El cómic como una de las Bellas Artes.

Acabo de leer una entrevista al gran Jan, vía Entrecomics, que creo que merece una reflexión. Y aunque no la mereciera, para eso están los blogs, qué demonios.

La cosa es que Jan dice que siempre ha tenido “la honesta convicción de que el cómic es un arte menor”. Valoremos primero en su justa medida esta opinión: Jan tiene una edad, es de una generación concreta que se crió en unos valores concretos, y en una sociedad en la que la historieta era algo intrascendente, un producto infantil que, vale, lo leían también los adultos, pero como matarratos, y un tanto vergonzoso además. Muchos autores de la generación de Jan comparten esa idea de no estar haciendo arte, sino de ser más bien artesanos de una cadena de montaje, parte de una industria, y no artistas. Para Jan, hombre además de gran cultura, un artista es otra cosa. Y el cómic, que, ojo, dice que le parece algo digno e importante, es secundario comparado con la pintura o la literatura, a las que considera imprescindibles. Interpreto que Jan quiere decir que sin el cómic, nuestro mundo sería exactamente igual, mientras que sin la literatura o la pintura, la civilización occidental no sería como la conocemos. Y no deja de tener algo de razón. Pero aunque no la tuviera, no hay que sacar de quicio sus declaraciones. Jan es un profesional como la copa de un pino que se toma muy en serio su trabajo, guste más o menos, y que, sobre todo, respeta al medio y a los lectores. No es sospechoso de vicentemolinafoixismo, vaya.

Y ahora sí, vamos a rebatirle. Para empezar: la clasificación de artes en mayores y menores es algo completamente superado, igual que los conceptos de alta y baja cultura. Las artes ya no son más o menos puras -que va por ahí la clasificación clásica-, sino que se maneja un concepto más utilitarista. Las obras tienen un contexto, un tiempo y espacio. Y en ellos hay que valorarlas. Si echamos un vistazo a la lista de las seis artes mayores, nos encontramos con la danza, por ejemplo. Siguiendo el razonamiento de Jan, ¿es imprescindible la danza? ¿Cambiaría mucho nuestra vida de no existir? Pues no lo sabemos, pero no parece tener la importancia fundamental de la literatura o de la arquitectura.

Luego entramos en el terreno de las comparaciones, que me parecen bastante absurdas, la verdad. No es infrecuente encontrarse con opiniones de amantes del cómic que reconocen que no creen que esté a la altura de la literatura o el cine. ¿Complejo de inferioridad? No lo creo, de verdad. Es una explicación fácil pero también demagógica. Es más bien que parten de una base teórica jerarquizadora que, como decía, hoy está superada. Cuando alguien se pregunta “¿dónde están la Ilíada, el Quijote, el Crimen y castigo de la historieta?” está comparando dos cosas incomparables. El cómic es una cosa y la literatura es otra. ¿Por qué no hacerlo al revés? ¿Por qué no preguntarse dónde está el Príncipe Valiente de la literatura? Intentar buscar el Quijote del cómic en lugar de hacer el proceso en la dirección contraria demuestra un prejuicio evidente. Claro que no podemos encontrar el Quijote del cómic. ¿Cómo lo buscamos? ¿Cómo comparamos con criterios objetivos una cosa y otra? Decir que el Quijote es mejor que Watchmen es como si yo digo que me encanta el pollo asado y alguien me responde que prefiere la filatelia. Es comparar peras con manzanas. Basarse en este argumento para sustentar este tipo de opiniones requiere por tanto de un apriorismo claro: un arte es superior a otra, y por eso comparamos. Si partimos de cero, no pueden compararse las calidades de dos obras que no pertenecen al mismo medio. Es así de sencillo.

Ahora bien, hay otra cuestión no menos interesante. Sí que puede valorarse la importancia de las obras, el impacto que han tenido en la sociedad que las vio nacer y qué influencia han tenido en la humanidad. Aquí ya no hablamos de calidad ni de elementos artísticos, sino de valor histórico. Ambos conceptos se han confundido frecuentemente. Es el motivo por el cual los historiadores rara vez se han fijado en el folletín decimonónico mientras sí que hay estudios de novelas mejores, pero ni por asomo más leídas. Y es la razón de que la historieta en España aún carezca de una historiografía sólida. Pero es de nuevo la jerarquía ilustrada la causa de todo esto. Hoy, en pleno posmodernismo, nadie puede negar ciertas cosas. Que alguien me diga, por ejemplo, qué novela americana del siglo XX tiene la influencia de Superman en la sociedad yanqui. Y los cómics de este personaje tienden a tener muy poco o ningún valor artístico. O qué novela ha marcado a una generación con la fuerza y globalidad de Star Wars.

Este razonamiento, claro, tiene truco. Porque si nos remontamos a los albores de la civilización occidental, nos encontramos con obras incontestables. Son obras que configuran y fijan los valores de los pueblos. Obras frecuentemente portadoras de mitos que crean identidades nacionales, y que llegan hasta hoy a través de la herencia cultural que portamos como sociedad. El valor, la importancia de la Ilíada, la Odisea, la Biblia o el Kalevala son, simplemente, incalculables. Los pueblos que las crearon no serían hoy los mismos sin ellas; la civilización occidental entera sería diferente sin las tres primeras. Así pues, intentar calificar el cómic como arte menor porque no se ha producido un tebeo de la importancia de la Iliada es un sinsentido gigantesco. No, no hay un cómic que pueda compararse con la obra de Homero. Ni una película, ni una escultura, ni un cuadro… NADA puede compararse con obras así. Es imposible que una obra artística pueda hoy significar nada ni remotamente cercano a aquéllas. Pero es que aunque sí lo fuera, desde luego no nos daríamos cuenta hoy; harían falta siglos para valorarlo. Y por otra parte, efectivamente, en el cómic no hay ninguna Odisea… ni en toda la literatura del siglo XX. Vivimos en una época concreta, con unas características concretas. Nuestra sociedad no puede nacer otra vez. Ya está hecha. Una obra puede convertirse en un fenómeno de masas, pero no puede sentar las bases de nuestro mundo. Es evidente. Si acaso podríamos comparar la importancia de cómics y novelas contemporáneos.

Ahora bien: puede irse un poco más allá. Comparar obras con más de dos milenios de antigüedad con otras de un medio que tiene siglo y medio es bastante tramposo. Además, a la Iliada y la Odisea podemos llamarlas literatura, pero poco tienen que ver con lo que hoy entendemos como tal, y si las igualamos a través de una sola palabra es simplemente por una convención cultural. Para empezar, ni siquiera sabemos si Homero fue un solo señor o muchos. Sus obras pueden ser una actualización de historias mucho más antiguas, pensadas para ser cantadas, no leídas. Que evolucionaban y mutaban en la boca de cada uno de los aedos que las explicaron a los pueblos griegos. Homero les dio unidad y una forma definitiva. El proceso de creación de ambas es pues radicalmente diferente al que hoy sigue un escritor moderno para escribir una novela. Y sin embargo, como digo, por convención, la Ilíada y La Regenta son ambas literatura. Se suele argumentar también que el cómic es un medio joven, y que por eso aún no ha dado tantas obras maestras, ni nada a la altura de aquéllas. Bien, veamos el asunto desde otro punto de vista: el cómic no sería sino la última forma del arte de contar historias por medio de dibujos. No es un arte joven con un siglo y medio de antigüedad: es la forma contemporánea que adopta un arte milenario, ajustada y mediatizada por los medios técnicos que permiten su reproducción mecánica y su difusión masiva. Así que cuando alguien nos pregunte dónde está la Odisea de la historieta, la respuesta es sencilla: en Altamira.

Son juegos del lenguaje, en realidad. Da lo mismo. Lo importante es tener claro que jerarquizar las artes no tiene sentido. Que comparar un tebeo con un libro o asegurar que el cómic nunca ha logrado una obra a la altura de tal o cual novela tiene tanto sentido como comparar el puente romano de Mérida con el David de Miguel Ángel. Hablemos de impacto, de relevancia social y cultural. Y veremos que hay de todo, y cada vez más. No sé yo si Flaubert, con toda su calidad literaria de “arte mayor”, es más influyente en la mentalidad de los franceses que Asterix. Ni creo que en el imaginario colectivo de los estadounidenses tengan un lugar más importante las novelas de Hemingway que Peanuts. ¿Dónde está la novela que cuente mejor lo que cuenta Carlos Giménez en Paracuellos? ¿Dónde encontramos un libro que se acerque tan certeramente al Holocausto como Maus? ¿Explica la literatura de posguerra tan bien la sociedad española como los tebeos de Bruguera? ¿Hay alguna novela que influyera tanto en la opinión pública de americanos y españoles durante la guerra de Cuba como las viñetas satíricas que durante la misma se publicaron en la prensa? Éstas son las cuestiones que a mí me interesan. Entiendo a Jan, en serio. Entiendo por qué dice lo que dice y qué quiere expresar con ello. Sé qué cómics conoce él; Jan no lee tebeos actuales, no sabe qué se está cociendo hoy en día, ni probablemente conoce en exceso la historia del medio. Es un currante. Y piensa además que el tebeo es un mero entretenimiento. No se considera buen escritor, dice. Claro, es que no es usted escritor. Es historietista. Pongamos a García Márquez a hacer un tebeo, a ver qué pasa. Ni Jan podría escribir Cien años de soledad ni García Márquez podría hacer algo como La caja de Pandora. ¿Y? Pues eso.

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