es imposible tomarse en serio la historia del pobre Augusto, que se enamora perdidamente de Eugenia simplemente viéndola pasar por la calle —y se pone a seguirla, el pervertido—, y a partir de entonces todas las mujeres le gustan un poco. Eugenia es un poco feminista, vive con sus tíos y trabaja como profesora de piano, y está enamorada con un vago que no da ni golpe. Eugenia rechaza al lechuguino de Augusto, pero acaba por aceptar su propuesta de matrimonio, tras un conato de triángulo amoroso extraño con una planchadora, y todo para, al final, meterle el sablazo del siglo y escaparse con el vago dejando a Augusto tirado. No es más que una excusa para desarrollar un nuevo modelo que Unamuno llamó nivola y que ejemplifica con esta primera parte de Niebla.

Pero, precisamente, lo crucial de esta novela, o nivola, esta en la manera en la que Unamuno retuerce la narración para sumergirse en el terreno de la pura metaliteratura. Así, el concepto de nivola es explicado por el amigo íntimo del protagonista, que escribe a su vez un libro al que da ese nombre, y que, en sus peculiaridades, es similar al que tenemos en las manos. Durante las primeras páginas de Niebla leemos cómo Augusto adopta a un cachorro con el que mantiene largos diálogos; capítulos después, su amigo le explica cómo en una nivola se evita el monólogo excesivamente largo: “… para que parezca un diálogo, invento un perro a quien el personaje se dirige”.

Entre ecos del Quijote y La vida es sueño, Unamuno reflexiona acerca de la naturaleza de la ficción. El personaje que duda de su existencia, el autor que acaba difuminándose y siendo más personaje que aquél, la niebla, en suma, en la que vivimos: ¿Somos nosotros reales? ¿Sí? También Augusto se creía real.

El cúlmen de Niebla, el encuentro entre Augusto y su creador, el propio Unamuno, es lo mejor de la novela y el resumen de su esencia: el autor se convierte a sí mismo en personaje de su propia novela en un juego que no sólo es magistral, sino también, por qué no decirlo, muy divertido. No deja por ello de ser perturbador. Augusto descubre que es un personaje, que no existe, que su vida no es suya. Que ha sido creado por Unamuno, que decide matarlo. Augusto, que hasta hacía unos momentos amenazaba con suicidarse, suplica por su vida, en una escena soberbia en la que acaba gritándole a su creador que él también, un día, morirá.

“¡También usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió…! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos, sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, entre ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima…”

Soberbio. Es tremendamente impactante el final del encuentro entre ambos porque Unamuno, escritor de tono reposado y amable, se desata y escribe con una garra inusitada y por ello, sorprendente.

Al final, claro, Augusto muere en la cama, porque así lo quiso don Miguel. Pero, al mismo tiempo, vivirá para siempre, porque en última instancia lo que subyace en Niebla es la poderosa idea de que la literatura depara la inmortalidad, de que la ficción y la realidad se mezclan, de que son, en suma, la misma cosa. De que no sabemos del todo nunca si somos nosotros o somos el otro, el que no existe, el sueño de alguien que a su vez es soñado.

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