Transmetropolitan, de Warren Ellis y Darick Robertson.

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Hace poco he releído completa Transmetropolitan, la serie de Warren Ellis y Darick Robertson que concluyó hace ya bastante, porque aunque en nuestro país tardamos en ver el final, en EE UU fue publicada entre 1997 y 2002: sesenta números a caballo entre el fallido sello de ciencia ficción de DC, Helix, y el más fiable Vertigo. Nunca había leído la serie del tirón una vez que terminó, y por eso me parece interesante, como retrospectiva, dedicarle un artículo.

Transmetropolitan, a pesar de su antigüedad, creo que permanece como la obra más ambiciosa y mejor, junto con Planetary —a la espera de poder leer su final— de Ellis, guionista que, aunque me gusta bastante, tiende demasiado a la gamberrada y la escatología. De esto en Transmetropolitan hay para dar y tomar, pero a diferencia de otras series suyas, también hay mucho más. Hay un transfondo sólido que nunca se pierde vista, y que parte de la ciencia ficción distópica, del ciberpunk, en el que Ellis se mueve como pez en el agua —manejando, por ejemplo, la cháchara pseudotécnica tan propia del género—, para trazar, como ha de hacer la buena ciencia ficción, un retrato certero de nuestra propia sociedad, por mucho que esté exagerado por los propios convencionalismos del género. La sociedad que describe Ellis se ha entregado a la desidia: ni siquiera hace falta tiranizarla, porque ella sola se ha puesto en manos de líderes corruptos y no tiene ningún interés en cambiar las cosas. Abandonado al onanismo real y metafórico, el americano medio vive sólo para satisfacer sus deseos, siempre por la vía del consumismo salvaje, y gira la vista ante aquello que no le gusta. Los mass media, claro, se lo ponen aún más fácil al darle soma en cantidades industriales, incluso en sus sueños. En semejante panorama, irrumpe como elefante en una cacharrería Spider Jerusalem, azote de los poderosos y buscador incansable de la verdad. Jerusalem, que se exilió durante cinco años de la civilización, es reclamado por su editor, que le exige que cumpla con su contrato y vuelva a la acción. Así vuelve a la Ciudad —qué acierto por parte de Ellis no decir jamás cuál es su nombre— y retoma su labor periodística. No nos engañemos con Jerusalem: por mucho que sea un personaje atractivísimo que por sí solo mantiene el interés en la serie, no deja de ser el típico personaje que proyecta las pulsiones de su creador: Jerusalem es Ellis, o lo que a Ellis le gustaría ser, y a través de él ofrece sus opiniones, más que radicales, sobre política, sociedad, religión, medios… Es una especie de obra de tesis en la que el guionista se “queda a gusto”, para entendernos. No tiene tampoco nada de malo, es sólo que es un punto que debe tenerse en cuenta para enjuiciar la serie. En el fondo, no deja de ser bastante adolescente proyectarse así, lo que ocurre es que, claro, Ellis lo lleva de una manera bastante particular que evita que la cosa caiga en el ridículo; porque sí, Spider Jerusalem es la leche en verso, y siempre sabe lo que tiene que decir, pero también la caga, y lo que es más importante de cara a desmitificar al personaje, es ridiculizado en no pocas ocasiones, sobre todo en el ámbito sexual.. Por si fuera poco, el periodista es casi un drogadicto, y a partir de cierto momento, una enfermedad degenerativa irá mermando sus capacidades mentales. Más allá de eso, aunque no deja de responder a un arquetipo más que visto —el último hombre bueno e íntegro enfrentado al poder corrupto—, es un personaje lo suficientemente bien construido como para que Transmetropolitan entera descanse sobre sus hombros. A veces Ellis además es capaz de sorprender al lector con los actos de su criatura, sin traicionarla, y eso no siempre es fácil, como tampoco lo es construir una personalidad a partir de pequeños detalles. Sirva como ejemplo uno que me parece llamativo por su sutileza, algo que sorprende en el visceral Ellis: el diente torcido de Jerusalem. En una época en la que la cirujía estética permite a la gente hasta cambiar de especie, Jerusalem elige no arreglarse esa imperfección. Toda una declaración de intenciones implícita, que tal vez pase desapercibida en una lectura superficial, ya que nunca se explica.

Ellis inicia Transmetropolitan, acertadamente, sentando las bases de su universo y presentando conceptos que tendrán relevancia en la trama en certeros números autoconclusivos que suponen algunos de los mejores momentos de la serie. Ellis, más allá de su capacidad para desarrollarlos, es un torrente de ideas, y consecuentemente Transmetropolitan está llena de potentes conceptos de la ciencia ficción más genuina: los transientes, los revivos, las reservas de humanos, el proceso de volcado, en clave más lúdica los sexiñecos… Al mismo tiempo, Ellis va introduciendo a los principales secundarios, en su mayoría situados justo donde se necesitan para mayor lucimiento de Spider, a pesar de que no carezcan de cierto interés: el editor jefe de La Palabra, el periódico donde Spider escribe su columna semanal, sus “asquerosas ayudantes” Yelena y Shannon, y toda una pléyade de políticos, proxenetas, informadores y demás fauna postmoderna.

Una vez presentados personajes y escenario, Ellis da rienda suelta a la trama política que supone el hilo principal de Transmetropolitan. A partir de las elecciones y del triunfo del Sonriente, un amoral y peligroso nuevo presidente interesado únicamente en joder al ciudadano y recortar sus derechos, que tiene lugar en Transmetropolitan #24, comienza una carrera trepidante, que mejora número a número, en la que el periodista lucha con sus propias armas contra el Sonriente. Su popularidad en auge, la derrota que supone ser devorado por el sistema y convertido en un inofensivo producto de consumo, su renacer cuando pase a la clandestinidad para esquivar la censura presidencial, y por supuesto el clímax de la serie, el último arco en el que, previsiblemente, Jerusalem reune todas las pruebas que ha ido consiguiendo durante sus investigaciones y derroca con ellas al emergente estado totalitarista de facto del Sonriente. Y, finalmente, Ellis le da a su criatura Jerusalem un final redondo, el mejor posible para el personaje, uno de esos finales que se saben pensados desde el inicio de la historia.

Y no es que las reflexiones de Ellis sean especialmente profundas o innovadoras. No es la primera ni la última vez que la ciencia ficción distópica trata la política, evidentemente, ni tampoco es la mejor. Ellis peca de simplista y, quizás, de optimista, cuando al final Spider consigue despertar la adormilada conciencia ciudadana y que se ésta se rebele contra el tirano. Sin embargo, la visceralidad y honradez con la que presenta una historia que, es evidente, es La Historia que el guionista siempre quiso contar, finalmente ganan a los peros que puedan ponérsele a Transmetropolitan, que queda como una serie muy entretenida, con grandes momentos e ideas, y que, pese a sus altibajos —hay momentos, cuando nos acercamos al final, en el que se tiene la sensación de que Ellis hace tiempo con viñetas enormes sin diálogos para no acabar antes de los sesenta números pactados—, en conjunto es bastante redonda.

Sin embargo, uno de los problemas de la serie, leída ahora, con más experiencia por mi parte, es la saturación que alcanza Ellis con sus salidas de tono: imaginativos insultos, escatología, sexo por todas partes, violencia verbal… Una dosis pequeña puede ser divertida si se tiene el día gamberro, pero Ellis, en su afán por escandalizar, se pasa. Se pasa relativamente, porque es curioso observar cómo todo, o casi todo, se queda siempre en el texto. No hay una violencia demasiado explícita, ni sexo, más allá de algún pezón, ni lleva nunca Spider a cabo las burradas que suelta por la boca. Pero aún así satura, hasta resultar infantil, cuando se leen varios números seguidos. Puede que el lenguaje obsceno de Spider, y de todos los demás —es otro fallo: absolutamente todos los personajes son ingeniosísimos—, epate al lector americano medio adolescente, pero a mí, leído ahora, me resulta una muestra más del cacaculopedopis que podemos encontrar a menudo en obras de Mark Millar o Garth Ennis. Afortunadamente, Ellis, bastante más capaz, a mi entender, que éstos, sabe ir más allá.

Pero lo peor de Transmetropolitan es algo mucho más problemático: no se me ocurre dibujante más inadecuado para la historia que Darick Robertson. A su favor hay que decir que le pone ganas, empeño y mucho trabajo, tanto que no falla en ninguno de los sesenta números —hay sólo un número con dibujantes invitados, pero no se debió a un retraso de Robertson—, toda una hazaña en el mercado actual. Sin embargo, Robertson, dibujante de superhéroes, no sabe representar adecuadamente el futuro distópico que propone Ellis; ni su arquitectura, ni su tecnología – la dibuja demasiado parecida a la nuestra, al fin y al cabo-, ni la suciedad de los suburbios… Su estilo es demasiado redondeado, recuerda excesivamente a los superhéroes que dibujaba poco antes de embarcarse en este proyecto. Por si fuera poco, en los últimos diez o quince números se le nota muy apresurado, descuida el trazo y deja de detallar tanto las páginas, lo que incide en la calidad final y sobre todo hace que se resienta el barroquismo que la ambientación necesita en una serie así. Tiene serios problemas también con las expresiones faciales: forzadas, inverosímiles, poco documentadas. Robertson es también incapaz de hacer que la mayoría de personajes se parezcan a sí mismos de una viñeta a otra —especialmente las mujeres—, y sólo consigue ser convincente cuando dibuja a Spider. El color, de cómic de superhéroes al uso, tampoco ayuda en absoluto.

Sin embargo, se supera el problema enseguida. Uno se acostumbra al dibujo de Robertson y se centra en la historia de Spider Jerusalem y en las poderosas ideas de Warren Ellis, y se disfruta mucho, la verdad, de Transmetropolitan. Con todos sus problemas, que, como se ha visto, los tiene, supone una de las mejores series de la línea Vertigo, diferente además a lo que el sello acostumbra a ofrecer. Merecería, por lo menos, una reedición en España, dado que la de Norma debe de ser ya imposible de encontrar. Muy recomendable.

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