Kitaro, de Shigeru Mizuki.

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Éste ha sido el año de Shigeru Mizuki en España, sin duda alguna. Tras la publicación de Hitler por parte de Glénat el año pasado, en 2010 ha sido Astiberri la editorial que se ha hecho con los derechos de sus obras más relevantes. Otra cuestión es, como siempre, si no sería más conveniente dosificar un poco los lanzamientos, aunque en este caso la obra del autor es tan amplia que, si cala en nuestro mercado, tenemos Mizuki para rato.

En esta ocasión ha sido el turno de la serie más larga y popular entre los japoneses del veterano dibujante: Kitaro. Historias cortas protagonizadas por el pequeño Kitaro, un niño hijo de fantasmas que vaga por Japón resolviendo casos relacionados con crituras mitológicas de todo tipo. Su dibujo, como siempre, aunque tarde en entrar por los ojos es soberbio, con esa mezcla tan suya de personajes caricaturescos y entornos realistas y muy detallados. Pero en cuanto a las historias en sí, tengo que decir que me ha parecido inferior a NonNonBa y sobre todo a Operación: Muerte, sin duda uno de los mejores cómics publicados este año acá. Empieza muy bien, con el siniestro origen de Kitaro, pero después creo que la estructura típica de serie abierta manga obliga a desarrollar los episodios de manera independiente, como simples peripecias sin conexión. Es una primera impresión, claro; El lobo solitario y su cachorro, por ejemplo, empieza igual y después sí existe una trama que se desarrolla poco a poco y que lleva la serie a cotas de obra maestra.

Como historias cortas, hay de todo. Algunas rozan el absurdo —en el buen sentido—, otras son excesivamente simples, como La mano o Camino al infierno. Sin embargo, la cuarta historia, El ermitaño de los gatos, ya supone un salto cualitativo. Quizás también es que se tarda en entrar en la propuesta de Mizuki. Sea como fuere, la cuestión es que cuando uno llega a la última historia, La gran guerra de los monstruos, lo hace ya completamente entregado a la sensibilidad retorcida de Mizuki, que presenta unos espíritus realmente perturbadores —el ojo entrecerrado del espíritu del árbol de la historia previa a ésta— y propone un mundo en el que todos los monstruos existen y pueden encontrarse, aunque recurra sobre todo al riquísimo folclore japonés. Sin ir más lejos, en esa gran guerra se enfrentan los seres orientales, reclutados por Kitaro mediante un anuncio en el periódico —simplemente genial—, y los occidentales, entre los que están Drácula o el monstruo de Frankenstein.

Así que aunque sea una serie irregular y lejos de las obras anteriormente publicadas, que se benefician de una estructura cerrada fruto de una intención concreta por parte de Mizuki a la hora de contar una historia y no de la necesidad de entregar cada semana una diferente, seguiré leyendo Kitaro. Porque es muy divertido, pero también porque promete mejorar cada vez más, y el techo de Mizuki está muy, muy alto.

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