The League of Extraordinary Gentlemen. Century 2010, de Alan Moore y Kevin O’Neill.

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Alan Moore es posiblemente mi guionista favorito. Muy pocos explotan tanto y tan bien todas las posibilidades del medio, menos aún son capaces de dotar de tanta profundidad e inteligencia cualquier temática que toquen. Ninguno me llega tan directa y brutalmente a la cabeza y a las tripas como Moore. Conecto desde que empecé a leerle con su visión de la realidad y el ser humano, incluso con la mágico-religiosa. Según el día, From Hell me parece el mejor cómic que he leído jamás. No hay ningún trabajo de Moore, ni siquiera los alimenticios, que no tenga algo aprovechable.

Escribo todo esto para que se entienda la relativa decepción que ha supuesto la lectura de The League of Extraordinary Gentlemen. Century: 1910 en su justa medida. Probablemente no es un mal tebeo, pero no está a la altura de las miniseries que la precedieron. Las dos primeras entregas de esta invención de Moore, acaso la más lúdica de todas las que ha ideado en los últimos años, además de ser lecturas entretenidísimas basaban su atractivo en el continuo quién es quién que nos proponían el guionista y el dibujante Kevin O’Neill. Todo tipo de personajes de la literatura decimonónica deambulaban por sus páginas, conformando un universo en el que todas las historias fantásticas y de aventuras existían a la vez. En ese sentido, el atlas mágico que escribió por entregas en la segunda serie limitada, a la manera de la literatura de viajes, fue antológico.

Pero en aquellas dos miniseries, el background era eso: back. Por delante se contaba una historia. Captar las referencias sólo añadía un nivel de lectura más, pero sin él, los cómics eran perfectamente disfrutables como historias de aventuras y acción. No pasaba nada si el lector no reconocía a todos los personajes que se mencionaban o aparecían de pasada —hasta el señor Sapo de El viento en los sauces se dejaba caer por allí—, porque no era lo más importante, y además Moore se comedía.

Sin embargo, esto sí ha llegado a ser un problema en esta entrega de la saga. Prácticamente no hay viñeta con una o incluso varias referencia a alguna obra literaria o personaje, lo que convierte la trama en algo opaco y secundario. La historia se vuelve excesivamente morosa y ortopédica, hasta el punto de que agobia y empalaga tantísima referencia. La nueva liga, aún con la inmortal Mina como líder, va de un lado a otro conociendo personajes que no hacen gran cosa salvo estar ahí para que el lector que los reconozca disfrute el guiño. Y son personajes, en general bastante más oscuros que la mayoría de los que aparecían en las dos primeras miniseries, al menos para el lector español.

Por otro lado, probablemente influye el hecho de que no se ha podido ver en nuestro país los números correspondientes a Black Dossier, que, creo, cronológicamente anteceden a Century: 1910. Tal vez por eso los personajes de la nueva liga no interesan demasiado, y claramente pierden contra el antológico y memorable grupo que formaban el Capitán Nemo, Quatermain, Mina, Hyde y Griffin: dinamita pura que dio un puñado de momentos sublimes. Ayuda, claro, que todos ellos son personajes mucho más universales que los presentados en esta nueva entrega.

Sería falso decir que Century: 1910 no tiene algún momento inspirado y sobre todo diálogos magistrales —uno de los campos donde Moore destaca—, pero el conjunto es excesivamente referencial y cerrado para el lector que no comparta la cultura del guionista. La trama queda en un plano completamente secundario respecto al juego que se trae Moore, que, eso sí, se nota que se lo está pasando en grande. O’Neill, excelente dibujante, se contagia un tanto de la irregularidad del guión y realiza un trabajo notable, pero más descuidado que de costumbre en él. Lo mejor, alguna escena protagonizada por la hija de Nemo, y el personaje del Prisionero de Londres. Pero sí, uno siempre espera mucho más de Alan Moore.

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