Miguel Delibes.

Cuando se llega a los ochenta y nueve años y se ha escrito tanto como escribió Miguel Delibes, no caben muchos lamentos. Pero quiero dejar aquí un recuerdo para un escritor que ni es de mis favoritos ni me parece que esté a la altura de los verdaderamente grandes, pero que es el autor de una obra importante para mí. Cinco horas con Mario fue el primer libro, junto con Luces de bohemia, que me enseñó que la literatura puede ser algo más que peripecia plana, algo más que las aventuras escapistas que leía con profusión y con poco entendimiento por aquel entonces, cuando cursaba el antiguo COU. Fue la primera novela que me hizo ver que el cómo importaba tanto o más que el qué, que podía leerse algo no por el fondo, sino por la forma. Aquella novela que yo leí mal, enfadándome con la mojigata e insoportable Menchu y discutiendo con mi profesor de Literatura sobre ello, sin caer, como acabé cayendo con los años gracias a alguien que supo leerla mejor que yo, en que ahí el que pasaba de su familia era el otro, ese Mario que aguantaba estoico, qué remedio le quedaba al muerto, las cinco horas de uno de los monólogos más brillantes que he leído, con el que, es cierto, Delibes no hizo nada que no hubieran hecho ya otros, pero que a mí fue el primero en enseñármelo. Y por ello siempre tendrá un huequito en la lista de mis libros de cabecera, y el recuerdo de aquellos besos al aire que dejaban sentir su efluvio, pero no su calor.

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