Like a rainbow in the dark.

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Ayer se nos marchó otro grande: Ronnie James Dio. Vio nacer el rock y fue, durante su carrera de más de cincuenta años, uno de sus grandes iconos, y uno de los más respetados por sus compañeros de profesión. El rock iba quemando etapas y cambiando de nombre y ahí estaba siempre Dio. Holy Diver, Man on the Silver Mountain, Kill the King, Heaven and Hell… decenas de temazos que convierten su voz en la voz por antonomasia del hard rock. Se negó a ser una vieja gloria y supo mantener íntegra su dignidad mientras seguía trabajando sin tregua, sin dejarnos, como tantos otros, un puñado de años vergonzantes antes de su muerte que después tendrían que ser obviados para construir su leyenda. Es verdad que en sus últimos años hacía siempre un poco lo mismo, pero lo compensaba con una entrega increíble en sus discos y en el escenario, que no abandonó prácticamente hasta el último momento, pisándolo con una energía que muchos ídolos veinteañeros envidian, o deberían envidiar. De él puede decirse lo mejor que puede decirse de un artista: que murió sin retirarse. Ya nada será lo mismo.

Long Live Rock’n’roll, Long Live Dio.



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