Alicia en Sunderland, de Bryan Talbot.

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Alicia en Sunderland es un cómic atípico. No creo que sea, no obstante, difícil de clasificar, como he leído en algunos sitios: Alicia en Sunderland no es más que un ensayo hecho en cómic. Lo cual no tiene nada de malo, al contrario. Demuestra una vez más que la historieta es un medio que se presta a todo tipo de intenciones y que además es especialmente adecuado para la divulgación y la didáctica. Sin embargo, la obra no termina de funcionar.

Alicia en Sunderland es un tebeo complejo y denso, que exige una lectura pausada y fragmentada para no sucumbir ante su avalancha de datos e ideas. Porque su autor, el británico Bryan Talbot, ha realizado un trabajo de documentación abrumador; eso hay que reconocérselo. De la misma forma le reconozco el despliegue artístico, a pesar de que Talbot como dibujante nunca me haya gustado; en Alicia, ofrece una mezcla de estilos, y sobre todo técnicas —el dibujo tradicional se mezcla con el collage o la fotografía con total naturalidad— muy interesante. Hasta juega con el coloreado, dando uno propio del cómic de superhéroes de la Edad de Plata par escenas de batallas medievales o superponiendo el blanco y negro sobre fotografías. Todo esto, por cierto, excelentemente reproducido en la edición de Random House/Mondadori, tan impecable en todos sus detalles como acostumbra últimamente.

Los problemas de Alicia los encontramos en la exposición de Talbot. Estructura la misma como si de una obra de teatro se tratase, con varios actos, un intermedio, y él mismo como narrador, desdoblado en dos, exponiendo ante un solo espectador. Su voz narrativa recuerda bastante al modo y estilo que utiliza Scott McCloud en sus ensayos —de hecho, el autor de Entender el cómic protagoniza una hilarante aparición especial—. Pero Alicia carece de hilo argumental. La manera en la que Talbot expone toda su investigación es caótica y desestructurada, como si hubiera ido dibujando las páginas de manera lineal y paralela a dicha investigación, que le llevó cuatro años. Va hacia atrás y hacia delante en el tiempo, pasa de un tema a otro de forma brusca, dando lugar a un discurso excesivo y emborrachante. Y no es que lo que cuente no sea interesante, que sí lo es, al menos para mí. Es que naufraga en la manera en la que lo cuenta. Primero, porque debería haber sido consciente de que no estaba haciendo una tesis doctoral: el apasionamiento por la obra de Lewis Carroll —y pocas obras hay que justifiquen más una obsesión— no tendría que ser óbice para ser consciente de que los datos hay que seleccionarlos. En Alicia, da la impresión de que ha dejado fuera muy poca cosa, que ha incluido datos irrelevantes y minúsculos que enfangan, más que clarifican, la exposición. Y segundo y sobre todo, porque al intentar establecer conexiones entre personas, lugares y acontecimientos, fracasa. La sombra de Alan Moore es alargadísima; y traer a colación el nombre del barbudo iracundo es pertinente porque lo que intenta Talbot no es muy diferente de lo que hace él en obras como El amnios natal, Serpientes y Escaleras o en el célebre paseo en coche del capítulo cuarto de From Hell. Moore tiene la inteligencia y preclaridad necesarias para establecer conexiones entre hechos aparentemente inconexos, y crear sistemas coherentes en los que espacio y tiempo se pliegan a sus teorías. Cuando uno lee la mencionada secuencia del paseo en coche, nunca tiene la sensación de que le estén tomando el pelo. Funciona. Es asombrosamente lógico y natural. Sin embargo, cuando Talbot desgrana y rebusca conexiones entre la familia Liddell, Lewis Carroll, la historia de Sunderland e Inglaterra entera, localizaciones y edificios de la ciudad costera y obras de ficción variadas, el lector nunca sabe a dónde quiere llegar. No hay tesis, sólo mera acumulación de vínculos, algunos excesivamente remotos y pillados por los pelos. No hay interpretación. Todas las casualidades, todas las menciones a los antepasados de los Liddell —cosa lógica, por otra parte, dado que Talbot se remonta a las invasiones sajonas—, ¿qué objetivo tienen? Aparentemente ninguno. Talbot va de una cosa a otra, de un hecho histórico a un edificio, de un edificio a una historia, de una historia a una persona. Su discurso fluye a trompicones, sin orden ni concierto, y lo que es peor, sin objetivo. Si Talbot intenta demostrar algo, fracasa. Sólo hacia el final deja ver que, en su opinión, Sunderland es el País de las Maravillas de la novela, pero es insuficiente, dado que ni desarrolla esa idea ni la relaciona adecuadamente con todo lo expuesto en las, nada menos, trescientas páginas de su ensayo. Tampoco sale airoso cuando, jugando de nuevo a ser Moore en lugar de Moore, habla de cómo se ha construido el mito de Alicia y cómo ese mito ya es más real que los hechos verdaderos. También carece de la habilidad de Moore para mantener enganchado al lector a lo que se está contando y que éste siga a la perfección el intrincado proceso mental que se está exponiendo. Sabe recordarle conceptos que se han explicado páginas atrás, mediante mecanismos narrativos efectivos y sencillos, sabe anticiparse al lector y a su posible pérdida de interés por aburrimiento, ofreciéndole interludios, dejándole pensar, sabe renunciar a los superfluo y sintetizar, recurriendo a las notas cuando debe. Sabe exponer, en suma. Talbot no. Se repite en varias ocasiones, menciona el mismo acontecimiento por segunda vez como si no hubiera una primera. No utiliza el poder icónico de la imagen para traer a la memoria del lector explicaciones pasadas todo lo que debería. Cuando hace alusión a una pregunta que quedó sin respuesta escribiendo “¡Ja! ¡Seguro que pensabas que me había olvidado de la página 12!” el lector sólo puede enarcar una ceja y pensar “Esto… Bryan, amigo, hace tres días que leí la página 12. Me temo que ya no me acuerdo”. Y hacia el final, incluye un desconcertante alegato antirracista que por muy de acuerdo que esté con él, aún estoy intentando encontrarle su sentido en el conjunto de la obra. Da la sensación de que, simplemente, le apetecía no dejarse nada en el tintero.

Le falta brillantez en sus razonamientos. Moore tiraba líneas a través de la Historia para formar un tapiz sólido y plausible, que sorprendía al lector por la inteligencia con la que estaba construido. Las conclusiones a las que llegaba Moore asombraban la mayoría de las ocasiones, y no porque no fueran más o menos descabelladas —que alguna lo era—, sino por cómo llevaba a ellas. Te lo creías. Talbot es demasiado disperso y, en realidad, no llega a ninguna conclusión, o a muy pocas. Hay alguna reflexión de cierta lucidez, por ejemplo cuando explica por qué cree que Jack el Destripador, con sólo cinco crímenes, se ha convertido en el asesino victoriano por antonomasia por delante de Mary Ann Cotton, con un número tan elevado de muertes en su haber que es imposible determinarlo.

La excesiva ambición de Talbot con Alicia en Sunderland acaba por perderle. No responde a las expectativas creadas ni compensa el considerable esfuerzo que supone leerlo, a menos que se sea un amante de la obra de Carroll o se esté interesado en la Historia. En estos casos, sí recomiendo su lectura. Se aprende mucho sobre Alicia y su autor, y se navega mejor, con más gusto, por el mastodóntico batiburrillo que Talbot ha parido. Podría haber sido algo infinitamente más interesante si además de investigación, hubiera habido purga de datos y reflexión sobre los mismos.

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