El ojo de la cámara, de Kurt Busiek y Jay Anacleto.

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Quién iba a adivinar que a estas alturas Kurt Busiek volvería a Marvel, y menos para contar una historia como ésta. La secuela de una de sus mejores y más célebres obras: Marvels. Tal vez por lo poco que casa algo así con la política actual de la compañía, El ojo de la cámara ha levantado tanta expectación como el estreno del telefilme de Farmacia de guardia. Es decir: ninguna —lo digo por si acaso—. Prácticamente me enteré de su salida al mercado en el avance de novedades de Panini. A pesar de que no me daba mucha confianza, me decidí a comprar la miniserie de tres números, siquiera por los viejos tiempos en los que Busiek era el guionista estrella y el que más series escribía. El resultado, previsiblemente, no ha estado a la altura.

La idea de escribir una secuela de Marvels no es nueva para Busiek. Hace años ya se planteó la posibilidad, pero no terminó de cuajar y finalmente se sacó al mercado Código de Honor, una continuación inconfesa en la que Chuck Dixon intentaba seguir el tono de Marvels y la cronología del universo Marvel allí donde lo dejó Busiek. En su momento me gustó mucho, pero es uno de esos tebeos que uno prefiere no releer, porque tiene la seguridad de que se le caerá de las manos. La idea original para Marvels II, por cierto, no seguía contando la historia del periodista Phil Sheldon, sino que se centraba en dos hermanos, uno policía y otro sicario de genios del mal. Como todo quedó en agua de borrajas, acabó reciclando parte de esa idea en una saga de Astro City aún inédita por aquí.

Pero como la vida da muchas vueltas, aquí está Busiek de vuelta con Phil Sheldon y el resto del reparto de la miniserie original y avanzando a través de la historia desde mediados de los años setenta hasta finales de los ochenta. La intención era repetir el scope: superhéroes vistos desde el punto de vista del hombre corriente, recuperación del sentido de la maravilla y un enfoque realista del género dentro de lo posible. Este intento por repetir esquemas resulta excesivamente forzado, y por ello no funciona igual de bien que Marvels. También influye mucho, evidentemente, el hecho de que Jay Anacleto está muy lejos de ser Alex Ross. No soy el mayor defensor de Ross como historietista —aunque me parece un ilustrador espectacular—, pero es verdad que en Marvels su trabajo era crucial: aunó en uno ese sentido de la maravilla y un realismo en el dibujo de los héroes impostado —porque no era tal— pero muy efectivo. Anacleto no se implica tanto como hizo Ross, ni entiende por qué su trabajo fue tan bueno. En El ojo de la cámara no hay grandes viñetas con primeros planos, o con planos generales, no hay ni una sola escena que se quede grabada en la memoria, mientras que en Marvels había unos cuantas —la llegada de Galactus, la foto desde el suelo del Hombre Gigante, Gwen Stacy maravillada por la visión de los atlantes—. El color está igualmente a años luz, y su representación de los héroes no funciona igual, porque es muy convencional; no sé cómo lo consiguió Ross, pero hizo que sus personajes parecieran lo que son, gente disfrazada con espándex, pero que al mismo tiempo no resultaban ridículos, sino todo lo contrario.

Busiek no se molesta demasiado en encontrar una trama novedosa, y simplemente hace que Phil Sheldon prepare otro libro. Para darle algo de emoción, un cáncer de pulmón convierte el trabajo del fotógrafo en una carrera contrarreloj. Más allá de eso la intención de Busiek es volver a centrarse en cómo afectan los superhéroes al hombre corriente y cómo va cambiando la manera en la que la sociedad convive con ellos, haciendo especial hincapié en la histeria antimutante, como ya hizo en la serie original. El problema es que siempre queda la sensación de que todo es demasiado obvio y forzado. Se lee con agrado, porque entretiene y porque sí hay una labor fuerte de documentación, en la que por cierto Busiek contó con la ayuda de Roger Stern, pero no hay tanta reflexión. Es posible que la época que toca El ojo de la cámara dé menos juego que los primeros pasos del universo Marvel, pero todo da la sensación de ser menos grande, —y precisamente sensación de grandeza era lo que soltaba Marvels en todas sus páginas—, y la obra mucho menos redonda.

Y es que no sé si será que Busiek está agotado o desmotivado concretamente con esta obra, pero falta, sobre todo, ese amor que se notaba en Marvels por el material que se estaba adaptando, que en todo caso, no sé si era mejor en la primera miniserie pero sí desde luego más apropiado para el enfoque que le daba Busiek. La Marvel que vemos en El ojo de la cámara no es sólo más oscura, sino también menos maravillosa. El lector asiste, entre otros eventos, a las Secret Wars, el nacimiento de Factor-X, el asalto de la mansión de los Vengadores por parte de los Amos del Mal, y finalmente la “muerte” de la Patrulla-X en Dallas, pero hay algo que falla, falta emoción y sobre todo un tratamiento más adecuado por parte tanto de Busiek como de Anacleto.

En todo caso, no deja por ello esta miniserie de ser un tebeo competentemente escrito, a pesar de que Busiek, cuyo principal problema es remarcar excesivamente lo obvio de la narración, comete varios errores, por ejemplo hacer que Sheldon se acuerde innecesariamente de la niña mutante que acogió hace años justo antes de que ésta reaparezca, de forma que el lector no puede sorprenderse porque está cantado —en uno de los primeros números ya hay un flashback que era más que suficiente—. El final con la muerte del fotógrafo está bien resuelto, pero está también muy lejos de aquel clímax de la serie original en la que, con ritmo perfecto, Busiek entrelazaba la muerte de Gwen Stacy con la trama del propio Sheldon. Da la impresión, leyendo El ojo de la cámara del tirón, de que Busiek ha querido centrarse más en su personaje y contar más su historia que la del universo Marvel, mientras que en Marvels era básicamente un testigo de los hechos, lo cual funcionaba mejor.

Una serie entretenida y poco más, que nadie recordará dentro de unos años. Supongo que nadie esperaba que esta secuela significara lo mismo que Marvels en su momento, pero sí que ofreciera algo más. La edición en tres cómics de Panini es bastante inexplicable: un tomo le habría sentado mucho mejor a esta serie. Además, la cubierta del número uno está salvajemente pixelada. En todo caso, prescindible hasta para los fans de Kurt Busiek.

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