Gainsbourgh, de Sfar.

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Había ganas de ver a Sfar en su primera aventura cinematográfica, porque, en realidad, hay ganas de ver cualquier cosa nueva de Sfar sea en el medio que sea. Pero hay que decir que con Gainsbourg: vida de un héroe, ha salido de la aventura con un notable alto; es decir, no estamos ante el peliculón del siglo, pero sí ante una película muy interesante, no sólo para los fieles a Sfar, creo.

El autor francés ha entendido a la primera, creo, aquello que parece —y probablemente es— una obviedad, pero que otros directores de más experiencia parecen no entender: que cómic y cine son dos medios diferentes. Sfar sabe que muchas de las cosas que hace en historieta, incluídas muchas de las que componen su personalidad cono autor, no pueden hacerse en cine. Entre otras, por ejemplo, no puede mostrar de manera tan explícita el sexo como lo hace con sus dibujos, porque en imagen real esto tendría un efecto muy, muy diferente —y en ello está uno de los ejemplos de por qué Sfar dibuja como dibuja, “mal”, según algunos—. Pero, a pesar de esto, no se ha cumplido, afortunadamente, uno de mis temores: que la voz de Sfar quedara silenciada por los mecanismos asfixiantes de la industria cinematográfica y por el hecho de que el cine es un arte “grupal”, en el que intervienen muchas manos. No ha sido así: si algo puede decirse de Gainsbourg es que es obvio, desde su inicio, que es una historia de Sfar. Y ése es sin duda un buen punto de partida.

El peculiar universo de Sfar está totalmente presente. Es admirable cómo a partir de hechos más o menos reales, a partir de la vida de un icono de la cultura francesa al que hace un personaje totalmente suyo, construye una historia completamente personal. Se nota en el papel que juega el sexo, en esa manera lúdica y despreocupada de afrontar la vida, y sobre todo en los diálogos, que exudan Sfar por los cuatro costados. En Gainsbourg encontramos los mismos elementos que en la mayoría de sus cómics: la música, siempre presente, el humor, los animales, las mujeres —las maravillosas, atrayentes, y reales mujeres de Sfar—. Hay un momento en el que Gainsbourg se pone a bailar que remite directamente a Klezmer, y que transmite la misma alegría que esta obra, una de mis favoritas del autor. El alter ego de Gainsbourg, un muñeco de descomunal nariz al que da vida Doug Jones —el fauno de El laberinto del fauno—, es quizás el mayor hallazgo de la película —su primera aparición es el mejor momento de la misma, sin duda—, aunque no lo es menos la soberbia interpretación de Eric Elmosnino, de asombroso parecido físico con Gainsbourg y que borda el papel del peculiar artista, ese feo sinvergüenza que se liga a unas mujeres de impresión, entre ellas a una Brigitte Bardot a la que aquí da vida una rotunda Laetitia Casta.

La película tiene un primer tercio absolutamente delicioso: toda la infancia y primeros años de adultez de Gainsbourg, cuando se dedica a la pintura. La bohemia, la fiesta y las borracheras con Boris Vian, época Sfar retrata con el referente ineludible de su Pascin, biografía de un pintor del siglo XIX con muchos puntos en común con Gainsbourg. Lo mejor de esta primera parte de la película es, claro, los dibujos de Sfar, que presta sus manos a Gainsbourg y llena la pantalla con sus acuarelas. Ver la mano de Sfar dibujando ya vale por sí solo el precio de la entrada. Después hay que decir que la cosa decae. Asistimos a los primeros pasos de la carrera de Gainsbourg como cantante y compositor al mismo tiempo que le vemos yendo de una mujer a otra. Se cae, como quizás es inevitable en el biopic, en la anécdota continua. También noto que, de alguna forma, deja de hablar Sfar para que hablen sus personajes. Deja de experimentar y de sorprender al espectador con secuencias imaginarias y cuenta una biografía más convencional. Por ello la narración de la caída en desgracia de Gainsbourg suena a ya vista, a demasiado típica. También por eso puede que dé la sensación de que a la película le sobra una media hora para ser, si no perfecta, al menos redonda. Porque, sí, el tramo final de Gainsbourg se hace cuesta arriba y queda muy lejos de lo divertido y fresco que es el inicio de la misma, pero aún así no impide que sea un film que merece la pena ver.

No es, ni de lejos, de las mejores historias de Sfar. También queda claro, creo, que Sfar nunca significará en el cine lo que ya significa en la historieta. Por eso espero que no deje nunca de lado los tebeos. Pero a pesar de todo, me ha gustado Gainsbourg. Tiene música de todos los palos —hay una improvisación de jazz totalmente brutal—, sexo alcohol y tanto humo de tabaco que uno salió del cine con ganas de fumarse un cigarro —¡y no he fumado en mi vida!—, unas interpretaciones sólidas y veraces y unas cuantas secuencias que son puro Sfar y que dejan un agradabilísimo sabor de boca. Qué pena que vaya cuesta abajo y no haya sabido rematarla bien. A ver qué tal la adaptación de El gato del rabino.

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