Lobezno: Origen, de Paul Jenkins y Andy Kubert.

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Hoy, en uno de mis cada vez más frecuentes reajustes y realojos de mi tebeoteca, que rezuma ya por la ventana y amenaza con sepultarme, han empezado a aparecer más de uno y más de dos fantasmas del pasado. Cómics que prácticamente había olvidado y que en su momento no sólo compré, sino que me gustaron. Téngase en cuenta que yo empecé a coleccionar cómics Marvel en los años 90, y que tuve una época de adicción dura a los mutantes. Creo que no hace falta decir mucho más: no hablo ya de las series regulares llenas de cross-overs con nombres de tan infausto recuerdo como La Canción del Verdugo, Atracciones Fatales u Onslaught, sino de la basura, porque no tiene otro nombre, que colaban en forma de especiales que no tenían nada que ver con nada de lo que pasaba en las series y que, en lugar de suponer una oportunidad para que autores consagrados realizaran buenas historias, servían de plataforma de lanzamiento al primer monigotero que pasara por allí, porque, total, el fan iba a comprarlo igual tan sólo con llevar la X en la cubierta.

Pero hoy no voy a hablar de esos horrores; tal vez algún día lo haga, pero no hoy. Hoy quiero hablar de otra cosa que ha aparecido, una serie limitada que creo prácticamente olvidada: Lobezno: Origen.

Fue una miniserie publicada durante 2002 que consistió, básicamente, en una calculada operación de márketing, de ése en el que Joe Quesada se ha terminado conviritendo en un experto: del que promete todo y luego ofrece humo. Por aquel entonces, aún trabajaba en la editorial su compinche Bill Jemas, medrador de profesión, hoy relegado al ostracismo tras unas cuantas cagadas en su cargo. Entre los dos, desde el desconocimiento más absoluto del pasado de la editorial —y el alarde del mismo, lo cual es peor, porque equivalía a revolcarse en su propia falta de profesionalidad— convirtieron el universo de ficción en lo que es hoy. Origen fue, a mi entender, uno de los primeros intentos de dominar la sofisticada técnica del bluf editorial.

A saber: Quesada y Jemas anuncian que van a contar el mayor secreto de la editorial: el origen de Lobezno, junto con Spiderman, el personaje más popular de Marvel y sin duda el que más dinero le ha hecho ganar en las últimas décadas. Ya escribí en una ocasión que explicar el pasado de Lobezno es un tremendo error, porque nunca se estará a la altura de las expectativas y porque se le desproveerá de su aura misteriosa. Dio lo mismo, porque en realidad en Origen no se responde a ninguna de las preguntas que a lo largo de los años guionistas más o menos capaces habían ido planteando alrededor de Logan.

En lugar de eso lo que tenemos es una historia de la época colonial en Canadá, a lo Jane Auster, llena de tópicos y lugares comunes, que está protagonizada por un jovencito Lobezno, pero que, salvo por las garras, podría haber sido cualquier otro. Porque no es una historia de Lobezno, claro. Del sopor que supone su lectura no culpo —demasiado— a Paul Jenkins, guionista de paja encargado de desarrollar y dialogar el argumento de sus dos jefes. Jenkins, profesional cumplidor pero bastante ñoño —aunque tengo que confesar avergonzado que alguno de sus números autoconclusivos de The Spectacular Spider-Man, más que ñoños, me tocó la fibra sensible en su día—, no leyó ningún tebeo de Lobezno para escribir esta serie, según confesó en entrevista de la época. Para qué, pensaría, si esto no tiene nada que ver el personaje. Se limita, por tanto a construir una historia previsible en todos sus escasos giros, lleno de personajes estereotipados: el patriarca severo y autoritario, el hijo del mismo, enrollado y liberal, el capataz duro pero paternal, el cocinero hijoputa que abusa del jovencito Lobezno porque sí. Prácticamente todas las situaciones se ven venir, especialmente las muertes. La del perrito que le regalan a Logan de crío, nada más ver la escena en la que se lo dan. La de Rose, cantada. La del padre del chaval, desde la primera vez que su empleado, el “Logan original”, lo mira mal. Lo mismo para las relaciones amorosas que se van sucediendo. Es un mal culebrón, en el que sólo consigue Jenkins que el asunto tenga cierta gracia cuando todo parece indicar que el hijo del empleado será Lobezno, dado que el padre es clavadito, para que al final lo sea el débil James Howlett, fruto obvio de una infidelidad de la mujer del terrateniente.

Los dibujos de Andy Kubert no terminan de funcionar. Es un dibujante aceptable, que hace años me gustaba más que ahora, y que tiene como mayor defecto su incapacidad para plasmar adecuadamente las expresiones de las caras de sus personajes, siempre congelados en muecas rarísimas. No parece la mejor opción para una serie de estas características, sin acción superheroica al uso donde el pequeño de los hermanos Kubert pueda lucirse, ni desde luego le favorece, creo, la paleta de colores pastel aplicada por Richard Isanove ni la reproducción directa de sus lapices, sin entintado, técnica que nunca me ha terminado de convencer, a pesar de que Kubert acaba mucho su dibujo a lápiz para que el resultado no sea desastroso, como lo era en los X-treme X-Men de Salvador Larroca, por ejemplo.

La historia termina con Logan dominado por su parte animal —por cierto: qué poco sentido tiene con la traducción libre de su nombre de guerra el motivo por el que lo bautizan como Wolverine— huyendo a las montañas y la tal Rose, que nos ha contado todo gracias al originalísimo recurso del diario personal, muerta de una manera estúpida por accidente, al tropezar y caer sobre las garras del futuro hombre-X. Más allá del auténtico nombre de Lobezno, no se ha aportado, en estos seis números, nada relevante a la mitología del personaje, ni se ha resuelto, como decía, ninguno de los enigmas que lo rodean. A día de hoy el pasado de Lobezno sigue siendo una maraña, aunque, en teoría, éste ha recordado todo. Da lo mismo. Anda aún enredado en los caprichos de cada uno de los guionistas que se van sucediendo en sus colecciones sin tener en cuenta lo que han hecho los anteriores; el último, un Daniel Way que, casi literalmente, se caga en la continuidad con su Rómulo, misterioso villano en la sombra que está detrás de absolutamente todo lo que rodea al personaje, desde sus amigos y enemigos hasta las pelusillas del ombligo, y que ha permanecido hasta ahora oculto. Muy verosímil todo.

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