Iron Man: el demonio en una botella, de David Michelinie, Bob Layton y John Romita Jr.

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A pesar de que Iron Man nunca ha sido santo de mi devoción como personaje, esperaba con ciertas ganas la publicación de su saga más célebre, al menos durante los años ochenta, ésta que Panini ha titulado en su edición en tomo El diablo en una botella.

Y hombre, no está mal. David Michelinie, un guionista con oficio al que yo conocía de una etapa entretenida en Los Vengadores y una muy larga en The Amazing Spider-man que leída hoy no es gran cosa, apariciones de Veneno y hot-artists al margen, aquí se marca una historia con gancho —ayudado por Bob Layton, que también ejerce de entintador de los lápices de un John Romita Jr. que aunque no había estallado aún ya apuntaba maneras—, con un Tony Stark muy humano con el que, desde luego, se puede empatizar mucho más fácilmente que con el facha de lata que en los últimos tiempos se dedicaba a enchironar en la Zona Negativa a sus compis que no pasaran por el aro del gobierno y firmaran cierta acta. Destaca también el buen reparto de secundarios, con bastante peso en la trama, sobre todo Jim Rhodes y Bethany Cabe, una mujer de armas tomar deudora de aquellas con las que Chris Claremont sazonaba sus series en la época.

Se nota más que nunca, leyendo esta saga, la manera en la que entonces se pensaban las historias, insertas en una serie regular, y contrasta poderosamente con el concepto de arco argumental y la narrativa descomprimida que manejan los guionistas actuales: sólo así se explica la historia en dos números que abre el tomo con Namor de coprotagonista, cuyas subtramas hacen necesaria su inclusión aunque no forme parte del todo del meollo del asunto. El clímax es bueno, con el enfrentamiento con ese nuevo villano que Michelinie se inventa para Iron Man, Justin Hammer, y que, todo un acierto, es en realidad más rival para Stark en tanto que es su “reverso tenebroso” como empresario de la industria tecnológica que para su alter ego. El desfile de villanos de saldo, visto hoy es un poco superfluo, pero se entiende en la época como una concesión a las convenciones del género.

Y es que estamos aún en 1979. El verdadero bum de la editorial, su entrada en la edad adulta con obras como el Daredevil de Frank Miller o el Thor de Walter Simonson está un pelo lejos. El demonio en la botella está a caballo entre dos épocas, y se mueve entre los tópicos más básicos y la refundación que ya se atisbaba. Por eso en el estilo de Michelinie se aprecian todavía algunos tics de la escuela Lee que ya empezaban a sonar algo acartonados y fuera de época, a pesar de que, es verdad, en la conclusión, en ese último número que es realmente el que dio la fama a la saga, da un paso adelante al mostrar las consecuencias de la excesiva afición de Stark por los martinis. Sí, visto hoy es un poco precipitada la manera en la que se “cura” y el héroe queda listo para vivir nuevas aventuras en el número siguiente, pero no olvidemos el valor que tuvo, antes siquiera de entrar en los años ochenta, mostrar a un superhéroe, y no uno cualquiera, sufriendo el síndrome de abstinencia y suplicando envuelto en sudor por un traguito. No fue poco, ni mucho menos, y le vale a esta saga para estar por derecho propio en la historia de la editorial, aunque esté lejos de sus obras maestras.

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