One more time: A vueltas con la novela gráfica.

Parece que todo el asunto en torno al nuevo cómic adulto y la novela gráfica es el debate de la década en el mundo del cómic. Es normal. Estamos justo en medio de un cambio que dentro de un tiempo se estudiará como uno de los grandes hitos de la historia del cómic. Nosotros ahora sólo podemos, sin perspectiva, intentar empezar a explicarlo y estudiarlo y, sobre todo, aceptarlo como lectores. Pero suscita controversia, sí. A raíz del ya famoso libro de Santiago García —o bueno, a raíz de lo que cada uno ha decidido que escribe García en él, porque es increíble la cantidad de gente que habla de la cosa sin habérselo leído, y encima reconociéndolo—, pero había un runrún intermitente desde hacía por lo menos cinco años. Casi cada vez que se expone el tema se acaba llegando a una confrontación aparentemente irresoluble, a una repetición constante de los mismos argumentos. Y por eso es inevitable que me surja la necesidad de volver sobre el tema una vez más.

No voy a volver sobre la etimología del término novela gráfica, tranquilos. No es que considere que ya está todo dicho, porque nunca está todo dicho de nada, pero considero que se ha explicado perfectamente cuál es la cuestión. A mí no me gusta el término como tal, pero entiendo que eso es secundario. Y puedo vivir con él. No entiendo que se haga de esto un dogma de fe y se saquen los tanques a las calles para defender la pureza de un término, cómic, que no es tampoco el primero con el que se designó este arte. Ha habido decenas de nombres antes, y habrá más en el futuro, así que ¿realmente es tan importante “defenderse”? Parece ser que sí.

Se quiera o no, se entienda o no, guste o no, desde hace unos cuantos años se está haciendo cómic de una manera diferente a como se acostumbraba. El que no quiera verlo está ciego. ¿No te gusta que se le llame novela gráfica? Pues vale, llámalo como quieras. Pero es evidente que algo está cambiando. Argumentos en contra: los de siempre. Que si no se puede despreciar todo lo anterior, que si el aire elitista, que si la abuela fuma. Cansinos. Aún no he escuchado o leído a ningún autor de esta corriente mearse en el cómic anterior al suyo. Al contrario. Hay un profundo respeto y un conocimiento que no tienen, por ejemplo, la mayoría de hot artists de Marvel. Nadie discute aquí que obras maestras del cómic las hay desde su mismo nacimiento. Nadie. Se puede teorizar de la novela gráfica, se puede pensar, como yo pienso que estamos en el mejor momento, sin duda alguna, de la historia de la historieta, y de esto no se deduce en ningún momento que los cómics con más de quince años de antigüedad sean mierda. Y lo de que la novela gráfica es para minorías con ínfulas es ya de risa, pero luego volveré sobre ello.

Hay, o ésa es mi sensación, cierto sector de los lectores de toda la vida que sienten la necesidad de ejercer resistencia al nuevo cómic. No ya porque haya alguno que disfruta con el complejo del mutante —perseguido por una sociedad que lo teme y lo odia, ya saben—, sino más bien porque hay cierto resquemor a que la gente se acerque al cómic y no sea a través de lo que ellos han leído toda la vida. Observo cierto escepticismo, desde hace tiempo, por parte de este tipo de lector, hacia las nuevas temáticas. Alguno se ha atrevido a leer uno o dos de los títulos más renombrados, pero más allá de eso, existe cierta sensación de que el cómic de verdad es el suyo. Que esto de la novela gráfica es un invento moderno propio de advenedizos. Que si te gusta el cómic, te tiene que gustar el de verdad: el de superhéroes o similares. Leí hace poco un comentario, no recuerdo dónde, que venía a decir que muchos de a los que se les llena la boca hablando de novela gráfica y de las virtudes del cómic no se acercarían a un tebeo de Batman ni con pinzas. Y digo yo: ¿dónde está el problema? ¡Yo tampoco! ¿Dónde está escrito que te tiene que gustar Batman? ¿Un lector de superhéroes de toda la vida puede despreciar e ignorar todas las demás tendencias pero seguir siendo calificado como “amante del cómic” pero si sucede al contrario no sirve? ¿Por qué?

Ayer lo comentaba con unos amigos. Hace quince años, al menos en España, para que te gustara el cómic tenías que ser lo que todo el mundo entiende por un friqui. Estaba asociado a temáticas concretas y relacionado con otras aficiones afines: el heavy, el rol, las películas de acción… Al que le gustaba el cómic estaba metido en él hasta el cuello, tenía que controlar de los universos de ficción, de tal y cual personaje… Era un medio casi totalmente hermético, salvo excepciones como el underground y el independiente que publicaba La Cúpula, en el que un profano sólo podía entrar si era iniciado. Y eso es lo que jode. Que ahora esa amiga tan mona a la que siempre le estás dando la brasa con tus cómics de mutantes sin que te haga ni puto caso coge y se compra un álbum de Jiro Taniguchi o de David B. y le encanta, y lo disfruta, y lo entiende perfectamente sin tenerse que leer veinte cómics más y sin que nadie se lo explique. Y entonces, claro, se desprecia a ese tipo de personas. Bah. Éstos no saben de cómic. No son de los nuestros. Son normales que se compran un tebeo de vez en cuando por ir de guays, porque está de moda.

En el fondo, lo que escuece es que el cómic salga de la marginalidad no gracias a que todo el mundo haya descubierto las virtudes de John Byrne y la profunda complejidad de la Saga del clon -sí, reconozco que estoy poniendo un ejemplo muy cabrón-, sino porque ahora se están haciendo cómics diferentes para todo tipo de gustos. Pero este tipo de lector del que hablo no es capaz de disociar el binomio cómic-superhéroes. Cuántos no dejan de leer tebeos porque “ya no se hacen tebeos buenos” —traducción: no me gusta lo que hace Marvel hoy en día, e ignoro que existe muchísimo más que Marvel—. Cuando un lector dice que lee “de todo” y lo que pasa es que además de treinta colecciones de superhéroes se compra Fables o Scalped, y además identifica éstas con cómic adulto, hay un problema a la hora de entender el medio. ¿A qué se debe?

Principalmente, a que el cómic lleva décadas viviendo una situación anómala: los géneros minoritarios en otros medios eran aquí el mainstream. Fantasía y ciencia ficción en sus diferentes variantes copaban un porcentaje del mercado desproporcionadísimo, por las rutinas del mercado, por la falta de pretensiones o por lo que sea. Pero era así. Sólo como anomalía puede describirse que los superhéroes hayan sido, no sé, el 90% del mercado del cómic americano, durante cuatro décadas. Lo mismo con el shonen manga o con la BD de aventuras. ¿Cuándo empiezan a romperse estas tendencias? Pues, tal y como describe García, con el underground. Dicho de otro modo: mientras que en literatura lo marginal es precisamente la fantasía y la ci-fi, en historieta lo marginal, lo outsider, son ¡las historias costumbristas! Sólo desde la endogamia del que no sale de su mundillo puede no verse esto como algo completamente anormal, insisto.

¿Qué está sucediendo ahora? El mercado está en pleno giro de 180º. El paradigma está cambiando y, como decía, no todo el mundo lo lleva bien. Las cosas se están normalizando y ahora están no sólo apareciendo alternativas a lo de siempre, sino que se están convirtiendo en lo que la gente identifica con cómic. Tal y como señalan el propio García o Pepo Pérez, el mainstream de toda la vida está dejando de serlo. Pero el viejo lector de superhéroes sigue aferrado a sus sólidos valores y se niega admitir el cambio. El mainstream es lo mío, el cómic de verdad es el mío. Lo nuevo, esto de la novela gráfica, es para enteradillos, para snobs, para gafapastas. Es algo marginal. Y no. Es justo al contrario. El tema de las élites siempre me ha tocado la moral, primero porque hablar de alta y baja cultura está más pasado que el Un, dos, tres pero también porque no entiendo qué hay de malo en que haya productos para un público amplio y otros para uno más reducido. Sería lo mismo que quejarse de que en literatura haya algo más que best-sellers, y que si no te gusta El código da Vinci eres un elitista de mierda. Pero es que además las cosas no son así en el cómic. Precisamente, el producto para élites, para iniciados, el género inaccesible y que requiere formación o conocimientos previos para entrar en él… ¡son los superhéroes! Cualquier persona puede leer Arrugas y entenderlo. No diría lo mismo de Los Vengadores de B.M. Bendis. Aunque, insisto, al lector de superhéroes esto le parezca increíble. Ahí están, en todo caso, las cifras de venta, que demuestran que lo más vendido, el mainstream por definición, ya están empezando a ser otras obras, le pese a quien le pese.

Tenemos que darnos cuenta de una vez que algo que debería ser obvio pero que parece que para muchos no lo es: que los superhéroes ¡no tienen que gustarle por cojones a todo el mundo! Que por mucho que para algunos sea todo lo que hay y todo lo que merece la pena conocer, no todo el mundo tiene por qué sentirse atraído por el género, ni entenderlo, ni estar dispuesto a aceptar las infinitas convenciones ni las suspensiones de incredulidad que tenemos que hacer cada vez que cogemos un cómic de Marvel o DC. Que no a todo el mundo le tiene que parecer interesante, ni atractivo, y menos si no los ha catado de pequeño, como todos nosotros. Que puede, incluso, parecerle que el género es una mierda, y pese a ello, gustarle el cómic. Y no pasa nada, igual que no pasa nada cuando alguien desprecia sistemáticamente todo lo que lleve la etiqueta de novela gráfica y se refugia en su mundo cálido y seguro.

Y desde el desconocimiento, pero con pretendido sarcasmo y a veces bastante agresividad, se carga contra lo que no se comprende y se construyen tópicos que no por archirrepetidos se han convertido en verdades. Que si la novela gráfica “no cuenta nada” —si alguien cree que en, por ejemplo, La ascensión del Gran Mal no se cuenta nada, tiene un problema gordo—, que si “no saben dibujar” —claro que sí, chaval: Sfar o Chris Ware, unos mierdas al lado de Leinil Francis Yu—, que si tal y que si cual. Tampoco pretende nadie, como muchos aseguran, que todo lo que huela a novela gráfica es maravilloso y lo demás no lo es. Y si lo hay, ¿qué pasa? Gilipollas hay en todas partes. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que en esto, como en botica, hay de todo.

Y no tengo nada en contra de la gente que elige leer sólo un género durante toda su vida. Están en su derecho, igual que lo está el que, por ejemplo, en literatura sólo lee novelas de zombis. Pero sí me da un poco de pena pensar en la cantidad de maravillas que se están perdiendo simplemente, al menos en muchos casos, por cabezonería y un concepto erróneo del orgullo y el gregarismo. E incluso aunque no te interese para nada este cómic nuevo que viene surgiendo en las últimas décadas, joder, al menos alégrate de que gracias a él el cómic sea más universal y mucha más gente pueda encontrar tebeos adecuados a sus gustos y sensibilidades. Porque eso es al final lo que les pasa a muchos: que no basta que la gente lea cómics, es que tienen que leer lo que a nosotros nos guste. Y no funciona así. Que una cosa es no avergonzarse de leer superhéroes y otra denostar todo lo demás. Y que hay que aceptar, queramos o no, que es muy, muy lógico que a una profesora de universidad de cuarenta años le guste más El arte de volar que los X-Men de Claremont. Y no entiendo que eso sea un problema para nadie, o que haya quien entienda cuando se dice algo así que se le está insultando a él y a Claremont.

Allá cada cual. Cada uno es libre de leer lo que le dé la gana. Pero uno acaba harto de que en ciertos blogs cada vez que se habla de obras de unas determinadas características se repitan los mismos argumentos y las mismas discusiones. Que no, chavales, que el cómic no es vuestro. Que no es de nadie. Y que es un medio tan válido como cualquiera precisamente porque pueden contarse todo tipo de historias. Y que lo que a vosotros os gusta no tenéis por qué metérselo por vena a nadie a la fuerza.

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