El invierno del dibujante, de Paco Roca.

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Había muchas ganas de leer El invierno del dibujante, el nuevo cómic de Paco Roca, por su tema, pero también porque el autor lleva años siendo uno de los nombres a tener siempre en cuenta. Y también porque aunque Arrugas y Las calles de arena me parecen dos tebeos excelentes, siempre he pensado, y así lo dije por aquí cuando comenté su anterior cómic, que la gran obra de Paco Roca estaba por llegar. Y El invierno del dibujante tenía muchos números para serlo, por su temática, por el momento de madurez de Roca, y también por la expectación que estaba generando. Bien, vayamos por partes, como (no) dijo Jack.

La historia que cuenta El invierno del dibujante es una historia que había que contar. La aventura de los dibujantes rebeldes que quisieron plantar cara al imperio Bruguera con su propia revista, que yo tuve la enorme suerte de conocer por primera vez en boca de Toni Guiral, no es sólo altamente literaturizable, sino que también supone uno de los episodios más importantes de la historia de la historieta española. La obra de Roca viene a ser el punto culminante de una labor de recuperación y reivindicación de esa historia que se ha ido llevando a cabo en los últimos años con la edición de varios libros teóricos —la mayoría del mencionado Guiral—, el coleccionable de RBA o el estreno de El gran Vázquez —que todavía no he podido ver—, y ese punto debía ser un tebeo, claro. En este aspecto, labor impecable la de Roca. El invierno del dibujante huele a amor por el tebeo y pasión por su historia. Roca se sacude el peligro de caer en el documental lineal y neutro simplemente no renunciando al lado emocional de lo que cuenta, tomando partido, interpretando los hechos como debe hacer el que construye una ficción —y ésta lo es—. En cada detalle de una ambientación trabajadísima, en cada anécdota, se deja ver lo importante que ha sido este tebeo para su autor. El lector se ve sumergido irremediablemente en esa España triste y gris de fracasos y miserias, de esperanzas truncadas y hombres con talento obligados a ser esclavos por el sistema. El ambiente permanentemente lluvioso y el acertado coloreado, que potencia el gran dibujo de Roca y su narrativa limpia y sin excesivas piruetas, envuelve todo con un tono de nostalgia genuina. La estructura que adopta, llena de saltos temporales, recalcados por otro gran acierto, el diferente color de las páginas de cada capítulo, renuncia a que la incógnita del final de la historia desvíe la atención hacia lo que realmente importa, ya que el cómic se inicia con la vuelta de los autores rebeldes. El retrato de los Vázquez, Conti, Mora, Cifré, Peñarroya o Escobar es, según los que saben, certero y apropiado, y protagonizan escenas excelentes, como la partida de cartas de la que Vázquez se va tras pagar su deuda de juego con dinero de la cartera de Conti.

Ahora bien, siendo un gran cómic, que creo que lo es, le veo ciertos problemas, casi todos relacionados más con lo que podría haber sido que con lo que es El invierno del dibujante. El primero sin embargo es una cuestión de estilo y de adecuación del lenguaje: hay algunas veces en las que las referencias a la época o la forma de hablar de los personajes chirría. Las alusiones a series de televisión o películas del momento son a veces forzadas, se perciben un poco como metidas con calzador. Y el lenguaje coloquial en alguna ocasión también vacila, le falta el punto de verosimilitud que tiene, por ejemplo, en la obra de Carlos Giménez, aunque es justo decir que la gran mayoría de diálogos están muy logrados.

Otra cuestión está relacionada con los personajes. Demasiados para tan pocas páginas. Todos piden a gritos más desarrollo, más escenas. Algunos simplemente pasan por ahí porque Roca, enamorado de lo que cuenta —y por eso se le perdona hasta cierto punto— no quiere dejar sin dibujar a tal o cual autor, sin contar esa anécdota tal vez hinchada por el paso de los años, pero que forma parte de la mitología del tebeo español. Pero yo habría agradecido más páginas, habría quedado una historia más desahogada y los personajes habrían tenido un lugar más cómodo. El problema es que esto, creo, convierte El invierno del dibujante en un cómic para iniciados. Me cuesta imaginarme al lector ocasional que disfrutó Arrugas siguiendo sin perderse esta historia, sin liarse con los dibujantes y percibiendo claramente quién es quién, diferenciándolos, a pesar del apartado final con una breve nota biográfica de cada uno. De la misma forma, el funcionamiento del mundo editorial no sé si queda claro o se dan demasiadas cosas por supuestas. Ojalá me equivoque, en todo caso; el gran mérito de Roca sería interesar al gran público por la gran historia detrás de su tebeo, que fuera capaz de entender sus códigos y que, realmente, no hiciera falta en el futuro explicar qué era Bruguera, o El Gato Negro, o Pulgarcito.

Otra cuestión que desgraciadamente va unida a El invierno del dibujante desde que salió a la venta son los errores de la edición. Tengo a Astiberri por una de las mejores editoriales españolas, y por eso jode tanto encontrarse con las diez últimas páginas del tebeo en baja resolución, varios bocadillos con el texto intercambiado y una errata gorda como ese “Bahamontes” del apellido del dictador con voz de pajarito, que escribía Shigeru Mizuki. Espero que no se haga esperar una segunda edición que subsane todo esto: la obra lo merece.

Me temo que seguimos esperando la gran obra de Paco Roca. Lo cual no deja de ser una buena noticia, porque por el camino va sembrando cómics excepcionales como éste, que a mí, pese a las pegas que le pongo, me ha encantado. Porque es necesario, sí, pero también porque cuenta una historia sin maniqueísmos, donde no hay héroes ni villanos, sino seres humanos con sus luces y sus sombras, y sobre todo una sociedad que condenaba el genio y encumbraba la mediocridad.

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