Mi vida mal dibujada, de Gipi.

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Cuando a uno le gustan los tebeos, por mucho que lo intente, al final siempre hay alguno que se cae de la lista de la compra, y muchas veces no se sabe si se está cometiendo un terrible error o un feliz acierto. Por eso cada cierto tiempo voy a biblioteca, que hace años que, la mayoría, tienen una sección de cómic de cierta extensión. Lo que sucede es que muchas veces es peor el remedio que la enfermedad, porque si el cómic es bueno, le sale a uno el coleccionista feroz que lleva dentro y quiere gastarse los cuartos y tenerlo en su casa. Me pasó con Gentleman Jim y me ha vuelto a pasar recientemente con Mi vida mal dibujada, del italiano Gipi.

Qué gran descubrimiento he hecho: nunca había leído nada de Gipi, y me estaba perdiendo no sé si a un genio, pero por lo menos a un autor excelente y que además tiene una voz propia única, lo cual siempre es de agradecer. En Mi vida mal dibujada ofrece un extraordinario ejemplo de que el género autobiográfico no es simplemente un ejercicio hedonista, aunque en algún caso lo haya sido, así como tampoco es “fácil” porque el autor cuente “su vida”. Es un terrible error pensar que es un género cómodo: precisamente por eso es uno de los más difíciles de abordar. Gipi lo afronta con descaro y soltura, y sale terriblemente airoso. Su discurso es complejo, y en él va hilando diferentes anécdotas y episodios de su vida, al tiempo que desarrolla una historia de piratas a color que, como sucedía en Watchmen —¿casualidad u homenaje?— está relacionada con la narración central. Desde un narrador adulto en primera persona, reflexiona sobre su propia vida con humor negro y un sentido del esperpento genial. Alguna situación habría sido digna de Valle-Inclán, por ejemplo su patético intento de suicidio o la vez que lo detiene la policía porque lo encuentran con un amigo en una plantación de marihuana y consigue convencer a los agentes para pasar antes por su casa y poder apagar el fuego de la cocina que había dejado encendido para hacer pasta.

El dibujo es soberbio. Refuerza esa postura esperpéntica a través de la exageración de las acciones y, a veces, se desliza hacia lo imaginario o simbólico con total naturalidad y, además, con mucha gracia. No quiero repetir aquí mi postura sobre el tema del dibujo realista o no, pero Mi vida mal dibujada es un excelente ejemplo de que en muchas ocasiones es necesario recurrir a un estilo de dibujo aparentemente descuidado para transmitir la sensación de sinceridad y la espontaneidad del relato de Gipi, que, según he leído únicamente tenía clara la escena final y fue improvisando hasta llegar ahí. Ese estilo apresurado y en blanco y negro, al que le veo cierta influencia del Dave McKean de Cages, contrasta con las cuidadas páginas de la historia de piratas a color, que parecen retar a aquel que opine que Gipi no sabe dibujar.

Y por si fuera poco, escribe francamente bien. Tiene pretensiones “literarias”, pero es que las cubre: su estilo suelto aunque preciso no rehuye de las metáforas y de los símbolos, y no le da miedo exponerse como escritor con descripciones y diálogos muy atractivos. Incluso cuando se lanza a la piscina de la experimentalidad sale bien parado, con algún texto que deriva a un sinsentido.

Gipi es un autor de talento. Uno de ésos de los que estás seguro que haga lo que haga va a hacerlo bien, y además, con una aparente falta de esfuerzo y un descaro casi insultantes. Sólo en la superficie, claro. Mi vida mal dibujada, tebeo de excelente título, por cierto, es un intrincado mecanismo que funciona precisamente porque parece un batiburrillo simpático sin más. Pero la manera en la que se entrecruzan las pequeñas tramas, la forma y el momento en los que se da la información, no son casuales ni descuidadas, en absoluto. Una historia de juventud, de expurgar demonios sin caer en la autocompasión ni en el ombliguismo, de drogas, escatología y enfermedades venéreas extrañas, de amores desdibujados y amistades malsanas. De recuerdos, pero no de nostalgia.

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