X-Factor, de Peter David y Valentino De Landro.

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Si, en estos tiempos, permanecer una cincuentena de números en un mismo título de superhéroes es motivo de sorpresa, mucho más lo es que, además, la calidad del mismo siga una línea ascendente. Es el caso de Peter David y su X-Factor. Tan reseñable me parece su caso que me veo obligado a volver a hablar de esta serie, de la que ya escribí hace un tiempo. En aquel post, comentaba que se había dado cierto bajón en su calidad y que, previsiblemente, no duraría mucho más tiempo, no por el bajón, sino porque los mandamases de Marvel rara vez pueden estarse quietecitos y no revolucionar el panorama cada dos por tres, y mucho menos si hablamos del círculo de títulos mutantes.

Pero no: contra todo pronóstico, ahí sigue David. Y se ha puesto las pilas, y de qué manera. Es cierto que hubo un bajón, coincidiendo con los cross-overs obligados y el baile de dibujantes —entre los que estuvo, glups, un Larry Stroman desatado en pleno delirio culeril—, pero ha quedado definitivamente atrás. Hay muy pocas series que después de tanto tiempo no den la sensación de estar escritas con el automático puesto. David se propuso aumentar las ventas a base de buenas historias y, sí, golpes de efecto. Pero con sentido. Ahora, con un Valentino De Landro que no pasa de aceptable pero que, al menos, dota de uniformidad gráfica a la serie y hace a los personajes reconocibles -que es más de lo que se puede decir de casi todos los demás dibujantes que han pasado por la cabecera-, y con la libertad suficiente como para ignorar casi completamente los grandes eventos mutantes y hacer la guerra por su cuenta, el veterano guionista disfruta de verdad con lo que hace.

Y por eso engancha —por si acaso, aviso que a partir de aquí habrá SPOILERS tanto de lo que se ha visto recientemente en la edición española como de lo que está por venir—, porque se nota realmente que David se estruja las meninges para que el tebeo sea muy, muy entretenido. Desde el embarazo de Siryn y su sorprendente resolución -y qué mérito tiene que a estas alturas un tebeo de mutantes pueda dejarme con la boca abierta-, David ha hecho honor al lema inicial de la serie: “espera lo inesperado”. Cualquier cosa puede pasar, y todo tendrá siempre sentido. Al mismo tiempo, ha seguido con su programa personal de rehabilitación de personajes olvidados. ¿Que le quitan a Loba Venenosa? Pues se trae a Estrella Rota para sacarle jugo a su relación amorosa con Ríctor, ahora que no hay Comic Code, y de regalo, al olvidadísimo Longshot. Y por si fuera poco, da la impresión de que hasta sabe qué hacer con Darwin, típico personaje que crea un guionista de relumbrón, en este caso Ed Brubaker —que en realidad es bastante mejor guionista que David, pero no para una serie de mutantes— y luego se queda en el limbo. Por supuesto, el rey del mambo sigue siendo Jamie Madrox. Es increíble que el Hombre Múltiple, creado si no recuerdo mal en la etapa de Chris Claremont y John Byrne como uno de los mutantes residentes en la isla Muir, tuviera aún tanto potencial por explotar. Lo mismo puede decirse de Layla Miller, que David “acogió” tras su debut en House of M y a la que ha sabido convertir en un personaje interesantísimo, con la que además cierra todos los cabos sueltos en una inteligente pirueta que lleva a la Layla adulta a encontrarse con su yo niña, y al lector a saber por fin por qué Layla Miller “sabe cosas”.

Alejado definitivamente del tono noir inicial, que queda ahora como un divertido chiste recurrente, en sus últimos números X-Factor ha mantenido dos líneas argumentales: una en el presente con el grueso del grupo, y otra en el futuro con Madrox y Layla Miller. Y ha sido todo un acierto, por parte de David: este último arco argumental bien puede considerarse la mejor historia de futuro distópico de la franquicia mutante desde Días del Futuro Pasado —y no será porque haya habido pocas—. Un Cíclope medio máquina y muy, muy cabreado, la hija que tuvo con Emma Frost, un Doctor Muerte gagá que no por ello es menos aterrador… y por supuesto, Centinelas y campos de concentración. Todo, como no podía ser menos, regado con el habitual sentido del humor de David, presente hasta en los momentos más sombríos, y su maestría para el diálogo. Dicen sus detractores que todas las series de David se parecen demasiado, que todos sus personajes se vuelven de golpe ingeniosísimos. Y algo de eso hay, para qué engañarnos. Es sumamente fácil saber que un tebeo está guionizado por él. Sin embargo, una cosa no quita la otra: es un tío muy divertido y que se nota que hace superhéroes porque de verdad le gustan, y no porque da dinero rápido.

X-Factor es la única serie regular de Marvel que sigo, junto al Captain America de Brubaker. Ambas son ejemplos de que hay otra forma de hacer las cosas, que la vía de Bendis y Millar no es inevitable. Que se pueden hacer superhéroes modernos desde el respeto, que se puede entretener sin buscar desesperadamente el epatar al lector en cada página, con una mínima calidad literaria y sin ser lo mismo de siempre. Son, ambas, especies en peligro de extinción.

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