El caminante, de Jiro Taniguchi.

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La primera vez que leí El caminante no hacía mucho que conocía a Jiro Taniguchi. Había leído Barrio Lejano y El almanaque de mi padre, y desde entonces se convirtió en autor de cabecera. Quizás por eso cuando compré El caminante me pareció una obra floja por comparación, y lo arrinconé sin más en la estantería. Grave error.

Recientemente he releído El caminante. Muchos años después de que fuera editado en España, y después de haber leído muchas más obras de Taniguchi, y tengo que decir que me ha sorprendido muchísimo. Donde la primera vez vi un tebeo lento, intrascendente y anodino, ahora veo una declaración de amor a los pequeños detalles de la vida cotidiana, una joya que encierra mucho más de lo que parece.

Taniguchi, que nos ha ofrecido ya muchas obras centradas en grandes epopeyas en plena naturaleza salvaje, más allá de los límites del mundo humano, elige aquí recorrer el camino opuesto, y nos enseña lo maravilloso que es el pequeño mundo que nos rodea, a través de la mirada de un hombre que no ha perdido aún lo más preciado que tenemos: la capacidad de asombrarse ante las cosas verdaderamente merecedoras de ello.

Nunca llegamos a saber el nombre del protagonista, pero lo conocemos bien. A través de sus paseos, aprendemos a redescubrir la naturaleza que nos rodea, y el enorme placer que supone simplemente andar, pararse al lado de un río, observar los pájaros, recoger una concha. Todo parece mágico visto a través de sus ojos, y la felicidad está en los actos más aparentemente insignificantes. Arreglar un avión de juguete que se ha encontrado, comprar un globo de papel y jugar con él —sin importarle que la gente se ría al ver a un hombre hecho y derecho con un juguete—, caminar bajo lluvia.

Qué vivo se siente uno cuando hace cosas como éstas. En sus paseos, solo o a veces con su perro, del que se ocupa porque el anterior inquilino de su nueva casa lo ha dejado abandonado en el patio, el caminante no deja nunca de aprovechar las posibilidades que se le ofrecen. Escalar un árbol, remojarse bajo una fuente en un día de calor, darse un baño caliente tras una tormenta, descubrir un camino nuevo: pequeñas anécdotas a las que difícilmente podremos definir como aventuras pero en las que reside el poco sentido que pueda tener nuestra vida, y que de paso le sirven a Taniguchi para trazar con su estilo realista y minucioso algunas de las viñetas más hermosas que ha dibujado jamás. El caminante bajo la lluvia, o nadando en la piscina en la que se cuela una noche, y sobre todo la impresionante viñeta página en la que descansa en la copa de un árbol. Si la felicidad existe, tiene que ser esto.

Una pequeña maravilla, en suma, de ritmo pausado, para dejarse llevar y disfrutar del paseo. Casi sin diálogos, toda su fuerza reside en el dibujo y la narrativa sobresaliente de uno de los mejores autores del panorama actual. Incluso, cuando el protagonista se rompa las gafas, se permitirá algún experimento gráfico a los que no suele darse mucho, con excelente resultado. Soberbiamente editado por Ponent Mon, El caminante es un tebeo que por su propia naturaleza está destinado a pasar desapercibido, pero que supone, si se tiene la sensibilidad y el estado de ánimo adecuados, una lectura muy, muy enriquecedora. ¿Obra menor? ¿Anodina? Estoy por viajar al pasado y darme un par de buenas hostias, por cretino.

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