The Amazing Spider-Man, de Stan Lee y Steve Ditko.

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De todas las creaciones de Stan Lee y sus dibujantes, y las tuvieron geniales, la mejor de todas tal vez fue Spider-Man. Analizado hoy el personaje lo tiene todo para convertirse en un fenómeno de masas, pero en su momento no estuvo tan claro, hasta el punto de que el editor Martin Goodman no se atrevió a concederle a Lee una cabecera propia para su nuevo héroe, y optó por hacerlo debutar en una serie ya agonizante, un resto del anterior paradigma de ciencia ficción y misterio que ahora quedaba relegado ante la nueva irrupción de los superhéroes disfrazados. En el verano del 62, Amazing Fantasy #15, último número de la serie, presentaba así a un extraño personaje que parecía huir de todo tópico construido en el género desde la aparición de Superman a finales de los años treinta. El nuevo héroe era un adolescente empollón e impopular completamente alejado del arquetipo de WASP triunfador que solían esconder las identidades secretas de otros personajes, y que elegía como nombre de guerra Spider-Man —no kid, ni boy, ni lad—. El extraordinario dibujo de Steve Ditko estaba igualmente alejado del estilo canónico del género, y se concentraba más en los detalles cotidianos, en la gente corriente y en los ambientes realistas, además de dotar a Spider-Man de un físico casi escuálido que en la época sorprendió mucho.

Pese a lo atípico de la propuesta, meses después Goodman comprobó que las cifras de venta de aquel Amazing Fantasy #15 que probablemente ya había olvidado habían sido sorprendentemente buenas. El resto es historia: en marzo de 1963 aparecía el primer número de la cabecera que desde entonces y hasta hoy albergaría las aventuras del nuevo superhéroe: The Amazing Spider-Man.

Lee y Ditko crearon un personaje tan humano que de hecho en muchas ocasiones al lector le importaban y le interesaban más su vida cotidiana y sus problemas sin máscara que sus batallas con villanos. Peter Parker, el aliterado nombre verdadero de Spider-Man, era un perdedor nato, alguien con quien el adolescente alienado de los sesenta podía identificarse inmediatamente, porque, y ése ha sido siempre su gran atractivo, Peter Parker podría ser cualquiera de nosotros. Este cambio, a pesar de que a veces se dé a entender lo contrario, no sucedió de la noche a la mañana: los héroes de los cómics habían venido experimentando un proceso de humanización constante, que incluso ya habíamos visto en otros personajes de Marvel, aunque, eso es cierto, es en Spider-Man donde ese proceso culmina de manera brillante e irreversible. Su origen era casi dickensiano: huérfano, criado por dos abnegados tíos ya ancianos, sin amigos, sin novia, sólo apreciado por los profesores, Peter no tiene nada pero aún así intenta ser feliz. De golpe, por obra y gracia de una de esas casualidades de los tebeos, una araña radioactiva lo pica mientras observaba una demostración científica. Es la primera de las casualidades cósmicas que encontramos en el más perfecto y poético origen que imaginó Stan Lee: aquello que lo margina —su afición a la ciencia— le proporciona la oportunidad de cambiar. De repente el adolescente que no tenía nada lo tiene todo. Sus nuevos poderes le traen fama, dinero y, sin Comic Code Authority mediante, le habrían traído a esas mismas mujeres que lo desdeñaban. Peter se vuelve tan egoísta y soberbio como su acosador en la escuela, “Flash” Thompson, tan chulo como se habría vuelto cualquier quinceañero al que le sucediera algo así. Es entonces cuando Lee y Ditko le tuercen el destino y se revela la fábula moral que en realidad es el origen de Spider-Man: éste deja escapar a un ladrón que podría haber detenido fácilmente, y días más tarde el mismo ladrón asalta su casa y asesina a su querido tío Ben. De la manera más dura imaginable, Peter aprende y se graba a fuego el leitmotiv de la serie: que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

A partir de esa pequeña historia de once páginas, mecanismo perfecto de relojería del que podrían aprender mucho los guionistas actuales, comienza la carrera de Spider-Man, ya en las páginas de su propia colección. Fue la serie de Marvel donde más se innovó, donde más se huyó de la historia tópica de enfrentamiento héroe-villano estándar al que de tanto en tanto se recurría en otras de la editorial. En The Amazing Spider-Man Lee y Ditko cuidaban cada historia, buscando siempre la tragedia clásica marveliana, aquí con una dimensión cotidiana y urbana, pero además siempre hubo un espacio importante para el humor, gracias a los burbujeantes diálogos de Lee y las réplicas ingeniosas que le escribía a Spider-Man. Había una intención, explicitada frecuentemente, de que Spider-Man fuera un superhéroe diferente, que le pasaran cosas que no le pasaban a ningún otro, tanto que en no pocas ocasiones se entraba en el terreno de la sátira. Como decía al principio, se iban desmontando conscientemente tópico tras tópico. Peter tenía constantes problemas económicos, y su tía May, sobreprotectora hasta la parodia, tenía una salud precaria que hacía que el esforzado sobrino intentara por todos los medios ahorrarle disgustos. Peter podía enfermar de gripe. Si una noche la pasaba en vela persiguiendo a un villano, a la mañana siguiente se dormía en clase. Nunca tuvo una típica novia eterna: su primer amor, muy descafeinado, fue una chica mayor, más madura por tanto que sus compañeras de instituto, a la que muy pronto la sombra de Spider-Man alejó de su lado. Con la culpa y la responsabilidad como cargas pesadas, Peter intenta hacer lo que debe y usar sus poderes para ayudar a la gente, a pesar de que eso le costara disgustos y no poco esfuerzo. Sus responsabilidades como héroe le acarreaban problemas en su vida personal constantemente, tanto que, con el tiempo, amagará varias veces con colgar las redes, aunque todos aprendimos muy pronto que siempre iba de boquilla.

No olvidemos, en todo caso, un elemento no tan evidente como la responsabilidad pero igualmente importante, y que a mí me hicieron notar hace un tiempo: cuando Peter se ponía la máscara, experimentaba una libertad absoluta. Podía construirse una nueva personalidad que, si bien no le permitía huir de sus problemas, sí le servía como catarsis. Con Spider-Man el apocado Parker podía jugar a ser otro hombre, uno valiente y desinhibido, uno que se atrevía a todo de lo que el contenido adolescente no era capaz, que rompiera las reglas sociales al amparo del anonimato. Sí, Peter siempre ejerció esa libertad con buen juicio, pero eso no significa que encontrara menos satisfacción no sólo balanceándose sobre la ciudad, sino también burlándose de la autoridad, ya sea la polícia o el editor del Daily Bugle, J. Jonah Jameson. Y eso, aunque nunca se haya explotado demasiado, explica hasta qué punto el traje podía ser adictivo para un Peter que no tuvo reparos en tejer una intrincada red de mentiras para proteger su secreto.

En sus aventuras superheroicas, también innovaron Lee y Ditko. Aunque siempre, o casi, acabara venciendo, no era infrecuente que en la primera escaramuza con algún enemigo Spider-Man se llevara unos cuantos palos, o que la policía, azuzada por el furibundo Jameson, lo persiguiera por algún crimen que se le había atribuido falsamente. En los treinta y ocho números que duró la colaboración entre Lee y Ditko, ambos se esforzaron en crear la mejor galería de villanos que ha tenido jamás superhéroe alguno: Electro, el doctor Octopus, el Hombre de Arena, el Buitre, Kraven el Cazador, el Lagarto, Misterio, el Duende Verde… Significativamente, sus creadores evitaban enfrentar a Spider-Man con otros jóvenes y le dotaban de enemigos maduros y en algunos casos ya en plena tercera edad, como el Chapucero o el propio Buitre, lo que propiciaba jugosos choques intergeneracionales. En no pocas ocasiones, asistíamos a otra novedad: Parker vencía a enemigos más poderosos que él gracias a su inteligencia y a sus conocimientos científicos, y no a sus poderes.

A pesar de todos los malvados vestidos de colores que desfilaron por la serie —a excepción de Kingpin y Veneno, su galería principal de adversarios quedó prácticamente completa—, en otro acierto por su parte, Lee y Ditko siempre tuvieron presente en sus argumentos el elemento mafioso que le daba un toque de realidad a la saga de Spider-Man, por mucho que alguno de los hampones pareciera escapado de Dick Tracy.

Con menos palos de ciego de los que vimos en otras series, The Amazing Spider-Man se mantiene hoy como una lectura entretenidísima y sorprendentemente actual y coherente. Tan sólo desconciertan esos marcianitos verdes del #2 que años más tarde serían convenientemente explicados, y la aparición de un Doctor Muerte que no pegaba como enemigo de Spider-Man ni con cola. Formalmente, ya en el #3 optaron por empezar a contar historias completas de veintidós páginas, e incluso a continuar las tramas de un número a otro, huyendo del formato autoconclusivo clásico y creando la idea de universo, la misma que regía a todo el conjunto de series, pero con un toque outsider que el personaje no ha perdido hasta los últimos y descafeinados tiempos en los que podemos verle alternando con los Vengadores. No, el Spider-Man de Lee y Ditko era un marginado también entre los superhéroes, con los que tampoco encontraba su sitio. Y en esa desubicación adolescente, en la búsqueda infructuosa de la felicidad que siempre se le escapaba burlona, Peter Parker se fue convirtiendo en un cínico —aunque al final casi siempre optimista— con una mala suerte antológica que muchas veces los autores llevaban hasta un humor negro algo sañoso. Frecuentemente le veremos meditabundo, con la cabeza caída, lamentándose de su suerte en voz alta y quejándose de lo mal que le trata la vida… pero siguiendo siempre luchando, erre que erre, por lo que cree. La esencia del personaje explotó de manera definitiva y definitoria en el clímax de la etapa, la conocida como saga del Planeador Maestro, desarrollada entre los #31 y #33 de la serie, donde llega a su punto culminante no sólo la calidad de las historias fruto de la colaboración de Lee y Ditko, sino toda la emoción, la épica cotidiana y el propio valor de Spider-Man como personaje de ficción que trasciende los arquetipos. La célebre escena en la que levanta a pulso toneladas de escombros —con la vida de su tía en juego—, impecablemente secuenciada por Ditko, es quizás una de los dos o tres mejores de toda la historia de la editorial.

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Tras aquella saga, Spider-Man había vencido sobre la mayor de las dificultades y su historia, si no fuera porque aún le faltaba enfrentarse a sí mismo —en The Amazing Spider-Man #50, el mejor tebeo que escribió jamás Stan Lee— bien podría haberse dado por concluida, a pesar de que Lee y Ditko siempre tuvieron la intención, demasiado pronto frustada por la aplastante lógica del mercado, de que su personaje creciera y evolucionara, como demuestra el hecho de que se graduara en la high school e ingresara en la Universidad, o la aparición de nuevos secundarios que dieran vida a la serie: Gwen Stacy y Harry Osborn.

El trabajo conjunto de Ditko y Lee acabó, según se supo después, a causa de una discusión en torno a la identidad del Duende Verde. Lee era partidario de una solución culebronesca, la que se impuso, mientras que Ditko opinaba que no era lógico ni realista que detrás de la máscara del villano se escondiera un conocido de Spider-Man. Yo, en este caso, me temo que andaba más acertado Lee con su olfato para el melodrama. En todo caso, durante aproximadamente los últimos diez números la relación entre ambos estaba tan deteriorada que Lee se limitaba a dialogar los argumentos pensados por Ditko. Tras la marcha del dibujante, llegaría John Romita, y The Amazing Spider-Man seguiría siendo aún excelente, incluso mejorando por momentos la etapa fundacional. Con Romita, llegó el romanticismo, Peter entró en la vida adulta y la serie entablaría conexiones aún más estrechas con la realidad social del momento. Pero eso ya es otra historia.

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2 thoughts on “The Amazing Spider-Man, de Stan Lee y Steve Ditko.

  1. Encuentro tu blog por casualidad y mira que precisamente ando repasando los años mozos de Marvel, lo cual no deja de ser una experiencia un tanto frustrante: yo esparaba encontrarme obras maestras y me encuentro con tebeos hechos a marchas forzadas, a ensayo y error. Pero coincido totalmente contigo: Spiderman es la que mejor ha envejecido. Aquí Lee emplea acertadamente su verborrea dotando a Spidey de esa personalidad tan caracterísitca que tanto amamos; sus enemigos están motivados principalmente por el dinero, lo que, aunque puede parecer un leitmotiv algo cutre, resulta más realista que la dominación mundial; esa cotidianeidad que te hace sentir tan cerca del personaje y, finalmente, el dibujo de Ditko, el cual evoluciona a lo largo de su etapa, llegando a su cuspide con esas imágenes de Spiderman levantando los escombros. La etapa de Romita (que es donde voy) me parece una necesaria evolución del personaje, volviendolo menos huraño pero siempre dejandonos en claro que ser un superhéroe puede joderte la vida personal. Además continua con los temas de mafiosos que a mi me gustan tanto y, que si no fuera por el Comic Code Authority, probablemente hubiera dado mucho más. Y es que, hasta en eso fue pionera, pues ninguna otra serie de la Silver Age, al menos que he leído, trata ese tema, aunque de una forma un tanto inocentona, eso sí.

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