Sky Hawk, de Jiro Taniguchi.

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Cualquier novedad que lleve el nombre de Jiro Taniguchi en la cubierta merece, al menos, que se le eche un vistazo. Incluso aunque sea una obra que en principio se intuye menor dentro de su ingente producción como era el caso, creo, de Sky Hawk.

¿Taniguchi haciendo un western? Pues suena raro, pero sí. Y es bastante sorprendente, para bien, leer el texto del propio autor y descubrir que en un mercado que siempre pensamos que es muy hermético como es el japonés, el joven Taniguchi pudo leer Comanche, Blueberry y otros cómics europeos que le descubrieron el género. Y sorprende también que a todo un Taniguchi le pusieran trabas los editores para publicar Sky Hawk porque pensaban que no gustaría a los japoneses, lo cual dice mucho de cómo funciona el mundo editorial nipón.

Volviendo al cómic en sí, su premisa es bastante atractiva: Taniguchi dibujando naturaleza y animales ya vale por sí solo el precio del tebeo. Además, la historia engancha: dos japoneses a finales del siglo XIX exiliados en el salvaje oeste. Mola ver katanas contra revólveres, y además Taniguchi lo trata de una manera que no resulta excesivamente flipada, porque se concentra en el choque cultural y en lo que tienen en común las ideologías de los sioux y los dos samurais. Y aquí es donde empiezan los problemas de Sky Hawk.

Porque Taniguchi reproduce una visión de los nativos americanos terriblemente estereotipada y edulcorada, y los presenta como espíritus libres y puros en comunión con la madre tierra, y demás tópicos que la Nueva Era y Hollywood han asentado en el imaginario colectivo. Es, aunque suene feo el término, racismo inverso. Si en el cine de los años 40 y 50 los indios eran poco más que orcos, a partir de Flecha rota y sobre todo de Un hombre llamado Caballo en los setenta, nos vamos yendo al otro extremo, hasta llegar a ese pastelazo que es Bailando con lobos. En las ficciones de esta índole se hace al indio portador de todos los valores positivos y se convierte al hombre blanco en un villano sin escrúpulos que se aprovecha del indio.

Tampoco quiero que se piense que estoy defendiendo el papel de los colonos en la conquista americana. Es evidente que se comportaron como auténticos cabrones. Es rigurosamente cierto que rompieron sistemáticamente todos los tratados firmados con las tribus, que se aprovecharon de las diferencias culturales para engañarlos, y que la masacre de búfalos difícilmente encuentra igual en la historia de la humanidad. Pero, hombre, digo yo que los indios también tendrían sus cosas. Siempre he pensado que esa idealización acaba siendo tan perjudicial para cualquier etnia como el racismo puro y duro. Los indios podían ser muy cabrones. Para empezar, entre las diferentes tribus se hacían de todo. Y muchos, muchísimos, traicionaron a los suyos por cuatro perras. Y los que siguieron luchando hasta el final, Caballo Loco o Toro Sentado —ambos aparecen en Sky Hawk— eran más brutos que un arado, y se excedieron en su violencia tanto como pudieron, que fue menos que lo que pudieron los blancos, pero ahí está. Negarlo no es honrado, ni es necesario para reivindicar los derechos de los indios y exponer las barrabasadas de los colonos en su población del oeste.

Todo este rollo para decir al final que esa visión del indio me ha fastidiado un poco la lectura de Sky Hawk. Cuando Taniguchi se contagia de todos esos tópicos y del misticismo de todo a cien y muestra a los indios como santos varones sin mácula, como si del buen salvaje de Rousseau se trataran, el tebeo se me cae de las manos. Caballo Loco es absolutamente bueno y Custer es absolutamente malo: es un maniqueísmo irritante y sorprendente en un autor que ha demostrado bastantes veces que sabe moverse en los grises morales. Hasta los Crow, los indios “malos” que aparecen, tienen un férreo código de honor que los convierte en superiores morales de unos occidentales que no tienen reparos en utilizar cualquier medio para conseguir sus fines.

Ahora bien, cuando Taniguchi se olvida de eso y se entrega a la pura aventura, la cosa remonta. Sky Hawk tiene tramos muy emocionantes, que mantienen enganchado al lector a través de dos personajes muy carismáticos: Hikozaburo y Manzo, o lo que es lo mismo, Halcón del Cielo y Lobo del Viento. Hay escenas de acción espectaculares y narrativamente perfectas, como por ejemplo la emboscada de los Crow a los dos protagonistas, o el intenso clímax. Desde un punto de vista romántico, además, siempre es triste leer historias de resistencia inútil como ésta.

Pero el resultado final queda irremediablemente lastrado por esa simplicidad moral que resulta, a poco que uno se haya molestado un poco en indagar en las verdades históricas y no en las ficciones amables, intolerable. Es una cuestión personal, en todo caso. Me resulta mucho más meritorio un western que empieza a recorrer el camino inverso, como Lance, de Warren Tufts, que en plenos cincuenta se atrevía a mostrar a los indios como algo más que salvajes descontrolados que se lanzaban aullando contra las caravanas de los colonos. Pese a todo, el lector al que todo esto no le suponga un problema, o el que sepa olvidarse de él, se encontrará con un buen cómic de aventuras de un Taniguchi que, como dibujante, es cada vez mejor. Y qué demonios, que si no le perdono a él un borrón, no se lo perdono a nadie.

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