Spider-man… ¿la espicha?

Leo hoy en varios blogs, por ejemplo aquí, la noticia del día. La enésima vuelta de tuerca a un personaje maltratado hasta el absurdo por parte de Marvel no deja de ser lógica: si ya hemos hecho de todo con él vivo, lo que queda es matarlo y violar su cadáver unas cuantas veces. No me sorprende, como no me sorprende nada que en los últimos, no sé, ocho o diez años ha preparado la Marvel de Joe Quesada. A fuerza de querer sorprender continuamente ya no sorprenden ni a los niños de cinco años. Ahora se muere Spider-Man. Claro, claro. Voy limpiando la agenda para acudir a su funeral, Joe. Alquilo el traje y tal.

Tengamos en cuenta, evidentemente, que esto puede muy bien ser una maniobra publicitaria más y que realmente no muera; que al fin y al cabo lo único que se ha visto es un cartelito sin dibujo alguno y la editorial “no hace comentarios”, como si fuera un secreto de estado. Pero aunque así fuera, aunque hubieran decidido darle matarile al personaje, todos, y cuando digo todos me refiero hasta al lector más friqui, sabemos que volverá. Y más temprano que tarde, claro. No es la primera vez que la editorial recurre a esto. Han “muerto” ya, haciendo uso sólo de mi memoria, Daredevil, Mr. Fantástico, Thor, Lobezno, Iron Man, y el caso más sangrante, porque dio lugar a una historia buena de verdad, el Capitán América. Y sólo estoy contando a los personajes cuya resurrección ya estaba prevista cuando murieron, no a las decenas de resurrecciones de personajes muertos “para siempre”, tipo Mariposa Mental, Coloso o Pájaro Burlón. Pero ahora hablamos, ay, del viejo trepamuros.

Y no puedo evitar ponerme nostálgico. Porque para mí, como para muchos, no es un superhéroe más. Es que yo a lo mejor no estaba aquí escribiendo en este blog o devorando cómics de no ser por él. Como casi todos los de mi generación, había leído tebeos durante toda mi infancia, pero hasta los once años o así no empecé a coleccionar, terrible palabra, maldición de la que no me pude librar hasta hace poco. Pero entonces, y durante muchos años, tuvo su aquél seguir las andanzas de unos personajes pasara lo que pasara, y tragar mierda era casi un acto de amor hacia ellos. Tuve suerte con Spider-Man; aunque llegué tarde a las mejores etapas, empecé con la serie al poco de volver el gran Gerry Conway al personaje. En medio de Actos de Venganza, nada menos, típico cruce de la época, más malo que pegarle a un padre, y encima aquí con el agravante de encontrarse a un Spider-Man con poderes cósmicos, barriendo el suelo con Gravitón, Magneto, y otros villanos que no sabían quiénes eran pero que parecían muy muy chungos. No voy a repasar los dieciséis años que estuve coleccionando la serie. Quien más y quien menos sabe lo que hay. La mierda gana por goleada. Sí, tuve la gran suerte de leer en su momento las historias de J.M. DeMatteis, jamás reeditadas, pero me tragué páginas y páginas de los nefastos Terry Kavanagh y Howard Mackie, hoy felizmente esfumados del panorama editorial.

Pero a lo que iba: que he visto cómo le hacían al pobre y viejo Peter Parker de todo. Tragué carros y carretas: en la saga del clon nos dijeron que no, que el tío al que llevábamos siguiendo toda la vida no era el de verdad, que nos lo habían cambiado y que el bueno era el otro. Esto no era un dislate más. Estamos hablando del personaje más humano de la editorial, de alguien que nos importa sin máscara más que con ella. Hablamos de un amigo, coño. No hubiera sido lo mismo con el Capitán América, Iron Man o algún muti. Hablamos de Peter. Si me hubiera pillado más mayor, probablemente entonces me habría plantado. Pero seguí. Además, en nada de tiempo deshicieron lo hecho y resultó que no, que se habían hecho batiburrillo y al final el de verdad, el de toda la vida, era el nuestro. Aunque no tuviera absolutamente ningún sentido, suspiramos aliviados. Peter tuvo una hija. La raptaron y nunca más se supo. Y a él se la peló. Ni se acuerda. Bueno, dijimos. Qué le vamos a hacer. La tía May murió, de una manera bastante digna, además, y a los pocos números resultó que no, que tampoco. Que, atención, porque creo que es la chorrada más grande que se ha hecho jamás en un tebeo, Norman Osborn había contratado a una actriz, le había hecho la cirugía estética para que fuera idéntica a May, y luego le había dado algo para que se muriera. Y la actriz, ahí, con un par, ciñéndose al papel y diciéndole a Peter cosas bonitas hasta espicharla. Y esto Norman lo hizo porqueee… ¡está loco! ¿Hace falta otro motivo? Así que nada, ahí volvíamos a tener a un personaje que no aportaba nada a la serie desde que se casó con el Doctor Octopus. Y así con todo. Llegó Straczynski y la cosa mejoró, pero demasiado pronto entró en una rutina tan aburrida como lo anterior, y quedó patente que el guionista sabía de la historia del personaje lo justito. Y yo me estaba hartando de pillar errores de continuidad cada dos páginas. No es que haya sido nunca un talibán de la continuidad, pero hay cosas que… Vale que la credibilidad de la saga arácnida había saltado por lo aires algo así como cien veces desde que coleccionaba la serie, pero aquello de Pecados del pasado ya fue excesivo. Aquello no pegaba. Intentaron hacer ver que sí, que era perfectamente posible. Pero no lo era. No cuadraban las fechas. Pero el resultado fue que el primer gran amor de Parker se había zumbado a su peor enemigo y concebido dos criaturas que ahora aparecían después de vivir en Europa, muy creciditos ellos —lo justificaron con la sangre de Osborn. Sin comentarios—, para poner patas arriba la vida de Peter. Again. Era demasiado. O eso creímos, claro. Porque poco después, la puntilla. Quesada, que se ve que se sentía mal por haber dejado un poco de lado a Spider-Man en sus maniobras editoriales, le dedicó toda su atención. Y en qué día, joder. En la Marvel de Quesada, es pecado que el statu quo de una serie permanezca inalterado durante tres meses. Eso no puede ser, hombre. Que lo mismo dejan de hablar de ella. Así que nada, la locura. Peter se desenmascaró. Porque sí. Bueno, porque sí no; porque, como le había prometido a su colega Tony Stark que estaría a su lado pasara lo que pasara, ahora tenía que dejarse usar y manipular y poner en peligro a su familia para no traicionar la confianza de uno que se estaba comportando, aunque fuera totalmente fuera de personaje, como un auténtico hijoperra. Y encima todo esto para, a los dos números, acabar mandándolo al carajo igual y pasándose al bando de los guays. El personaje, su historia, a estas alturas ya eran lo de menos, claro. No se trataba de eso, sino de salir en los papeles y dar que hablar. Que Spider-Man se desenmascare públicamente no era absurdo sólo porque ponía en peligro a la tía y a la mujer, sino porque era cargarse la esencia misma del personaje, que es el juego de la doble identidad, de la liberación de ponerse una máscara, de convertirse en otra persona. Sin eso, la cosa no iba a funcionar. Y se dieron cuenta, claro. De ahí el famoso mefistazo. Yo ya no estaba allí. En diciembre de 2007, compraba mi último número de Spider-Man. Y no me dio ninguna pena, francamente. Porque aquello era un cachondeo insoportable. Aguanté la Civil War porque me apetecía dejar la serie en un punto y aparte, y porque molaba ver a Ron Garney dibujando al Capitán América otra vez. Pero ante las noticias que llegaban acerca de One More Day, decidí bajarme del barco. Y hasta hoy.

Aquella tontada diseñada para poder crear a medida un nuevo entorno para Spider-Man era un disparate casi tan grande como la “resurrección” de la tía May, y además suponía que Peter era, directamente, un psicópata, un chalado peligroso que para evitar que una mujer que de todas formas iba a morir un día no muy lejano la palme pacta con el diablo para salvarla. Y MJ, más psicópata todavía al cambiar la vida de May por su matrimonio. Así, porque sí. Y Mefisto, que es un figura, ya que estaba, aprovecha y trae de vuelta a Harry Osborn —que como era un brasazas, debía de estar ya hasta las narices de tenerlo en el infierno dando por saco—, vuelve a hacer secreta la identidad de Spider-Man —las explicaciones de Quesada, contando que la gente recuerda que se desenmascaró pero no recuerda su cara, fueron míticas—, lo lleva a una edad indefinida pero deja igual todo lo demás, membresía del trepamuros en los Vengadores incluida, que eso mola y vende tebeos. Alguno defiende las historias que a partir de aquí se hicieron. Me da igual si son buenas o malas. No son para mí. Ahora anuncian que lo mismo lo matan. Pero Joe, colega, si ya os lo habéis cargado mil veces.

Y pese a todo, Spider-Man sigue siendo como un viejo amigo. Al año siguiente de dejar su colección regular me dejé una pasta en completar el volumen uno de Forum. Tengo, gracias a las diferentes reediciones, básicamente todas las series del personaje completas, salvo algún numerillo suelto de éstos que Forum metía en los extras de estación. Y cuando uno lee tebeos de aquellas épocas, hasta los más maluchos tenían algo. Así de magnético es el personaje; estábamos leyendo las andanzas de un tipo que nos importaba. Que crecía, a su ritmo, vale, pero crecía. Dejaba el instituto, cambiaba de novias, iba a la universidad, salía, curraba, se emancipaba, se casaba. Y allí acabó todo. ¿Fue un error casarlo? No lo sé. Argumentalmente pudo serlo, pero sí me pega que un tío como Parker se case y tenga hijos. No se atreven a dar el paso, por eso llevan dos décadas mareando la perdiz con la relación entre Peter y MJ, que, por si no se acuerdan, llegó a morir y todo en la etapa de Mackie, al explotar su avión en pleno vuelo. Luego, claro, resultó que había sido secuestrada. Se han separado y arrejuntado tantas veces ya que he perdido la cuenta. Una y otra vez el trabajo de ella y las andanzas nocturnas de él se ponen en medio. Tienen, eternamente, veintipocos —de otra forma no se entiende que MJ SIEMPRE sea una top model—. Jamás tendrán hijos. Peter jamás cambiará de pareja, salvo que lo haga su versión cinematográfica. Leer sus historias, intentar seguir su vida, es, simplemente, doloroso. Cuando veo a Quesada vendiendo burras en la Comic Con de San Diego, con su sonrisa cínica, hablando de Peter, de los nuevos eventos, de tal o cual guionista, soltando globos sondas como este cartel, según el día siento rabia o indiferencia. Mátalo si quieres, Joe, y déjalo muerto, si puede ser. Que descanse en paz, el pobre, que ganado se lo tiene. Pon a cualquier otro bajo la máscara, como ya has hecho con el desgraciado de Matt Murdock: yo voto, por ejemplo, por el Sapo, que también pega saltos. Eso sí, no dejes nunca de reeditar las buenas historias de Peter, aunque sea, me temo, dejarte a ti y a los guionistas actuales en evidencia. Pero no harás nada de esto, claro. Si es verdad que lo matas, anunciarás su vuelta en dos meses. Si no es eso, será que finge su muerte, o que abandona su identidad secreta, otra vez. A ver si es esto, Joe. A ver si tienes cojones de superar el The Amazing Spider-Man #50 con toda tu pirotecnia y tus trucos baratos. Aunque da igual: no estaré ahí para leerlo. Estaré haciendo lo que deberías hacer tú de vez en cuando: releyendo a Lee, a Conway, Mantlo, Stern o DeMatteis.

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