The Avengers, de Roy Thomas, John Buscema y otros.

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En diciembre de 1966, Stan Lee firmaba su último guión en The Avengers, concretamente en The Avengers #35. Era una de las primeras series que abandonaba. Dejaba tras de sí los cimientos de la colección y su signo de identidad: el cambio constante en la formación del grupo. Suya fue la idea que marcó este camino, cuando decidió que todos los miembros fundadores se marcharan, sustituyéndolos por tres exvillanos, en The Avengers #16. Sin embargo, hasta la llegada de Roy Thomas, la alineación de los Vengadores se mantuvo más o menos estable, sin ninguna adición más.

Roy Thomas era entonces un joven de veintiséis años que pese a su juventud tenía ya cierta experiencia guionizando cómics. Y si bien en un primer momento Thomas mimetizará el estilo de Lee -la misma estructura argumental, las mismas tramas, los chispeantes y, sí, exagerados diálogos-, pronto comenzará a sentir confianza suficiente como para hacer suya la colección, y convertirla, en los largos años que pasó en ella, en una de las mejores de toda la historia de Marvel.

Situado algo más a la izquierda en el espectro ideológico de Lee, Thomas jugaba además con la baza de su propia juventud para hacer unos Vengadores más cercanos a la realidad de su momento, a la sociedad viva de mediados de los sesenta y a la política de entonces —recordemos el desmadre de aquel The Avengers #18, Cuando manda el comisario—. Thomas llevó un paso más allá la intención de Lee de humanizar a los superhéroes, centrándose mucho más en las relaciones entre los miembros del equipo y sus dramas personales. El elemento trágico que Lee insufló a todas sus creaciones alcanzó con Thomas nuevas alturas; probablemente tuvo mucho que ver la formación del joven guionista. Porque Thomas, además de ser un enamorado y estudioso de la Edad de Oro del cómic, tenía aceptables conocimientos de literatura inglesa, que dejaba entrever en muchas de sus historias. Así, no era infrecuente encontrarse con referencias a obras de Shakespeare, Homero, relatos del pulp, tiras de prensa —Príncipe Valiente, cuando aparecía el Caballero Negro—, o el poema de Ozymandias de Shelley, tanto en títulos como en boca de los personajes. Esto no sólo hizo, como digo, que las historias tuvieran muchas veces ecos de las grandes tragedias clásicas, sino que también añadía un nuevo nivel de complejidad y humanidad a los mismos, y así descubríamos que Hank Pym era un fanático de la ciencia ficción, que el Capitán América leía con devoción los libros de J.R.R. Tolkien o que el engañosamente frío androide La Visión disfrutaba con las tiras del Pogo de Walt Kelly. Thomas hizo a los protagonistas de la serie, si cabe, más humanos. Pulió las personalidades imaginadas y por Stan Lee y las matizó, teniendo en cuenta, probablemente, que el lector medio de la serie había crecido. Ya no le tenía alergia a los romances o le aburría leer una reunión de los Vengadores que no acabara en batalla campal entre ellos. Era el momento de jugar con los Vengadores y su universo, hacerlos evolucionar, siguiendo siempre la norma del cambio constante, pero siendo al mismo tiempo consecuente con su desarrollo. Thomas fijó así las versiones canónicas de los personajes que ya formaban parte del grupo. Con él, los Vengadores empezaron a ser de verdad los Vengadores. Ojo de Halcón, la Bruja Escarlata o Mercurio adquirían mucho más protagonismo, sobre todo los dos primeros, convertidos en personajes tridimensionales y tremendamente carismáticos.

Primero con un Don Heck que pese a mejorar bastante aún estaba lejos de ser un buen dibujante, y después con John Buscema, Thomas va encontrando su propio estilo y distanciéndose del de Lee, a pesar de que, evidentemente, siempre le deberá mucho. Sobre todo por la cuestión de la continuidad: si para Lee fue una inspiración genial, Thomas ahora la racionaliza y estandariza para uso de todos los guionistas de la casa, lo que implicó, además, conectar el pasado de la editorial, cuando era la Timely, con la producción actual, trabajo que apasionó a Thomas y que fue mucho más allá de su labor en The Avengers, en realidad. En la serie, quizás el hito que marcó un antes y un después, que estableció el punto a partir del cual Thomas empezó a hacer verdadera historia, fue la aparición de la Visión en The Avengers #53. La Visión es, sin duda, uno de los mejores y más complejos personajes creados en el seno de la Marvel. Aunque irrumpe en la mansión de los Vengadores como un enemigo enviado por Ultrón, pronto se convierte en una pieza fundamental del equipo, y vehículo perfecto para la reflexión acerca del alma humana y de dónde reside la misma humanidad, dentro, claro está, de lo que un cómic de superhéroes permitía entonces. No era poco: el androide se convirtió en un personaje memorable precisamente por su honda humanidad y su romance con la Bruja Escarlata; la viñeta página en la que lo vimos llorar —en The Avengers #58— es y será una de las más recordadas de toda la serie.

Este punto de inflexión coincide además con la definitiva explosión de Buscema. Big John, al que nunca le gustaron los superhéroes, se convirtió en uno de los dibujantes más influyentes del género, y en The Avengers marcó sin duda alguna el canon a seguir. Una vez encontró el mejor estilo para la colección, Buscema destacó siempre por una narrativa espectacular pero totalmente clara, y por una caracterización de personajes a la altura de la que realizaba Thomas en los guiones: cada personaje se movía de manera diferente, cada cara era perfectamente reconocible sin máscara. Además Buscema fue, quizás, el dibujante que más y mejor utilizó el lenguaje gestual: sus personajes hablaban con las manos, que enfatizaban los diálogos y se cerraban en garras que recordaban a Miguel Ángel, influyendo mucho, por cierto, a Carlos Pacheco. También coincide su mejor momento con los mejores entintadores que tuvo nunca en la serie: el veterano George Klein —que falleció en 1969— y Tom Palmer, el elegante Palmer, que le sentaba como un guante a los trazos de Buscema.

Él y el propio Thomas formaron un tándem perfecto que logró grandísimas aventuras de todo tipo, por las que pululaban héroes y villano de diverso pelaje. Mencionaba antes a La Visión como adición más significativa al equipo, pero hubo otros muchos: Hércules, que sirvió de excusa para varias aventuras en el Olimpo, la Pantera Negra, el Caballero Negro, Chaqueta Amarilla… Lo mismo puede decirse de los villanos. Dotaron de verdadera grandeza y cierta ambigüedad a Kang, que, para qué engañarnos, con Lee era un poco ridículo; pero también crearon al ya mencionado Ultrón, on robot creado por Hank Pym que se vuelve contra su creador y contra toda la raza humana y que, para mí, es lo más parecido que tienen los Vengadores a una verdadera némesis. Hubo viajes en el tiempo, algo de política, como aquella historia con los racistas Hijos de la Serpiente, un cross-over con The X-Men, apariciones de muchos de los héroes de la casa, un enfrentamiento con los Invasores, el choque contra el Escuadrón Siniestro y el posterior Escuadrón Supremo, trasuntos ambos de la Liga de la Justicia de DC que yo nunca he acabado de entender del todo, salvo si pienso en cómo los profesionales de ambas editoriales tenían entonces una relación fluída que hacía posible este tipo de cameos. Y por supuesto, tuvimos la que quizás sea la mejor historia que Thomas escribió en la serie: la guerra Kree-Skrull. Pura space-opera, una aventura trepidante y a ratos poética, que abarcó varios números, del 89 al 97 —algo hasta entonces impensable—, y que merecería su propio artículo, porque es referente inevitable del buen tebeo de aventuras.

Y sobre todo, se recuerda a los personajes y sus atribuladas vidas. Mercurio y su desprecio a los humanos, el tormentoso romance entre la Bruja Escarlata y La Visión, Ojo de Halcón, quizá el más humano de todos, el menos poderoso y el más valiente, la alocada relación entre Hank Pym y la Avispa, el Capitán América y su soledad. Thor y Iron Man, los pesos pesados, siguieron apareciendo, pero no se desarrollaban como personajes aquí, dado que tenían sus propias series. Thomas limitó sus apariciones a estancias breves en el grupo o ayudas puntuales como último recurso ante poderosas amenazas, y centró toda la atención en los personajes exclusivos del título, convirtiéndolos en su corazón.

Y cuando John Buscema se ausentaba de The Avengers, sus sustitutos no eran moco de pavo: su hermano Sal Buscema, una debilidad personal para mí, el genial Gene Colan, Barry Windsor-Smith —primero poderosamente influido por Jack Kirby y después firmando algunas de las páginas más hermosas no ya de la serie, sino de la historia editorial, cuando se entinte a sí mismo en unas pocas planchas de The Avengers #100—, y sobre todo Neal Adams, quien dibujó algunos de los cómics de la Guerra Kree-Skrull en verdadero estado de gracia. Era como si el destino estuviera compensando a los lectores de la serie por los años de Don Heck.

Roy Thomas abandonó el título en su número 104. Es verdad que tras la Guerra Kree-Skrull, los últimos números adolecían de cierto agotamiento. Pero no es menos cierto que en su larga etapa definió la misma esencia de los Vengadores y convirtió la serie en el más claro referente de Marvel: los eventos importantes sucedían en sus páginas, y si no lo hacían, siempre había alusiones a ellos. Thomas actualizó y pulió la fórmula Lee, la hizo un poco más adulta y desarrolló la continuidad de manera impecable. Sus números, incluso con sus altibajos, que los tuvo, son todo un manual de cómo hacer este género. Su sucesor, Steven Englehart, tampoco le quedó a la zaga; en algún momento del futuro hablaré de su etapa.

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