Las cartas sobre la mesa, de Vázquez.

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Al final va a resultar que algo de cierto hay en la cursilada aquella de Paulo Coelho de que cuando quieres algo “el universo entero conspira para que lo consigas”, porque el viernes pasado salí de las UCM Cómic con muchas ganas de acercarme a la obra de Vázquez y ese mismo día voy y me encuentro en mi librería habitual con tres tebeos suyos saldados a precio de risa: Las cartas sobre la mesa.

Al Vázquez de Bruguera lo recuerdo de cuando era pequeño, aunque tengo pendiente recuperarlo poco a poco mediante la colección de Clásicos del Humor de RBA —que la economía de uno llega hasta donde llega—, pero el material de estos tres cómics pertenece al último Vázquez, al que estaba ya libre de imposiciones editoriales y censura. Y lo que uno se encuentra en Las cartas sobre la mesa es un compendio de mala leche, ingenio y humor delirante, obra de un autor que venía ya de vuelta. Vázquez era un golfo genial, un ácrata descarado que alardeaba de dos cosas: su genio y su holgazanería.

Y ambas cosas satiriza en estas historias cortas protagonizadas por él mismo cuya mecánica la mayoría de las veces consiste en que recibe una carta de un admirador con una pregunta que tiene que contestar, y que puede ser de cualquier tipo: la mayoría sobre su trabajo o sus sablazos, pero otras tan absurdas como cómo se fríe un huevo o se quita una mancha. Son excusas para desarrollar historias llenas de ironía y autoparodia, en las que él no siempre queda bien, y que giran, como decía, casi siempre en torno a sus dificultades para entregar páginas o para escaquearse de pagar a sus múltiples acreedores a los que siempre logra dar esquinazo, algo que se toma tan en serio que hasta es capaz de romper un billete de lotería premiado para no tener que pagar sus deudas. No menos absurdas son sus recetas, divertidísimas, o sus instrucciones para fabricar todo tipo de objetos. Hay una genial en la que Vázquez visita el banco donde tiene guardados los ahorros para su jubilación… que ascienden a la cifra de cinco duros. La mejor posiblemente sea una en la que explica de dónde saca sus ideas: las tiene en una parcela y las alimenta con las mejores páginas de humor de todos los tiempos.

Es una excelente metáfora, porque leyendo esto uno se da cuenta de la facilidad insultante que tenía Vázquez para encontrar ideas y plasmarlas con eficacia sobre el papel. Con su dibujo aparentemente simple y tremendamente atractivo, el que para muchos fue el mejor autor humorístico del país construye historietas que no dejan de sorprender por los continuos giros en el guión y las situaciones sin sentido que inventa. Entre pullas más o menos dañinas a Ibáñez y algún otro colega de profesión y las burlas hacia su propia persona, va ofreciendo unas cuantas risas y alguna píldora de genialidad como las comentadas, sin dejar nunca de hablar con el lector, lo que hace que el tono de la narración sea mucho más ágil.

Ignoro si estaré ante el mejor Vázquez, pero sí es el que más me interesa: el Vázquez maduro, libre, y, sí, golfo hasta la médula.

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