Persépolis, de Marjane Satrapi.

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Siempre me había resistido a leer Persépolis. No me atraía. Tenía prejuicios sobre lo que iba a encontrarme, no me gustaba el estilo de Marjane Satrapi, y suponía que me contaría una historia típica de denuncia social de ésas que tanto gustan en Occidente. Ahora, por fin, acabo de leerla. Intentando olvidarme de esos prejuicios, pero con el ojo crítico bien atento, porque no estoy ante una obra cualquiera: Persépolis ha ganado innumerables premios y su importancia dentro del medio, abriendo mercado, llamando la atención de los medios de comunicación, no ha sido ni es pequeño. Por eso consideraba que debía leerlo y dedicarle un tiempo.

No quiero ser injusto por ir contracorriente, ni faltar al respeto a una autora que ha puesto mucho de sí misma en este tebeo. Al contrario, voy a intentar ser prudente. He tratado de entender las virtudes de Persépolis, el porqué de su éxito, con la mente tan abierta como he podido.

Y tras este perfecto ejemplo de aquello de excusatio non petita, accusatio manifesta, vamos al lío. No me ha gustado. Reconozco su valor, y el interés de lo que se cuenta, pero como obra artística, como cómic, me ha parecido mediocre. El valor de su testimonio no lo pongo en duda, aunque sí me hace plantearme si su éxito no se deberá en exclusiva a él. Porque no podemos negar que Satrapi lo tiene todo para llamar la atención de la sociedad de consumo occidental, ávida de historias como la que ella cuenta. Es, para entendernos, una especie de Samira Mahkmalbaf del cómic. Y esto, en principio, no debe servir para descalificar una obra artística, por supuesto. El Holocausto también es un tema recurrente y comercialmente muy explotado y no por eso Maus deja de ser una obra maestra. El problema es cuando el discurso no está sustentando en el talento. Dicho de otro modo; si Art Spiegelman no hubiera tenido la historia de su padre para contar, habría sido igualmente un gran historietista. Si Satrapi hubiera nacido en Francia… No lo sé. Creo que el hecho de que lleve alejada del cómic cinco años —desde la publicación de Pollo con ciruelas, según Wikipedia— y que sus obras que no son Persépolis hayan tenido más bien escasa repercusión, indica que no.

Mis problemas con Persépolis empiezan por lo que entra por los ojos: el dibujo. He dedicado cierto tiempo a pensar sobre esto, y he mirado con mucha atención las viñetas que dibuja Satrapi. No creo que a mí se me pueda acusar de despreciar los estilos de dibujo personales y/o poco ortodoxos, precisamente. Pero no me parece bueno. Hay, o debería haber, una diferencia entre lo naif y lo infantiloide. Y creo que el dibujo de Satrapi es más bien lo segundo. Me cuesta mucho decir que no sabe dibujar. No quiero caer en los errores que caen los que dicen lo mismo de Spiegelman o Sfar. Me pregunto si ese dibujo funciona en el contexto global de la obra, que al final es lo que importa, pero me respondo que no, no funciona a ningún nivel. Y es peliagudo aseverar sin más que Satrapi no sabe dibujar, sí. Estudió Bellas Artes, algo sabrá del tema. Pero sin ir tan lejos sí creo que puede decirse que el dibujo en Persépolis le importaba bastante poco. Hay una diferencia abismal entre elegir un tipo de dibujo concreto, un estilo adecuado a la obra que se está realizando, y llegar a él por la incapacidad como dibujante. O las pocas ganas, que creo que es aquí el problema. Leí que David B. “apadrinó” a Satrapi dentro de La Asociación, que la animó a realizar un cómic contando su vida. La influencia del autor de La ascensión del Gran Mal es evidente, y precisamente por eso, es pertinente comparar Persépolis con ella. Da la sensación de que Satrapi no entendió el porqué y los cómos de un estilo como el de David B. No es que en sus obras el dibujo no importe o sea secundario; ni en la suya, ni en la de el citado Sfar, o en la de Seth, o incluso en la del colmo del minimalismo, Juanjo Sáez. Al contrario, importa y mucho, y está cuidado al milímetro, aunque sean estilos apresurados, tendentes en algún caso al esquematismo. Y no es cuestión de trazar una línea inamovible que determine hasta donde puede un dibujante simplificar su trazo, pero es que Satrapi pareció creer que todo el monte es orégano y se lanzó a la realización de Persépolis con un estilo sin pulir, dubitativo, cuyo problema no es que sea simple, sino que es inadecuado para mostrar todo lo que tiene que mostrarse. La narrativa es sencilla, quizás incluso demasiado sencilla; se vuelve monótona. Cada vez que Satrapi tiene que mostrar algo que vaya más allá de gente hablando, se mete en problemas de los que rara vez sale airosa. Tiene dificultades para mostrar emociones a través de las caras de sus personajes, lo cual no deja de ser paradójico, porque precisamente al adoptar un estilo simple e icónico, debería serle más fácil hacer esto.

No estamos, repito, ante un caso comparable a Maus. Yo en Persépolis no veo ni una sola solución narrativa comparable a éstas. No veo genio. Veo a una persona preocupada siempre más por el qué que por el cómo; y eso, creo, es un error siempre. Porque a la larga lleva a que ese qué no llegue adecuadamente al receptor. Probablemente si se lo hubiera propuesto, y tomado algo más de tiempo, podría haber pulido más todos sus defectos, superar sus limitaciones. Pero en Persépolis apenas hay alguna viñeta ligeramente arriesgada. Tampoco sería necesario, a ver: no todos los cómics tienen que dar una lección narrativa o estética. Pero es que es excesivamente simple. Tiene unos problemas tremendos de perspectiva, sólo dibuja personas de frente o de perfil, en un solo plano, hablando frente a frente. Sus viñetas no tienen profundidad, no trabaja nada los fondos y los escenarios no se diferencian, no crean ambiente y da lo mismo que la protagonista esté en una calle de Austria, en medio de Teherán o en su casa. Un ejemplo de sus carencias, en cuanto a perspectiva:

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Comparad la línea de las mesas con la que forman las filas de sillas. O mirad el siguiente ejemplo de cómo cuando tiene que mostrar acción pasa verdaderos apuros:

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¿Qué está pasando aquí? ¿Está empujando al chico de la silla de ruedas, a punto de sujetarlo, o todo lo contrario? El texto nos hace suponer lo segundo, pero en el dibujo, la acción es confusa, y ni siquiera con las toscas líneas cinéticas que dibuja queda claro qué pasa.

Y cuando Satrapi intenta algo un poco más complicado, casi que es peor. Por ejemplo, cuando intenta reflejar los efectos de las drogas con el dibujo, le sale algo tan simple e infantil como esto:

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Me parece demasiado básico. Ejemplos mejores los hay a patadas, e incluso en cómics que tampoco son nada del otro jueves, como Cuatro ojos, de Sascha Hommer, se encuentran mejores soluciones para la misma cuestión.

Pero quizás lo más fallido sean los intentos, contados, de querer imitar el dibujo simbólico de David B. Cuando Satrapi intenta acercarse a la metáfora visual y conseguir una de esas perturbadoras imágenes que pueblan la obra del francés, le sale algo como esto:

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Comparar esta viñeta con cualquier composición similar de David B. -y la comparación es pertinente porque Satrapi misma se pone a los pies de los caballos- sólo sirve para poner de manifiesto la distancia abismal que separa a ambos como dibujantes. La imagen de la iraní carece de garra, no turba, principalmente porque está muy lejos de la sensibilidad enfermiza de la personalidad artística de David B. —porque no tengo ni idea de cómo será como persona, hago la precisión—. Es una impostura vacía, que no tiene función narrativa, que está por estar, que no pega con el resto de la página ni del tono de la historia.

Habrá quien pueda disfrutar de lo que cuenta Marjane Satrapi a pesar del dibujo, a quien no le moleste o incluso le parezca que es adecuado que no “estorbe”. A mí, lo siento, en no pocas ocasiones me ha sacado del tebeo la torpeza patente en muchas páginas.

Lo cual no impide, como dije, que reconozca el valor de lo que se cuenta. La historia de Satrapi es, hasta cierto punto, interesante. No impacta tanto ni se clava en las tripas como Maus o El arte de volar, pero eso no está al alcance de todos los autores, claro. También tengo que decir que yo ya conocía la historia, porque vi hace meses la película, que cuenta prácticamente lo mismo —es una traslación casi literal—, y eso rebaja el impacto. Pero aún así, veo varios problemas, de nuevo, no en el qué sino en el cómo.

Satrapi tiene aciertos, como por ejemplo mantener casi siempre un tono ligero, sin caer en el tremendismo ni en la ñoñería, lo cual es de agradecer. Pero por otro lado, comete torpezas narrativas propias de una principiante. Por ejemplo, con el narrador. Es en primera persona, y se supone que pertenece a la Satrapi actual, pero cuando empieza el cómic siendo ella niña, habla de una manera infantil que no cuadra con la adulta que es el presente. Posteriormente la voz va cambiando, pero siempre conserva una simplicidad que no termina de funcionar ni de ajustarse a lo que se cuenta. Por otro lado, toda la historia se expone en términos muy maniqueos. Los barbudos son muy malos y su familia es muy buena. Es una historia complaciente, hecha siempre teniendo en cuenta que sus familiares van a leerla. Ella es demasiado “heroína”, a pesar de que no oculte ciertos errores de su vida, pero sobre todo las figuras de su abuela y de su padre están idealizadas de manera completamente inverosímil. Y me da igual que lo que se cuente sea verdad; la verdad está muy sobrevalorada en el arte. No hay crítica ni reflexión en la relación con su familia, sólo indulgencia y admiración sin límites. Compárese con el cuestionamiento constante y la manera en que se ponen patas arriba las historias familiares en las ya citadas Maus, La ascensión del Gran Mal o El arte de volar: no hay color. Estas obras son adultas en su reflexión, incómodas cuando tienen que serlo, y sus autores no eluden aspectos complicados de sus progenitores. Son por ello, en este aspecto, infinitamente más valiosas.

Por lo demás, es interesante ver cómo fue su vida en Irán, aunque en el aspecto político e histórico se quede un poco corta. No se mencionan apenas nombres propios, y además las explicaciones de este tipo están mal encajadas: cuando necesita contar algo, la acción se para y algún personaje suelta el rollo, lo que me parece algo torpón. Curiosamente, casi me interesa más el tercer tomo, el que cuenta sus años en Austria, que supone un relato de adolescencia nihilista algo típico pero aún así interesante por cómo Satrapi percibe, ya adulta, toda aquella época.

Por ir acabando, al final creo que el principal problema de Persépolis es que es una obra tan ambiciosa que rebasa ampliamente el talento de Satrapi, que tampoco se ha preocupado demasiado por los aspectos formales de su tebeo. Y ahí está el error. Porque si lo único que vale es el texto en sí, lo que se cuenta, entonces no estamos ante un buen cómic. Lo que en él se cuenta sería válido en cualquier forma, y de hecho yo prefiero la película, no sólo porque cuente lo mismo de manera más ágil y con mucho mejor ritmo narrativo, sino porque como película de animación es mejor y más innovadora que el cómic como tal. Y aun con todo, entiendo su éxito y valoro que haya conseguido muchos lectores no acostumbrados a leer cómic, pero también creo que ese éxito no se debe a su valor artístico, y que si a ese público no acostumbrado a los tebeos no le molesta la bisoñez de Satrapi no es porque ésta no sea tal, sino por los mismos motivos que obras literarias mediocres como No sin mi hija —por no alejarme de la temática— o El niño del pijama de rayas triunfaron en su momento: porque el público está ávido de cierto tipo de historias y la calidad nunca ha sido, ni de lejos, un factor determinante. Tampoco quiero comparar Persépolis con estas novelas; no es tan mala. No voy a decir que sea un truño, ni mucho menos. Pero que no es ni por asomo la obra maestra que algunos ven, y que lo que se cuenta se podría haber contado mucho mejor, eso segurísimo.

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One thought on “Persépolis, de Marjane Satrapi.

  1. Se el primero en decir me gusta

    Creo que a la gente no le gusto tu opinión y también creo saber porque, el problema con esta es que exagera en muchos ámbitos y utiliza palabras que aunque no estén incorrectas, es verdad que hay palabras que expresan mejor lo que quieres decir sin tener que sonar tan complicadas o poco conocidas y supongo que también es poco entusiasmarte leer una opinión que considera muchos factores que una novela gráfica como Persepolis no tiene bien pulidos y tachar a esta de mediocre y demás,Persepolis no plantea una critica social, eso solo lo diría alguien que mientras lo leía se salto a la ultima pagina solo para analizarla o que únicamente vio el trailer de la película, no es algo de ignorantes pero aunque esta planteara eso no seria algo realmente relevante.
    Algo que realmente no me gusto de la critica es que hablaste de la autora como si Persepolis fue solo suerte, ya que sus otros libros o cuentos no fueron tan aclamados, lo cual considero ademas de inecesario un cuarto de verdad.
    En fin que a nadie le gusto tu opinion
    Youropinionisshitshitshit.gif

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