Iron Man, la película.

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Pues sí, yo soy así. Anda todo el mundo hablando de la segunda parte, y a mí me da por verme la primera, con dos años de retraso. Me la dejaron ayer en DVD y la he visto esta mañana.

Y tengo que decir que no entiendo el revuelo que levantó y todos los elogios que cosechó en su momento. Me ha parecido una película normalita, decente, y poco más. No es muy diferente a muchas otras películas de superhéroes y repite una vez más el esquema origen-hostias-interés amoroso-malo-hostias finales-puerta abierta a secuela. Claro, si comparamos Iron Man con productos como Daredevil o Los Cuatro Fantásticos, parece la leche. Pero no deberíamos valorar una película sólo porque podría haber sido peor. Toda la secuencia del origen es excesivamente larga y tan inverosímil como, me temo, su versión original en el cómic, sólo que éste tiene ya cuarenta años. Los malos son muy tontos, y cuanto más arriba están en el escalafón de maldad, más tontos. Están viendo por cámaras lo que está haciendo Stark y aún así le dejan acabar. Sin comentarios. El resto de la trama se debate entre todos los tejemanejes empresariales, apenas desarrollados y la toma de conciencia por parte de Stark de que ha estado propagando la violencia por el mundo con sus armas —sorprende que siendo superdotado haga falta que lo viva en directo para que se dé cuente de que sus armas hacen pupa, y que se usan no precisamente para mantener la paz—. Y luego está el tema de Obadiah Stane. A ver, ¿de verdad es preferible sacrificar la sorpresa y ambigüedad que supone que el socio del bueno sea el malo cascándole el nombre de un villano de los cómics? Total, si no se parecen en nada aparte del nombre y que están calvos. Todos sabemos que estas películas no se hacen para fans —aunque luego haya detallitos bastante superfluos en ese sentido—, pero leche, es innecesario, creo. Porque yo veo el nombre de Stane en el minuto cinco y ya sé cómo va a acabar la película. Vaya, tampoco habría sido muy complicado deducirlo aunque se hubiera llamado Pepe Pérez. La interpretación del actor no es nada sutil, y la música así como de tensión que suena cuando habla —ay, esos tics hollywoodienses de los que uno ya está un poco harto— termina de dejar bien claro qué va a pasar.

Es muy previsible. Que entre Stark y Peeper Potts iba a haber tensión sexual, que Stane era malvado. Y ya. Porque en realidad, no hay nada más. Es un episodio piloto de un par de horas de duración. Como tanto se estila en el subgénero, nos cuentan el origen y pretenden dejarnos con la miel en los labios de cara a la segunda, que es la que va a molar de verdad. Stark se enfunda la armadura dos veces. La primera es para fardar y vencer sin despeinarse monstrándonos todo lo que puede hacer con ella. La segunda es el típico enfrentamiento final con las capacidades mermadas que hemos visto en decenas de films.

Tampoco es que se eche en falta la acción, que no es nada del otro jueves. Se agradece al menos que se pueda seguir sin mucha dificultad, pero la verdad es que me parece más entretenida, aunque sea a ratos, la vida de Stark sin armadura. Tal vez el personaje sea lo más interesante de la película. Downey no es santo de mi devoción pero, es verdad, el papel de Stark le viene como anillo al dedo. Tiene sus momentos, y te lo llegas a creer como millonario excéntrico a lo Bruce Wayne, sólo que Stark no está actuando para disimular. Es, casi punto por punto, el Tony Stark del universo Ultimate, lo cual es bastante lógico, ya que los Ultimate son en realidad las adaptaciones al cómic de las películas de personajes antes de que éstas se estrenaran —en mi cabeza esta frase tenía más sentido.

En la lista de hallazgos, que los tiene, está la música: ya era hora de que alguien se diera cuenta de que a los superhéroes les pega el rock cañero, y no la pretenciosamente trascendental música operística llena de coros y orquesta que le venían cascando, por ejemplo, a Spiderman. Se agradece también la ausencia total de monólogos moralizantes e insufribles por parte de ningún personaje, y el humor es bastante más inteligente que los chistes tontos que veníamos sufriendo —ya saben: “¡Quédate el cambio!”—. Igualmente, me sorprendió que la relación entre Stark y Potts no fuera demasiado típica, ahorrándonos el beso final. La mejor escena, por cierto, me parece que está justo en el final: Stark rompe de golpe con el juego de la doble identidad de la que tanto se abusa y declara que es Iron Man en una rueda de prensa. Estalla la sorpresa y de golpe, zas: vamos a créditos con Iron Man de Black Sabbath sonando.

Y ya está. ¿De verdad nos conformamos con esto? ¿De verdad no puede hacerse mejor? El tono ligeramente más adulto de Iron Man —comparado, de nuevo, con cosas como Daredevil— bien podría haberse trasladado también a una trama flojita, flojita. No me basta con que los personajes no parezcan subnormales y no sentir que insultan mi inteligencia con una película para encumbrarla a los altares, francamente. Si esto es lo mejor que puede hacerse, qué pena. O lo mismo soy yo, que me he vuelto muy cascarrabias con el tema.

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