La novela gráfica, de Santiago García.

Acabo de terminar de leer el ensayo de Santiago García La novela gráfica, lectura densa y muy aprovechable que no puedo evitar comentar —porque quizá sea ese uno de los objetivos y una de las mayores virtudes del mismo: fomentar el debate.

Vaya por delante que el trabajo realizado por García es encomiable. No sólo por la rigurosa documentación, sino por la calidad del resultado. Al margen de que se esté o no de acuerdo con todas sus ideas, es innegable que hay un método, y una tesis que nunca deja de estar presente en todo el discurso, incluso cuando por necesidad tiene que ser descriptivo. Siempre está claro cuál es el hilo conductor del ensayo, qué razonamiento sigue el autor y a dónde quiere llegar. Todo está relacionado, todo se menciona por un motivo y éste se explicita de forma adecuada a través de un texto académico en todos los sentidos, en el que García mantiene un buen equilibrio entre la cita y la referencia y sus propias opiniones. Además, tiene un estilo totalmente adecuado para un estudio de estas características y escribe de modo preciso y con una forma lo suficientemente cuidada. Echo en falta, quizás, más datos numéricos, de cifras de venta, de cuotas de mercado, ese tipo de análisis que a los que somos de Humanidades siempre nos cuestan más, pero que aquí creo que habría aportado luz sobre la cuestión. El otro pero medianamente serio que puedo ponerle a La novela gráfica es que en su quinto capítulo, en el que se repasa la situación de los últimos diez años, a García le puede el afán totalizador y hace un recuento demasiado amplio de obras y autores de los cuales muchos serán pronta y justamente olvidados, cayendo en una enumeración excesiva que evita en los capítulos anteriores, donde el paso del tiempo y el trabajo previo de otros teóricos han separado el grano de la paja y hacen más fácil señalar a los principales historietistas que en la actualidad, donde, también es cierto, falta perspectiva para juzgar el valor real de los autores sin caer en los criterios puramente personales. En todo caso, el conjunto es notable y, me atrevería a decir, necesario. Y más en nuestro mercado, falto de estudios de peso que se salgan del ambiente del puro fandom. Corre prisa, creo, dotar al cómic de un cuerpo teórico que analice su historia, que cree categorías y establezca criterios de todo tipo, dado que, como dice el mismo García, esto de la “novela gráfica” está empezando y no se sabe muy bien para dónde va a moverse en los próximos años.

Una vez reconocido su valor, también es justo señalar los puntos en los que no acabo de estar de acuerdo con García, o aquellos en los que estándolo creo que puede establecerse algún matiz. Teniendo en cuenta que a mí no me gusta el término de “novela gráfica” ni lo juzgo necesario, es fácil suponer que previamente a la lectura de este libro estaba “alerta”, con la intención de leerlo con la mente abierta pero críticamente. La cuestión es que el propio autor tampoco es demasiado amable con el nombre: lo acepta como extendido y utilizado, pero pone de manifiesto sus propias contradicciones y los problemas que supone. En esto coincido con él: es evidente que si existe una novela gráfica, ésta no puede ser una historia convencional de superhéroes con mejor papel y tapa dura. No, debe de ser otra cosa. Ahora bien, ¿qué cosa? García opina que la novela gráfica no es simplemente el equivalente a una novela literaria, ni tampoco es un género, ni un formato, ni una temática, aunque abunde en la autobiografía y la juzgue fundamental para entender el fenómeno. En el último capítulo, que hace las veces de conclusiones del ensayo, entiendo que básicamente para él la novela gráfica es una intención, una decisión consciente por parte de un autor de hacer un tebeo adulto, libre de intrusiones editoriales, una decisión fundada sobre todo en la libertad que se ha conseguido en el transcurso de la historia y en la conciencia de autor, que en opinión de García es el punto clave del nuevo cómic. Estamos de acuerdo en que es evidente que en los últimos veinticinco años ha surgido otro tipo de tebeo, que tiene unas características propias que no tenía casi ninguno de los anteriores. Yo afirmo siempre que estamos viviendo una auténtica edad de oro del cómic, fundamentalmente por los motivos que apunta García: la libertad, la ruptura con los complejos que generaciones anteriores de dibujantes y guionistas arrastraban y que hacían que se consideraran a sí mismos primos pobres de otras artes o simples artesanos, y también por la asunción por parte de la generación actual de toda la herencia del medio. Ahora bien: ¿es preciso denominar a esto “novela gráfica”? ¿La palabra “cómic” no es suficiente? Tal y como yo lo entiendo, ante la existencia de un nuevo término, el crítico y el teórico tiene dos opciones. Una es ser meramente descriptivo y aceptarlo como inevitable, tratando de explicarlo, y otra, la que sería la mía, enjuiciarla desde el análisis crítico. Primero, cuestionando su aceptación: ¿realmente está tan extendido como parece? Porque tal y como yo lo veo, esto es, más bien, asunto de medios de comunicación, editores tratando de abrir nuevos mercados y público no especializado que no entra a valorar la validez del término; pero tengo mis dudas acerca de si una mayoría de autores y aficionados lo usa y lo da por bueno. La resistencia a usarlo viene con toda probabilidad de su propio origen, que reside en la necesidad de vender el cómic a público y editoriales como un producto nuevo limpio de las máculas que el medio había ido acumulando, y desde luego en el propio complejo de algunos autores. Sin embargo, el propio García menciona continuos intentos a lo largo del siglo XX por encontrar otros nombres para lo mismo, sin que ninguno consiguiera, comprensiblemente, desbancar a los antiguos. Por tanto, “novela gráfica” no es más que el enésimo intento de esa tradición por buscar la legitimación y la consideración como arte serio y respetable. La diferencia está, o puede estar —el tiempo lo dirá— en que esta vez se ha conseguido, y el término, eso sí lo creo, va a extenderse más y más en los años venideros. Y aquí está el inconveniente principal para usarlo: al igual que hace décadas algún editor le explicaba a Carlos Giménez que el tebeo era para niños y el cómic para adultos, ahora las editoriales repiten el mismo proceso con la novela gráfica. Casi desde la primera vez que se usó, se había empezado a pervertir, como demuestran las novelas gráficas publicadas por Marvel, pero esto va a ir a más. El editor avispado se apresurará a colgar la etiqueta a cualquier producto, cumpla o no con los requisitos que García establece —y eso que son pocos, acertadamente—. Las fronteras se harán cada vez más difusas, y con razón: ¿por qué regla de tres Watchmen es una novela gráfica y, pongamos por caso, All Star Superman no lo es? En ninguna de las dos obras los autores retienen sus derechos de autor, y ambas son historias de “género”. ¿Y un recopilatorio del Criminal de Ed Brubaker es novela gráfica? Él y Sean Phillips controlan totalmente el producto, aunque esté publicado por Marvel. ¿Es aquí, tal vez, el hecho de que es una historia de “género” lo que impide darle la denominación de novela gráfica? Y si todos estos ejemplos los son, ¿por qué negarle la etiqueta a cualquier historia en la que el autor marque con su personalidad el resultado final? ¿Qué pasará cuando todo cómic, salvo el de grapa, al que le queda poco tiempo de vida, sea llamado “novela gráfica”? Pues evidentemente, que el término estará tan devaluado que será preciso crear otro. De hecho, al mismo tiempo que se asienta éste, ya van surgiendo otros que utilizan algunos autores, como por ejemplo Seth —mencionado por García—, que a su última obra, George Sprott 1894-1975, lo ha denominado “novella gráfica”.

En todo caso, no le doy mayor importancia. Si se está de acuerdo en que existe una nueva forma de hacer cómic, convengamos si no hay más remedio en llamarlo novela gráfica. No es óbice para entrar en el discurso de García, que en realidad es lo verdaderamente relevante del ensayo. Su objetivo lo cumple con creces: repasar la historia del medio desde los grabados de Töpffer a la última obra de Chris Ware, por mencionar uno, a la vez que se buscan puntos de conexión y se traza el mapa del cómic adulto. Tal y como, lúcidamente, lo cuenta García, todo encaja y tiene sentido. Sin embargo, yo creo que el hilo conductor de su tesis está más enredado de lo que parece. García ordena una historia que aunque breve es, quizás, demasiado caótica como para dotarla de una homogeneidad y una jerarquía en los acontecimientos de tipo causal que me parece un tanto artificial. Siempre que se establece un modelo a posteriori se cae en esto en mayor o menor medida, y no digo que el de García no sea válido, ya que creo que lo es, pero sólo como tal. El investigador, el teórico, no puede evitar ordenar y explicar la realidad, pero ésta siempre va a escaparse de cualquier categorización de afán absoluto. De hecho, en su texto, él mismo ya establece excepciones, salvedades, y resalta nudos confusos en su desenredar de la madeja del cómic adulto. Pero aún así, todo me parece un poco… fácil. Unívoco. Incluso aunque se señale en ocasiones la complejidad de los hechos o la incidencia del azar y la iniciativa personal en los mismos, da la sensación, como por otra parte sucede siempre que se cuenta la Historia hacia atrás, de que la llegada al actual estado de las cosas era inevitable, que las cosas no podrían ser de otra forma, que el orden de los acontecimientos ha sido lógico y que todos los actores eran conscientes de su papel y de qué les precedía en la historia que se cuenta.

Insisto: no digo que las cosas, en esencia, no hayan sido así. Hay relaciones que son evidentes o que, sin serlo, al establecerlas García cobran todo el sentido del mundo. Especialmente interesante, por ejemplo, me parece su reflexión acerca de cómo la tira de prensa estaba próxima a la realidad cotidiana cuando su dibujo no era realista y cómo al serlo se alejó de esa cotidianidad para introducirse en mundos fantásticos. Sin embargo, en ese árbol genealógico que se dibuja en el ensayo, hay otras relaciones que no me acaban de parecer naturales. Personalmente, creo que García sobredimensiona la importancia de los cómics de la EC, tanto en la historia del medio como en su influencia en el siguiente escalón, el underground. Si uno ve cifras de venta de la época, puede darse cuenta de que tampoco estamos hablando de una editorial puntera, y aunque es cierto que tenía excelentes artistas en nómina, también publicaba mucha basura. En ese sentido, no la veo tan diferente a otras editoriales de su momento: son cómics coyunturales. Igualmente, una cosa es que varios autores del underground admiraran a los dibujantes de la EC y crecieran leyéndolos —al igual que el Mad— y otra que pueda establecerse una línea clara que una ambos fenómenos. De la misma manera, no veo una relación entre las tiras de prensa experimentales de McCay o Herriman y dicho movimiento underground, aunque es verdad que ésta aparecerá poco después. Creo que es lo más discutible de todo el discurso de García: la conexión del underground con la tradición anterior. Yo tiendo a pensar que hay una ruptura más que un continuismo, y que las claves del movimiento —que además, casi por definición, es tremendamente heterogéneo— hay que buscarlas más en elementos externos al cómic, en cuestiones sociales y culturales y en otros medios que influyeron a los autores del underground por encima de los cómics que se habían hecho antes, al menos en la mayoría de los casos -probablemente Robert Crumb no está entre esa mayoría.

A partir de ahí, nada que objetar: totalmente de acuerdo en la conexión entre underground y cómic alternativo y, después, “novela gráfica”, con Maus como hito y eje que vertebra todos los movimientos. Aquí, también es cierto, es más sencillo encontrar vinculaciones, dado que los autores se reciclan y se van integrando sucesivamente en las nuevas corrientes.

Probablemente por esta objección —menor, al fin y al cabo— que le hago al trabajo de García no puedo evitar pensar también que su repaso a las últimas dos décadas es excesivamente homogéneo no en cuanto a los estilos y personalidades de los autores, sino a sus influencias. Cuando se dice que los artífices de esta nueva novela gráfica están influidos por las tiras de prensa de principios de siglo XX, por el underground o por el manga, tengo la sensación de que se está generando una visión excesivamente general del asunto. Y, por otro lado, creo que en esto del cómic todo tiene que ver con todo: cuántos autores de “novela gráfica” hay hoy en día que admiran a autores de superhéroes que, en principio, no podrían estar más alejados de sus postulados artísticos.

Es inevitable, cuando alguien se lanza a la aventura de intentar demostrar su propia tesis, que se encuentren siempre puntos de divergencia, pero quede claro que en lo esencial estoy bastante de acuerdo con García, especialmente en el análisis que hace en su último capítulo relativo a la complejidad que está tomando ahora el movimiento, señalando cómo los autores, una vez han alcanzado un estatus y la consideración de artistas, no tienen reparos en trabajar para la industria de las grandes editoriales, sin que eso suponga traición o contradicción alguna. Lo importante es que ahora existe un tipo de cómic que, lo llamemos como lo llamemos, responde a una nueva posición del medio en el conjunto de las artes. Un cómic que no se ciñe a formatos o a número de páginas, en el que cabe cualquier temática y cuyos únicos límites formales son los que cada autor o su propia capacidad quieran imponerse. Pero creo que es un error —error que García no comete, pero que muchos otros sí— pretender hablar de una generación con rasgos comunes, porque si algo define el panorama actual del cómic es la tremenda heterogeneidad de sus integrantes, fruto de diferentes procedencias, formaciones e influencias.

Por último: ojalá proliferen trabajos como éste. Desde luego no son necesarios para disfrutar, sin más, de los tebeos, pero como he dicho al principio, son fundamentales para dotar de entidad a su estudio y análisis, así como para conocer autores y obras que hoy son imposibles de encontrar pero que tienen una importancia capital en la historia del cómic. En ese sentido, la lectura de La novela gráfica me parece obligada para cualquiera que quiera ahondar en una visión fundamentada y original fruto de muchas horas de estudio y reflexión.

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