Robin y Marian.

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No la vi hasta ayer, a pesar de que conocía su existencia desde hacía mucho. Uno de estos casos en los que algo te llama la atención pero nunca pareces encontrar el momento para ello. Bien, ayer lo hice, y cómo me alegro, porque me encantó.

Robin y Marian es una película modesta en sus pretensiones, pero que parte de una premisa que no podría ser más atractiva: en lugar de contar otra vez la conocida historia de Robin Hood, lo que tenemos es un relato crepuscular de un Robin casi anciano, que convertido en leyenda, vuelve a Sherwood tras veinte años en las Cruzadas junto al rey Ricardo. Es un Robin cínico y desencantado, que ha visto hasta dónde puede llegar la crueldad de los hombres en una guerra absurda, pero que aún conserva una chispa de su rebeldía, que prenderá del todo cuando se reencuentre con Marian, ahora abadesa en un convento.

Sean Connery borda el papel de viejo Robin. Sabe evocar el golferas de buen humor que debió de ser el héroe de joven, pero también plasma a la perfección la dignidad de su edad, y los ideales que encarna Robin Hood, y que son el motivo de que hoy sigamos contando su historia con mayor o menor fortuna. Audrey Hepburn es una Marian perfecta, a su manera tan atractiva como el propio Robin. En la relación entre ambos, en el amargo pasado compartido, que poco a poco se va desvelando, está gran parte de la fuerza de la película, pero no sólo: la relación entre Robin y Little John, que le ha seguido durante todos estos años, es perfecta. Y más aún lo es el antagonismo entre Robin y el sheriff. Donde en otras interpretaciones encontramos un villano de opereta o directamente un bufón, aquí tenemos a un hombre digno e inteligente, un excelente luchador a la altura de Robin Hood. Ambos se tienen un respeto mutuo que se palpa en cada uno de sus enfrentamientos, construyendo una relación memorable.

La película es, sobre todo, un hermoso tempus fugit. Una historia crepuscular. El viejo Robin, que se niega a envejecer, reverdece laureles cuando llega a Sherwood y recuerda los días pasados. Se sabe de antemano que su nueva rebelión está condenada al fracaso, pero nos da igual. Es emocionante verle llegar al antiguo campamento, donde no queda ya apenas rastro de su estancia, reencontrarse con Tuk y Will, y volver a las andadas con otro plan imposible que incluye, por supuesto, un disfraz. Los estragos de la edad se dejan notar, acertadamente, cuando a Robin y John les cuesta trepar una pared o pegarse una carrera. En esta historia los héroes resoplan y sudan como cerdos. Qué grande es ver, por ejemplo, a Robin levantándose por la mañana, estirándose, con dolor en todo su cuerpo, ahora lleno de viejas cicatrices. Y pese a todo, se sienten vivos otra vez, aunque el peso del pasado se deje sentir siempre.

Más allá de la poesía que impregna el film, a mí me ha fascinado su cuidada ambientación y el realismo que persigue. Realismo de cine, claro, que no es lo mismo que realismo a secas, pero lo que vemos aquí es una Edad Media plausible y sobre todo muy alejada de los cánones cinematográficos actuales. Y qué decir de las escenas de acción: una auténtica maravilla. Es todo un alivio observar una escena de lucha en la que se ve perfectamente lo que pasa, sin trucos de cámara raros ni montaje de vídeo clip: unos señores pegándose, sin recalcar hasta lo pueril la coreografía, como pasa hoy en día tan frecuentemente, sin flipadas, sin saltos imposibles, sin chorradas que nadie puede creerse. Los combates de Robin y Marian —muy pocos, en realidad— están llenos de sudor y gruñidos, de forcejeos y golpes bajos, y las muertes tienen muy poco de glamurosas. La pelea de John y Robin en la muralla contra los soldados del sheriff es antológica, pero el enfrentamiento final entre Robin Hood y el propio sheriff es espectacular, de las mejores que he podido ver en el cine. Dos adversarios luchando a muerte con todas sus fuerzas, pero sin dejar nunca de respetarse, haciéndose daño de verdad, sin bailar, sin música flipada. Empujándose, hiriéndose, de una manera inusitadamente real, que deja que el espectador sienta la fuerza y las emociones que se ponen en juego, muy por encima del mero despliegue estético que hoy supone un combate en el cine.

Una pequeña joya de 1976 que demuestra que los efectos especiales por ordenador sirven para lo que sirven, pero que el cine se ha apañado perfectamente sin ellos durante décadas. Flojea, tal vez, el final, en el que no sé si se entiende por qué Marian hace lo que hace. Pero aun así, muy, muy recomendable.

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