Operación muerte, de Shigeru Mizuki.

En el mercado del tebeo español, cuando les da por un autor no lo sueltan ni a tiros. Dosificar es de cobardes, la expresión “pan para hoy y hambre para mañana” no significa nada. Le pasó a Sfar, le pasó a Alan Moore —les ha faltado publicar los cuadernos de caligrafía Rubio del barbudo—, y ahora está pasando con el legendario —en su país— mangaka Shigeru Mizuki. Tengo muchas dudas acerca de esta estrategia un poco destroyer consistente en sacar demasiado de lo que haya de un autor antes de que pase de moda, para, cuando esto sucede, olvidarse de él. Pero, la verdad, en este caso, como lector no me voy a quejar.

Porque cada nuevo cómic que aparece de Mizuki es una obra magistral y una gratísima sorpresa. La última en aparecer, Operación muerte, supone, ante todo una reflexión lúcida y nada pretenciosa de lo que es la guerra, vista con el realismo y sin la épica que sólo puede esperarse de alguien que la vivió en primera persona y sobrevivió no por su heroísmo sino, como casi siempre, por pura casualidad.

Si en Hitler Mizuki realizaba una meticulosa labor de documentación para hacer veraz su historia del dictador, en Operación muerte hace justo lo contrario: se va al otro extremo y, más allá de algún mapa, no da ningún dato histórico que permita ubicar el conflicto. Sabemos cuál es, pero por la información externa al relato. Éste, acertadamente, tiende a lo universal. La guerra que se cuenta podría ser cualquier guerra, el enemigo es aviones, tanques y barcos, pero jamás una cara. Recurriendo a un protagonismo coral consigue acercarnos a las pequeñas historias de los soldados, a los detalles cotidianos, a la enorme miseria que se vive en una guerra, que no está nunca exenta del todo del humor más negro. Desde la crueldad de los altos mandos al azar con el que caen las bombas, el mensaje es claro: la vida humana no vale nada en una guerra. Lo dice Mizuki en su epílogo: el soldado japonés estaba por debajo del caballo en importancia. Por eso se le envía sin reparos a, por ejemplo, coger agua, sabiendo que los enemigos rondan en la selva y pueden pegarle un tiro sin miramientos.

Lo mejor es cómo consigue sin sensiblerías que nos identifiquemos con sus soldados. Empieza en este aspecto un poco fría la historia, pero pronto, Mizuki se gana al lector con sus personajes llenos de humanidad, tanto que es imposible no estremecerse cuando empiezan a caer como chinches de las formas más poco heroicas que puedan concebirse. El mangaka tiene un secreto para conseguir esto, claro: el efecto máscara —personajes icónicos y poco realistas en entornos que sí lo son—, tan usado por él y que aquí me ha hecho pensar que pocas veces se ha hecho tan bien. Leyendo Operación muerte, uno entiende cómo y por qué funciona este recurso. Sus personajes tienen toda la fuerza de la caricatura, pero, al mismo tiempo, el decorado nos sumerge completamente en el agobio de la selva y en el miedo a ese enemigo oculto que nunca llegamos a ver del todo. En esa mezcla que funciona a la perfección basa Mizuki su estilo, perfecto para lo que está contando: hay algo especial y terrible cuando vemos a esos muñecos caricaturescos saltar en pedazos.

La historia va in crescendo, pero hasta en eso huye de tópicos del género bélico Mizuki cuando amaga con un clímax que no será tal, para luego reconducir su historia hacia su sobrecogedor final. Es ahí donde Operación muerte se revela como una dura crítica no sólo hacia la guerra, sino hacia la actitud absurda y el desprecio por la vida que tienen los altos mandos militares, que ponen en marcha una operación suicida en la que ellos no tomarán parte, una denuncia en la línea de Senderos de Gloria de Stanley Kubrick y un alegato pacifista y vitalista que el autor pone en boca, sobre todo, de ese teniente médico que no puede soportar la sinrazón y acaba tomando una drástica decisión.

Una obra, en suma, interesantísima, no sólo por lo que cuenta sino por su dominio del medio, del ritmo y de la composición. Mizuki es un maestro con todas las letras, que, al fin se nos está dando a conocer en España. En el caso de Operación muerte, casi veinte años después de su publicación. Más vale tarde que nunca, que suele decirse, y más si la edición es, como suele ser habitual, tan buena como la de Astiberri —aunque, también como suele ser habitual, tal vez un pelo más cara de lo que debería—. Junto con NonNonBa, de lo mejor que se ha publicado en lo que llevamos de 2010.

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