El gusto del cloro, de Bastien Vivès.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Con más o menos un año de retraso, acabo de leer uno de los cómics más alabados de 2009: El gusto del cloro de Bastien Vivès, excelentemente editado acá por Diábolo.

Vivès ha resultado toda una sorpresa como dibujante. Alguna página suelta vista en internet no había conseguido llamar mi atención, pero cuando uno lee el tebeo, se da cuenta de lo bueno que es. Con un estilo remotamente emparentado con Blutch y un dominio total de la anatomía —las páginas donde uno de los personajes enseña cómo debe nadar a otro son espectaculares, sin necesidad de ninguna pirotecnia gráfica—, Vivès se centra en la recreación del universo cerrado que supone la piscina cubierta donde transcurre la historia, objetivo que consigue sobradamente. El gusto del cloro es en un 90% ambientación: la arquitectura dibujada con las líneas justas, temblorosas, para que sean las masas de color las que transmitan el hermetismo de la propia historia. Y qué importante es aquí el color. La paleta se compone casi exclusivamente de verdes, a excepción de los personajes, y es esa paleta la que en gran medida se encarga se sumergirnos —nunca mejor dicho— en el mundo de la piscina, que parece uno alienígena, con sus propias reglas, más aún cuando los personajes se meten bajo el agua y Vivès entonces los dibuja sin línea, sólo la mancha de color, representando de manera excelente cómo se ven las cosas.

Pero la cuestión es que El gusto del cloro es uno de esos tebeos que parece que “no cuenta nada”; y en realidad, aunque no sea así, es verdad que cuenta muy poco. Un enamoramiento juvenil, fraguado en los encuentros casuales de la piscina, que se estira durante todo el álbum, contando lo poco que hay que contar sin prisas. Vivès, acertadamente, prescinde de textos de apoyo o globos de pensamiento que nos permitan introducirnos en la psique de sus personajes. Al contrario: se busca, como decía antes, hacer la historia hermética, que el lector no sepa más que lo que puede deducir de las miradas, los diálogos banales, los gestos. No sabemos ni el nombre del protagonista, ni su edad, ni qué siente exactamente por esa chica que se encuentra en la piscina, ni siquiera cuánto tiempo transcurre. Ésa es la gracia de El gusto del cloro: dejarse llevar, interpretar qué pasa, de qué va cada personaje. En ese sentido, es verdad que le falta sustancia a la historia, pero es que aquí la historia es lo de menos. Quedan las preguntas que se hace el lector, especialmente en el giro final: ¿qué le dice la chica bajo el agua al chaval? ¿Por qué no vuelve jamás a la piscina? Todo queda en el aire. Las últimas páginas, tras ese punto y aparte, son magistrales, y consiguen transmitir al lector de manera perfecta la angustia del chico, la impaciencia al ver que un día tras otro la chica no aparece, y no tiene manera de encontrarla. Y lo hace sin palabras, sólo con el ritmo de la historia, con esas viñetas de largos en la piscina ansiosos, con sus miradas continuas al lugar por donde entraba ella a la piscina, y con la sumergida en la que, al faltarle el aire, cree verla. No sabemos nada. El álbum acaba y nos deja con cara de póker, pensando aún en esa chica, y en qué demonios le dijo bajo el agua.

Eso es El gusto del cloro, nada más. Una ambientación perfecta y esa incógnita. Es un tebeo de sensaciones pequeñas, cotidianas, que todos hemos experimentado alguna vez. Habrá a quien le parezca poco, y tal vez lo sea, para qué mentir. Pero a mí me ha gustado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s