Hicksville, de Dylan Horrocks.

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Hicksville, de Dylan Horrocks, ha sido reeditado este año por Astiberri. Movido por la curiosidad, he acabado leyendo la edición antigua, de De Ponent y Ediciones Balboa, publicada en 2003 en nuestro país —por cierto, ya con el calificativo de “novela gráfica”—, que es la que había en mi biblioteca, aunque, imagino, será el mismo material.

Y ha sido una lectura interesante. Sin ninguna idea preconcebida sobre la obra, ya que no había leído ni reseñas ni críticas y no sabía ni de qué trataba, me he encontrado con un cómic denso que presenta una serie de conceptos interesantes, pero que naufraga un tanto al intentar combinarlos.

Los protagonistas son personajes sólidos, bien construidos y creíbles. Todos están ligados de una forma u otra a Hicksville, una pequeña población neozelandesa que, aunque parece un pueblo totalmente normal, esconde una anomalía: en Hicksville todo el mundo lee y colecciona cómics. Es una buena idea. En Hicksville es posible encontrarse con la encantadora señora Hicks, poseedora de la biblioteca de cómics mejor surtida de la ciudad, o con un ermitaño que vive en un faro donde se oculta una colección de cómics nunca publicados. Está bien traído, aunque no sea una idea original —sin irnos muy lejos, es algo parecido a la biblioteca de Lucien en The Sandman, aunque aquí son tebeos realizados físicamente por sus autores y enviados allí para ser conservados—. La amalgama de estilos con la que dibuja Horrocks también es interesante, al menos como premisa.

El problema es que no acaba de funcionar como conjunto. Las diferentes historias de los personajes se diluyen hacia el ecuador de la historia, cuando queda claro que ahí lo que de verdad importa es la historia de Dick Burger, trasunto de hot-artist en plena burbuja del mercado de los 90, tan parecido al Todd MacFarlane con el que habla por teléfono en alguna escena. A través de su historia, Horrocks realiza una crítica del mercado del cómic americano y su funcionamiento un tanto descafeinada. No termina de meter el dedo en la llaga, no se centra en ello, porque tampoco es su intención. Intenta denunciar cómo el sistema coarta la libertad creativa e impide que esas obras maravillosas que el ermitaño tiene en su faro vean la luz, y lo hace, pero de una manera demasiado fría, desde mi punto de vista. Y, en el aspecto formal, también podría haber sido más efectivo; estoy pensando en las páginas que se suponen dibujadas por Burger, que tienen un estilo demasiado indie, paródico, cuando, creo, habrían resultado mucho más divertidas y adecuadas si se hubieran dibujado con un estilo calcado a Jim Lee, por poner un ejemplo, e incluso a color.

A pesar de que tiene personajes y situaciones atractivas, Hicksville no termina de conectar emocionalmente, y, además, falla en la conclusión de la historia, al crear durante toda ella unas expectativas demasiado grandes alrededor del gran secreto que oculta Burger que se deshinchan cuando se descubre que es un simple plagio. A veces, funciona hacer esto; aquí, por los motivos que sea, no. El bluf de su final hace que no pueda considerarse Hicksville cono una obra redonda, a pesar de que, como decía al principio, es interesante. Interesante por las ideas que expone, por un buen domino de los diálogos, por un excelente uso del blanco y negro —que me recuerda un tanto a Paul Grist—, pero poco más. Y es una pena, porque creo que el universo que crea Horrocks tiene mucho potencial.

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