Gentleman Jim, de Raymond Briggs.

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Qué agradable sorpresa me he llevado con este Gentleman Jim, un cómic que en su momento me pasó desapercibido y que hoy, gracias a mi biblioteca, he leído.

Gentleman Jim es un tebeo pequeñito, más por historia que por formato —que también—, una pequeña delicia encantadora que se lee con una sonrisa perenne en la cara. Es la historia de un hombrecito y su mujer, ambos absolutamente ignorantes, que viven al margen de las normas de la sociedad moderna por puro desconocimiento y chocan continuamente contra ella sin comprender lo que está pasando. Raymond Briggs, su autor, demuestra una sensibilidad especial no sólo en el tratamiento de sus dos personajes principales —especialmente Jim— sino también en su dibujo, que remite al cuento infantil ilustrado, y su exquisito coloreado.

Jim, que no tiene esos “certificados” que no sabe muy bien qué son, lleva treinta y siete años trabajando limpiando unos baños públicos, y ahora se propone cambiar de empleo, y trabajar en algo que le guste de verdad. Su mujer, con idéntica ingenuidad, lo apoya en su búsqueda, que pasa por intentar ser cowboy, y bandolero después. El resto de personajes, casi todos figuras de autoridad adecuadamente exageradas —que Briggs dibuja mucho más grandes que Jim—, lo hacen sumergirse en una locura de leyes, normas municipales y, en suma convenciones sociales. La cosa tendría tintes kafkianos si no fuera porque Jim nunca se desespera ni es del todo consciente de lo que sucede a su alrededor. Tanto el como su mujer son, como escribe Seth en la contracubierta, “niños perpetuos”. En ese fuerte contraste entre la edad real de Jim y su comportamiento está la clave de que la historia funcione también: es inevitable encariñarse con él, con un personaje tan inocente y soñador. Es muy divertido, por ejemplo, la cantidad de veces que usa mal las palabras que otros le dicen, o cómo explica a su mujer los motivos por los que tal o cual cosa no puede hacerse.

En el universo de Gentleman Jim, nadie entiende a este hombrecillo. Sus sueños no significan nada para el agente del orden, la empleada del aeropuerto o el juez. Significativamente, sólo la dependiente de la librería donde acude a comprar novelitas de aventuras le demuestra empatía. Al resto sólo le interesa llevar a Jim a la normalidad, encerrarlo en la norma social y capar su imaginación. Las peripecias de Jim, además de tremendamente imaginativas, son muy divertidas, y están teñidas siempre por su ingenuidad. Por eso es tan dura la conclusión, porque para entonces el gran Jim nos ha ganado a todos, a pesar de que a alguno puede insprarle más pena que ternura. Es ese giro final, en todo caso, lo que marca la diferencia entre un cómic bueno y uno excelente. Una historia, como decía, en suma, encantadora; un tebeo para releer y un autor a seguir.

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