Cuatro ojos, de Sascha Hommer.

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A veces, aunque cada vez menos, compro algún tebeo que en principio no entraba en mis planes pero que, por el motivo que sea, llama mi atención cuando lo hojeo en la tienda. Digo que cada vez menos porque las compras fijas ya son demasiadas y el precio de los cómics lo suficientemente alto como para dejar los experimentos para otros campos. En todo caso, con Cuatro ojos me he permitido hacer una excepción.

Sascha Hommer es un autor alemán no demasiado conocido por acá, aunque Sins Entido publicó su primera obra no hace mucho. Y Cuatro ojos es un tebeo extraño. Encuadrado claramente en el género autobiográfico, consiste en un relato de los años de adolescencia del autor y su grupo de amigos. Por generación, su historia debería resultarme cercana, pero el problema es que Hommer elige centrarse casi exclusivamente en un aspecto de su pasado: las drogas. Y como la adolescencia de servidor fue un coñazo, no comparte excesivas referencias con Hommer. Cuatro ojos es por tanto, en esencia, un retrato clásico de adolescencia nihilista de los noventa, la generación que ya no creía en nada, la indiferencia del postpunk, Nirvana y, ya digo, muchas drogas. Es algo que se ha visto ya muchas veces en diferentes medios; en el cómic, por ejemplo, me ha recordado a La casa de los secretos en este aspecto.

Hommer y sus amigos, una panda de marginales que subsisten con ayudas del estado o que viven en casas de acogida, no estudian ni trabajan. No parece interesarles excesivamente ni siquiera la música. Su día a día consiste en una única cosa: drogarse. Sólo se levantan del suelo para ir a buscar más drogas, ya sean setas del bosque o alguna cosa extraña que vende un camello de otra ciudad. Prácticamente todas las conversaciones giran en torno a malos o buenos viajes y a tal o cual nueva droga que alguno ha probado. Hommer no es moralista, no juzga ni critica, pero en su retrato certero de lo que es un tío que vive permanentemente colocado y las gilipolleces que puede llegar a hacer y sobre todo a decir se intuye que quiere reflejar, sobre todo, el patetismo de la situación.

Al margen de esto, Cuatro ojos es un relato hermético, en el que es difícil entrar por la ausencia de textos de apoyo, lo que unido a lo banal de gran parte de sus diálogos convierte al tebeo en una cuestión más emocional que discursiva. No es un cómic para entrar en valoraciones sobre su contenido, sino para dejarse llevar y acercarse a la vida dle joven Sascha, una vida en la que todo parece resbalarle —como reflejan las caras inexpresivas que como máscaras llevan todos los personajes, en un acierto de Hommer—, incluyendo la ruptura con su primer amor, una muchacha tendente a la anorexia que sin ninguna explicación pasa de él de un día para otro.

Con un grafismo atractivo que recuerda a Jeffrey Brown o Chester Brown, aunque sin llegar a su nivel —por lo menos el de este último—, lo más interesante de su trabajo son ciertos experimentos narrativos de montaje —alguna página entera en la que los personajes caminan por el mismo paisaje en una secuencia sin que haya viñetas— y especialmente la manera en la que plasma los viajes psicodélicos, a pesar de que para éstos, habría sido buena idea romper la plantilla de viñetas tan conservadora que usa. El final, simbólico y desconcertante, se pierde un tanto en su propio cripticismo, sin que quede muy claro si ese perro parlante sin ojos simboliza su pasado, las drogas, o todo lo contrario.

El principal inconveniente de este tebeo, que por otra parte se lee con interés y tiene la extensión justa para no cansar, es que no inventa nada. Todo lo que vemos en él a todos los niveles se ha hecho ya antes, y mejor. Falta desarrollo de los personajes, aunque no se quiera personalizar el relato en ninguno ni que importen especialmente al lector. Y no es cuestión de comparar cada obra de esta índole con La Ascensión del Gran Mal o Blankets, ni sería justo hacerlo, pero sí se puede pedir algo más de lo que ofrece Cuatro ojos, que, a pesar de tener varios puntos de interés, no pasa de ser un cómic correcto, lo cual no es poco.

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