Strange Suspense, de Steve Ditko.

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Steve Ditko es un monstruo. Un autor único, con un estilo único, difícilmente clasificable o insertable en tal o cual corriente. Por carácter, ideología y comportamiento siempre ha sido un outsider, un autor casi subversivo. Junto a Stan Lee, creó al primer superhéroe posmoderno: Spider-man. Llegó a la cumbre de su talento relativamente pronto, se quedó desfasado mucho más que otros maestros contemporáneos suyos, y hoy permanece tan retirado que es difícil encontrar noticias sobre él o incluso alguna fotografía reciente. Recuerdo que cuando leí por primera vez sus The Amazing Spider-man, siendo un chaval, me pareció horriblemente desfasado, antiguo; Neal Adams, John Romita o Joe Kubert, por poner tres ejemplos, en la medida en que su influencia puede rastrearse hasta los autores del género superheroico actuales, son mucho menos chocantes para el lector, más sofisticados y afines a las estéticas contemporáneas. Pero Ditko, cuando se sabe apreciar, esconde algo que no tiene ningún otro dibujante, una capacidad narrativa sobresaliente, y una habilidad para combinar elementos aparentemente disonantes; magia y tecnología, humor y drama, costumbrismo y épica. Es no sólo un autor a descubrir, sino uno a revindicar, aunque él mismo no tenga excesivo interés en hacerlo.

Por eso creo que pocas noticias han sido mejores en este año editorial que se acaba ya mismo que la publicación por parte de Diábolo del primer volumen de Strange Suspense¸ la antología que recoge el trabajo de Ditko previo a su colaboración con Lee en Marvel. Son historias increíbles. No se trata de que sean mejores o peores; este material está más allá del bien y del mal. Son un torrente incontenible de talento e imaginación que desborda las limitaciones de espacio que imponía el formato de revistas como The Thing, Suspense Stories o Haunted, publicadas todas ellas por Charlton. Es un material crudo, en todos los sentidos, que sumerge al lector en un universo alucinado, que prácticamente preludia la psicodelia. Las torpezas narrativas, lo repetitivo de las propuestas, o lo desfasado de algunas historias vistas con la óptica actual son lo de menos; lo genial es poder observar página a página el crecimiento de un autor, cómo Ditko se va convirtiendo en Ditko a través de las páginas de estas historias que recorren toda la panoplia de géneros que había en los cómics en una época en la que los superhéroes estaban prácticamente hibernando: principalmente misterio, terror y crímenes, pero también alguna muestra desconcertante de historias románticas, de ciencia ficción, del oeste e incluso humorística. En todas ellas, Ditko rompe los esquemas de la época con una visión despiadada del ser humano, con personajes ruines, carentes de cualquier valor, e inmersos en situaciones alucinantes, donde la violencia está siempre presente y los finales, a veces cruelmente irónicos y a veces sorprendentes, con giros inverosímiles, suelen castigar a todos los implicados. Lo abigarrado de las páginas, llenas de pequeñas viñetas y textos profusos, refuerza la sensación de agobio constante que se siente al leer estas historias, que son el epítome de lo pulp: exageración, personajes hiperbólicos, situaciones tremebundas. Todo, en el dibujo de Ditko, se potencia: los rostros extrañísimos de sus personajes, con muecas imposibles, con rasgos animalescos, son propios de una pesadilla. Y no es que dé miedo, a estas alturas; todo lo más, alguna imagen da un poco de repelús. Pero existe una sensación constante de extrañeza, como si estas historias desbocadas y excesivas transcurrieran en otro universo con otras reglas. Sus perversiones de cuentos clásicos —Cenicienta y Rumpelstinskin—, sus historias de demonios y magia, sus tremendistas relatos de maridos y mujeres infieles y asesinos, el sarcasmo del narrador, el erotismo enfermizo y soterrado, dibujan un escenario tan amoral y perturbador, a la par que morboso, que comprendo, que no comparto, que en su momento hubiera alarma por la lectura de este tipo de material por parte de los niños.

Es un motivo más para acercarse a esta antología: estas historias fueron publicadas justo antes de la creación de la Comic Code Authority, y aunque la Charlton no sufrió tanto como EC Comics con la censura, tuvo que cambiar radicalmente todas sus cabeceras para ofrecer otros productos, que supongo que podremos ver en futuras entregas de Los archivos de Steve Ditko.

Pero este primer tomo será siempre en el que podremos encontrar a un Ditko sin censura, desatado y extraño, con sus rostros sudorosos, sus ojos desorbitados, su sangre manchándolo todo, roja como nunca más lo sería en los comic-books hasta hace muy poco. En esto, por cierto, tiene mucho que ver el color. Considero un enorme acierto haber reproducido la cuatricomía tal cual, sin “restauraciones” ni cosas raras que ya puede verse en cualquier reedición de Marvel cómo quedan. Porque más allá de reproducir tanto como es posible la experiencia lectora tal y como se produjo en los cincuenta, el color de puntitos y “desgastado” es un elemento narrativo más, que se usa para crear ambientes concretos y conseguir efectos determinados. Sí, es malo y limitado, pero los encargados de aplicarlo conocían esas limitaciones y las usaban con mucha inteligencia; me vienen a la cabeza, por ejemplo, esos rostros coloreados de rojo, verde o azul, absolutos, sin gradaciones, o los fondos coloreados de un solo tono, por no hablar del sabio uso del negro.

En fin, una verdadera maravilla. La excelente edición de Diábolo —especialmente me ha sorprendido la traducción— puede ser un poco cara, pero prefiero pagar un precio algo elevado y así asegurar que en el futuro haya más Ditko, porque lamentablemente no creo que sea un autor con un mercado muy amplio en nuestro país. Quienes se acerquen a él a través de Strange Suspense no encontrarán obras maestras, pero sí diversión y extravagancia escritas y dibujadas sin un ápice de tibieza, con una autenticidad que quizá hoy se ha perdido, lo que explica, en parte, que Steve Ditko sea hoy el gran marginado de la Edad de Plata. Estamos a tiempo de acabar con esa injusticia.

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