Pascin, de Joann Sfar.

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Pascin es una de las pocas series que Joann Sfar ha dado por terminadas en su ya dilatada carrera —a pesar de su relativamente corta edad—, plagada de series abiertas en las que el autor va dejando hiatos de varios años entre sus álbumes. Tal vez esto, lo de Pascin, digo, sea porque es una de sus obras largas más antiguas: la comenzó a finales del siglo pasado. Poco antes de comenzar con La Mazmorra junto a Trondheim, Sfar empezaba a publicar por entregas esta serie que, aunque hoy pueda parecer “menor” dentro de su producción, es una pequeña maravilla.

Lo primero que asombra de Pascin es la juventud de Sfar: con menos de treinta años, no sólo tenía ya madurado casi completamente su estilo gráfico, sino que su universo temático estaba muy definido.

A partir de la biografía entre imaginada y veraz del pintor expresionista Pascin, tarambana del París bohemio, Sfar explora, quizá por primera vez, sus temas fetiche: el amor, el arte, el sexo. La vida, en sumo, con esa óptica tan particular y que tanto me llega, sin dramatismo, con una moderada alegría, con una relajación y un amor por las cosas pequeñas, por la música y la comida, que se refleja en la estructura totalmente distendida de esta historia, que transcurre sin prisas, sin rumbo fijo, sin centrarse en nada, con la misma tranquilidad con la que después nos dará obras tan soberbias como El gato del rabino o Klezmer. Tal vez sorprenda lo explícitamente que dibuja el sexo, algo que después rara vez se ha visto en su obra, pero que aquí es un elemento fundamental, dado que Sfar explora, sobre todo, la relación entre sexo y arte. El sexo como algo divertido, lúdico, desprovisto de tabúes, sorprendentemente humano. Y el arte con sus múltiples dimensiones: como forma de ganarse el pan —en un episodio Pascin es obligado por su agente a pintar dos cuadros en una mañana para vender a un americano—, como forma de expresión, como sustituto del sexo, como necesidad vital. A través de los muchos pintores que aparecen en la serie, Sfar plantea dilemas que, evidentemente, son los suyos, y que van desde problemas técnicos o estilísticos a la propia naturaleza del arte, y a la pregunta de por qué pintar. Hay un misterio rodeando el acto de inmortalizar un modelo en el lienzo, una magia que a Pascin le provoca sentimientos de amor odio pero que a otros, por ejemplo a su amigo Toussain, un bruto pendenciero, le atrae sin poder explicar por qué.

Pero, si bien los diálogos y las situaciones plasmadas por Sfar son tremendamente atractivas —como es habitual en él—, quizá lo más interesante de Pascin esté en su forma. Sfar experimenta por primera vez de manera radical con los cambios bruscos de estilo —el cual tiene bastante en común con el del Pascin real, por cierto—, esto que después se convertirá en marca de fábrica en obras posteriores. Es una maravilla observar la soltura con la que fluye el dibujo, la libertad absoluta en la composición de página, y la manera en la que Sfar puede, de una viñeta a otra, pasar de un dibujo esquemático a otro caricaturesco, o a otro realista y lleno de detalles. El trazo puede ser el fino de una plumilla o cuatro pinceladas gruesas. Las técnicas que usa Sfar varían igualmente. Es un banco de pruebas sin reglas en el que todo está permitido. Y, en su día, acostumbrado como estaba al color de Walter o a sus propias y espectaculares acuarelas, fue todo un hallazgo ver el tremendo dominio del blanco y negro del que hace gala Sfar. Todo esto, como siempre en él, no es casual, y está puesto al servicio de la historia y del tono de cada escena y viñeta. Es habitual leer críticas hacia Sfar que señalan que a veces no “acaba” suficientemente sus dibujos, que son excesivamente vagos. Creo que estas críticas provienen de lectores que no entienden del todo qué quiere hacer Sfar, que es, aunque no lo demuestre en todas sus viñetas, un dibujante soberbio. Pero el trazo en sus obras es un elemento, sobre todo, del ritmo: una forma de hacer que el lector vaya más o menos rápido, que se detenga en la imagen y en la expresión de los personajes o se centre en los textos. Es su manera particular de transmitir emociones.

La historia termina —es un decir, conociendo al autor— en otro tomo, éste a color, que aún no he podido leer. Pascin fue editado hace unos años aquí por Ponent Mon, en una excelente edición fiel al tomo recopilatorio que editó L’Association. Si bien no es de los mejores tebeos de Sfar, me parece un cómic clave para entender su evolución y su estilo inconfundible, un poco desconcertante para quien no conozca bien su obra, pero imprescindible.

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