El destino del artista, de Eddie Campbell.

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Durante muchos años Eddie Campbell ha sido para el lector español el dibujante de From Hell. Para algunos, el dibujante malo de From Hell. Cuántas veces no habré oído el mantra de que “From Hell tiene un guión cojonudo, pero el dibujo es muy malo”. Para mí, en cambio, el de Campbell en este cómic es uno de los trabajos gráficos más impresionantes que he visto en mi vida. Por documentación, por implicación, por saber ajustar el estilo propio a lo que la obra requiere, por todo lo que emocionalmente es capaz de transmitir. Pero, con todo, es posible que fuera un poco injusto para un autor de su talla ser conocido sólo por From Hell. Hace muchos años, La Factoría de Ideas editó dos números de su Bacchus, dentro de una línea de cómic independiente —había mucho material de Drawn & Quaterly, por ejemplo— bastante mal publicada y a precios disparatados, que por motivos obvios no tuvo ni repercusión ni continuidad. Este año, al fin, Astiberri soluciona este agravio publicando dos de sus obras: El destino del artista y Alec.

Hoy toca hablar del primero, que acaba de salir a la venta, y que es uno de los tebeos más sorprendentes que he leído nunca. Campbell reinventa el género autobiográfico, le da la vuelta como un calcetín y pone sobre la mesa todas sus miserias como autor y como persona, todas sus excentricidades y manías… Y al mismo tiempo, hace estallar por los aires lo que muchos presuponen el fundamento del género autobigráfico: la veracidad de lo que se está contando. En El destino del artista, nunca sabemos qué hay de cierto y qué no. Ahí radica el juego. Campbell cuestiona los límites no sólo de la autobiografía, sino los que separan la realidad de la ficción: su papel en la obra lo representa un “actor”, mientras que él mismo, interpretará en el capítulo que cierra la obra el papel de O. Henry, en la adaptación de su Las confesiones de un humorista.

A partir de una desconcertante premisa —el artista ha desaparecido dejando únicamente un dibujo, y un detective ha de investigar la desaparición—, Campbell pinta un retrato deformado de sí mismo, de sus fobias y sus manías de “artista”, que, como decía, están siempre en la frontera de la realidad y la ficción. Se suceden pequeños retazos, anécdotas aparentemente absurdas en su mayoría, que adoptan toda una variedad de formas narrativas: el relato delirante del detective, escrito en prosa y en primera persona, las historietas interpretadas por el actor Siegrist en el papel de Campbell, tiras de prensa ficticias protagonizadas por el alter ego del autor y su familia, una especie de “fotonovela” con imágenes de su hija… Todo combinado de manera aparentemente caótica, pero que configura un relato coherente, conectado sutilmente a través de la narración. Algunos detalles no se perciben en una primera lectura: no es más que una muestra de lo intrincado de la historia.

No obstante, que nadie piense que es un cómic “intelectual” de lectura tediosa; al contrario, es un tebeo que se lee con agrado e interés, primero porque la manera en la que cuenta las cosas Campbell es fascinante, pero también porque el sarcasmo despiadado con el que traza su autorretrato es tremendamente divertido. Hay además espacio para todo tipo de experimentos, que van desde la mezcla constante de estilos de dibujo a lo tipográfico.

En suma, un excelente tebeo, una original aproximación a la psique perturbada de un autor diferente, a su “mundo interior” —cuando lo lean lo entenderán—, a sus referentes artísticos, y a su obra en defnitiva. Puede, eso sí, que desconcierte en un primer momento: mejor leer con la mente abierta.

No querría, por último, acabar este artículo sin comentar la edición tan cojonuda que nos ha ofrecido Astiberri. El destino del artista es una pesadilla para un profesional responsable, pero todos los implicados han hecho un gran trabajo, tanto Santiago García con la traducción de un texto complicado, como Manuel Bartual en la maquetación y Ana González de la Peña en la rotulación —tuvieron, por ejemplo, que crearse letras capitulares específicas para la edición española, y han quedado perfectas—. Esto sí es una edición de lujo, y no porque el papel sea mejor o peor. Ya me siguen.

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