Las pequeñeces de Lewis Trondheim.

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Lewis Trondheim es uno de mis autores fetiche. Antiguo miembro de L’Association, actualmente es uno de los historietistas franceses más prolíficos, superado tal vez sólo por su amigo Sfar —o ni eso, dado que éste en el último año ha echado el freno al dedicarse a proyectos cinematográficos—. De momento, para mí su mejor obra es Desocupado, por lo que cuenta, por cómo lo cuenta, y por la reflexión tan lúcida y tan sencilla a la vez que hace. Pero a la chita callando, esta serie, Las pequeñeces de Lewis Trondheim, con tres tomos en el mercado español, se está convirtiendo en una cosa muy interesante.

Podríamos definirla como un diario, uno de ésos que tan poco gustan a los que consideran que el tebeo no debe escapar de los géneros tradicionales de aventura y peripecia. Trondheim no cuenta otra cosa que pequeñas anécdotas que jalonan su cómoda vida de pequeño burgués acomodado, con familia estable, casa en el campo y gatitos rondando por la misma. Salvan de la monotonía carente de interés a estas historias dos cosas: una, que sí, la vida de Trondheim no está precisamente llena de emocionantes aventuras, pero no deja de ser la vida de un dibujante… y las cosas que les pasan a los dibujantes a menudo son bastante particulares —como, por ejemplo, todo lo que le pasa en sus abundantes viajes promocionales a salones de cómic de todo el mundo, que ocupan una parte importante de la serie—. Y dos, la peculiar personalidad de Trondheim, que hace que hasta la cosa más sencilla pueda ser muy divertida.

Porque Trondheim es un tipo particular. Lleno de manías, hipocondriaco, capaz de obsesionarse con cualquier cosa, y temeroso de cualquier animal que no sea el gato. Así, se entiende que sean materia de sus Pequeñeces los asuntos más triviales, desde reservar un billete de avión por internet hasta usar una loción para los mosquitos. A Trondheim le cuesta relajarse y disfrutar de la vida, y lo sabe, y como lo sabe, puede ironizar sobre ello con un delicioso sentido del humor más o menos cruel —apoyado siempre en un narrador en primera persona excelente—, según el momento, que tiene siempre un destinatario principal: él mismo.

Y es que no hay nada más saludable que conocerse y aceptarse tal y como se es. Trondheim conoce todos sus defectos, y se ríe de ellos con un ingenio que como mínimo arranca una sonrisa y no pocas veces una carcajada. Y de la misma manera, juega con su ego de autor. Quizá sean éstas mis Pequeñeces favoritas, aquellas que tienen que ver con su condición autoral y sus pretensiones más o menos egocéntricas, como una en el segundo tomo, genial, en la que vemos cómo remite entrevista tras entrevista un discurso derrotista tras recibir el gran premio de Angulema acerca de su inevitable decadencia como autor… para alejarse finalmente por una calle entre risas contenidas.

Historias breves, en dos, tres o cuatro páginas a lo sumo, de viñetas grandes y sin marcos, delimitadas por el contorno de las acuarelas que utiliza Trondheim en los tres tomos, que, si bien no son tan espectaculares como las de Sfar en series como Klezmer, son funcionales y le dan a Las pequeñeces el toque artesanal, de tebeo dibujado a vuela pluma, que mejor encaja con su tono. Bromas más o menos cafres en salones de cómic, coprotagonismo con otros autores, genialmente zoomorfizados —es una auténtica sorpresa buscar fotografías y darse cuenta de que clava a casi todos, ¡especialmente a él mismo!—, anécdotas caseras, conversaciones con amigos, simples reflexiones en voz alta mientras ve la televisión o camina por la calle… No es un cómic brillante ni lo pretende; no le cambiaría la vida a nadie. Pero es una lectura agradabilísima, impregnada de un humor y una visión de la vida con los que no puedo evitar sentirme en sintonía. Si a eso le añadimos su incuestionable capacidad para el gag visual, que tantos buenos momentos ha dado en La Mazmorra, y sus preciosos paisajes con los que alguna vez nos regala —y eso que no es un dibujante especialmente virtuoso—, tenemos una serie imprescindible para aquellos que disfruten con las cosas insignificantes de la vida, con las miserias cotidianas de un tipo peculiar. Con las pequeñeces, a fin de cuentas.

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