Predicador, de Garth Ennis y Steve Dillon.

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Hoy he terminado de leer, años después de que finalizara, Predicador, la serie de Garth Ennis y Steve Dillon que para muchos es una de las mejores que dio el cómic americano en los años noventa. A mí, lo voy a decir sin rodeos, no me ha gustado nada.

La idea de partida no es mala. Tal vez por eso los primeros números sean los mejores. Un predicador que obtiene el don de la Palabra, con el que puede obligar a cualquiera a hacer cualquier cosa, y que decide ir en busca del dios católico para cantarle las cuarenta. El problema es que eso no es más que una excusa para otra cosa: Predicador no es más que el juguete de Ennis, que nos mete por los ojos y las orejas su ideología en cada página, ideología que, francamente, me parece bastante deleznable. Y además la manera en la que lo hace es, por decirlo suavemente, torpe.

Porque los valores de Jesse Custer no se cuestionan nunca, y se hacen evidentes en cada una de las conversaciones. La acción se para y sin venir a cuento Ennis nos lee la cartilla sobre tal o cual tema. No hay crítica, sino glorificación. No vamos a decir que Ennis es ultraconservador, porque no es eso. Pero está fascinado por la cultura americana y sus valores tradicionales a un nivel más allá de lo tolerable por cualquier persona con afán crítico. Y así, nos presenta un mundo en blanco y negro, totalmente maniqueo, en el que los hombres son duros, beben y fuman —todos, sin excepción—, y por supuesto tienen armas, que para algo está la segunda enmienda. Cazan, escuchan country y le abren la puerta a las señoras. Los franceses son gilipollas afectados y todo lo moderno es una mierda. Oír hablar a Custer y Cassidy es como escuchar a dos abuelos quejándose de la comida étnica y de los piercings, y de que las cosas ya no son como eran. Todo es como en un western de los años cincuenta protagonizado por ese John Wayne que habla con Custer —uno de los recursos más absurdos de la serie, por cierto—, y aunque haya cierta crítica social, nunca se cuestiona el fondo de la cuestión. Esos valores son puestos, como decía, continuamente en boca de Custer, que se gana el sueldo de predicador no callándose ni debajo del agua. Y no está prohibido, ni es malo, que un guionista tenga ideología, ni mucho menos. Ni me molesta que la que tenga esté alejada de la mía: admiro la obra de muchísimos autores con los que políticamente no comparto nada. El problema en Predicador reside en la manera tan torpe y obvia en la que Ennis trata todo. Es infantil. Custer y todos los personajes que comparten su ideología son presentados de manera ideal, son dignos, tienen buen porte, mirada noble. Los que no lo hacen, son ridiculizados y convertidos en fantoches o freaks de medio pelo, con discursos tópicos y pensados siempre para que ensombrezcan al héroe.

Ésa es otra claro: nadie, nunca, plantea una alternativa seria a los valores del protagonista. Custer siempre tiene razón, y o compartes su visión o eres retrasado y probablemente acabes atravesando un cristal. No es que Custer sea un personaje adolescente; es que es directamente infantil. Jesse Custer es el mejor y el más duro y el más listo y el más guapo y nunca se equivoca. Y termina por irritar un tío tan insoportablemente chulo, sin nadie que le sirva de réplica, sin un solo punto débil, sin cuestionamiento. Pues como cualquier superhéroe, pensará alguno. Y se equivocará: puedo asegurar que no hay hoy en día ningún superhéroe tan insoportablemente perfecto como Custer, ni siquiera Superman. Y aunque sí los hay tan unidimensionales, la cuestión aquí es que Predicador se vendió como otra cosa, como una serie adulta, realista. Luego vuelvo sobre eso.

Antes, rematemos la cuestión ideológica diciendo que me parece, probablemente, una de las series más reaccionarias que he leído, y probablemente la más machista. En su contexto histórico, claro, no es cuestión de compararla con tebeos de los años cincuenta, pero sí puedo decir que por ejemplo Harold Foster presentaba personajes femeninos más “liberados” que los de Ennis. El predicador, por mucho feminismo que haya leído, no puede esconder sus colores. Más bien suena a coartada por parte de su creador para no levantar suspicacias. Pero sí, el rollito del caballero protector, tan americano, está siempre presente. Y presentado como la conducta correcta en tanto que es la que exhibe el héroe masculino, nunca cuestionado por ningún personaje en este punto. Y que nadie me venga con Tulip, su novia, tan frecuentemente puesta como ejemplo de personaje femenino “complejo” y “moderno”: en ella está buena parte del problema. Porque por mucho que Tulip se rebele contra el machismo de Custer, en el fondo le gusta y es lo que busca, y así lo dice muchas veces: “No cambies nunca”. Porque en el fondo soy una mujer y necesito a un hombre a mi lado. Las concesiones de Custer en materia de género son eso: concesiones. No derechos inherentes. Sí, vale, deja de ponerte pesada con esa mierda de la liberación, venga, va, eres libre para hacer lo que quieras. Ahora, a las primeras de cambio, decido por ti y hacemos lo que yo digo, porque tengo que protegerte, dado que soy el hombre, el fuerte, el líder. Tulip, por muchos tiros que pegue, necesita a Custer. Cuando cree que lo ha perdido, se hunde y cae en brazos de otro hombre que le diga lo que tiene que hacer. En cambio, cuando Custer cree que su historia se ha acabado, aunque le afecta, es capaz de seguir con su vida sin problemas. Y cuando Tulip se sacude el yugo, es decir, cuando Ennis cree que está escribiendo un personaje femenino fuerte e independiente, lo que hace es remedar actitudes masculinas: para demostrar que no necesita a los hombres, se comporta como ellos. Se emborracha, fuma como un camionero, y dispara como mejor forma de solucionar los problemas. No se me ocurre nada más machista que eso. Tiene que ser más macho que el macho alfa, pero al final de la serie, cuando Custer y ella se alejan a caballo por el horizonte como en un western, Tulip es la que va detrás, abrazada a él con los ojos cerrados y sonriendo, mientras él mantiene la pose de tío duro.

No hablemos ya del pecado terrible de Cassidy, dicho por él mismo: haber pegado a una mujer. Un vampiro que ha matado a decenas, que es violento y descontrolado —exactamente igual que Custer—, considera que lo único verdaderamente malo que ha hecho es romper no sé qué “Regla” cuando ha pegado a una mujer. Custer está de acuerdo. Me parece pura basura. Es dar por sentado que es peor pegar a una mujer que a un hombre porque ésta es un ser delicado que no puede defenderse. Por no hablar de los “nena”, “chica” y “cariño” que suelta el predicador cada dos por tres, o sentencias tan hostiables como “Diablos, cómo es que hacer lo correcto y disparar recto es tan fácil menos cuando tratas con mujeres”.

Pero, de acuerdo, dejemos de lado las cuestiones ideológicas, que pesarán más o menos dependiendo del lector. ¿Qué queda? Pues queda una premisa, como decía, prometedora, pero cuyo desarrollo es completamente fallido. Es que casi no existe: la trama principal del enfrentamiento de Custer y el dios prácticamente deja de avanzar hasta su resolución desde el número 20 más o menos, esa resolución, por cierto, flojísima, criticada incluso por los más entusiastas de la serie, un bluf absoluto con un par de resurrecciones incomprensibles y un final feliz al uso bastante forzado. Por el camino, Ennis evidencia una y otra vez que va a la deriva, que todo es una excusa para vendernos unos valores determinados y hacer el gamberro, todo lleno de cháchara y rodeos para que la serie alcance los sesenta y seis números. La subtrama de Caraculo es absurda y no tiene ningún peso, algunas de las historias que van apareciendo, como el regreso a Salvation y el reencuentro con su madre, están metidas con calzador. Se ha alabado siempre el tratamiento de los personajes y las conversaciones de Predicador; sobre lo primero, diré que no son más que estereotipos. Y más allá de los tres personajes principales y alguno más, todos sin excepción son meras caricaturas convenientes para hacer la gracia de turno o glorificar más aún a Custer por contraste. Sobre lo segundo, bueno, entiendo que en su momento el lector acostumbrado únicamente a los superhéroes se sorprendiera de que en un tebeo los personajes simplemente charlaran, pero… buf. Es que siempre dicen lo mismo. Suelen ser conversaciones interminables en las que siempre se gira alrededor de los mismos temas, una y otra vez. La primera vez que Cassidy y Custer hablan durante veinte páginas en la barra de un bar puede tener su gracia, pero a la décima, pierde bastante. Y más cuando, como digo, todo es pura propaganda. No hablan “de la vida”: hablan siempre de lo mismo. América por aquí, América por allá, las mujeres son esto o lo otro, dónde están los viejos valores, hostia, tío, eres mi mejor amigo y no te fallaré nunca. Lo mismo puede decirse de las reiterativas conversaciones de cama de Tulip y Custer, que siempre acaban igual. Y bueno, cada uno puede tener su opinión y su sensibilidad para estas cosas, pero a mí las cursiladas que se dicen me parecen cualquier cosa menos realistas o bonitas. De nuevo, entiendo que cierto tipo de lector estas conversaciones le parezcan novedosas, pero, vamos, si cogemos no ya obras como Píldoras azules o cualquiera de los Hernández Bros, sino Strangers in Paradise, que tampoco es que sea una obra maestra, pero que en este aspecto aventaja en mucho a Predicador, supongo que ya alcazamos el éxtasis. Hay escenas torpísimas, metidas con calzador simplemente porque a Ennis le hace gracia o se niega a envainarse su opinión aunque fuera por una vez: pienso, por ejemplo, en cuando Custer usa la Palabra para fastidiar a dos invitados en un programa radiofónico, o en las páginas que le dedica a un cómico de stand up comedy que se ve que le gustaba. Los flashback del padre de Custer, un par de ellos, son típicas historias de Vietnam de qué dura es la guerra, qué malos los políticos y qué buenos los soldados. Los “villanos” son todos ridículos, especialmente Starr. Salvemos, de acuerdo, al Santo de los Asesinos, que aunque es topiquísimo al menos tiene dignidad.

Puede que Predicador se venda como una serie de personajes, relaciones humanas, y exaltación del amor y la camaradería; yo veo, más bien, que esos elementos reciben un tratamiento puramente superficial y reaccionario, con situaciones forzadas e irreales —toda la cuestión del enamoramiento de Cassidy con Tulip y las reacciones de todos los implicados son directamente absurdas— y que, en fin, aquí de lo que se trata es de epatar y soltar tantas burradas como sean posibles con tal de escandalizar al americano medio. Uh, qué fuerte, tío, que llama cabrón a Dios. Muchos tacos, mucha casquería gratuita —hasta las armas de pequeño calibre revientan miembros con una facilidad pasmosa, cualquier golpe de Custer provoca un chorro de sangre, como mínimo—, mucha (supuesta) depravación sexual, y una fijación patológica con la castración es lo que podemos encontrar en cada tebeo, tanto que satura y cansa. A mí, por lo menos. Esto es lo que nunca debería entender como cómic adulto. Me parece cualquier cosa menos transgresor. Es un cómic gamberro, para asustar a las abuelas, pero al final no cuestiona nada, no remueve la conciencia, sólo el estómago —y no nos engañemos: hay cosas infinitamente más brutas que Predicador—, que lejos de ser subversivo, en realidad es tremendamente conservador. Y si alguien le parece subversivo, no sé qué pensará al leer, por ejemplo, a Robert Crumb.

No tendría nada de malo, en todo caso, que fuera un cómic gamberro para pasar el rato, el que pueda, que a mí me aburre soberanamente; el problema es, claro, que tiene pretensiones mucho más elevadas. Que pretende dar lecciones sobre la vida y contar una gran historia, el típico espejo de América que muchos otros han intentado antes que Ennis, y muchos lo han hecho mejor. Quizás por eso prefiera su Punisher, que sí es un tebeo de mero entretenimiento que no intenta ser trascendente y se contenta con divertir, aunque sea con humor de sal gorda. En Predicador queda demostrado, creo, que Garth Ennis no es guionista para empresas mayores que la pura gamberrada para adolescentes pasados de vueltas. Su Custer, lejos de ser un personaje memorable, es un tío insoportablemente perfecto, que siempre gana, que tumba a hostias a quien se le ponga por delante sin despeinarse, ya sean dos o doscientos, que hasta barre el suelo con Cassidy, al que se supone superfuerte, que no ha llorado en veinte años —es un macho, claro, y los machos no lloran—, que a partir de cierto momento se olvida de usar la Palabra, porque, claro, es una pesadilla para el guionista por su capacidad para reventar historias.

No puedo acabar sin dedicarle unas palabras a Dillon, el dibujante de toda la serie. Le concedo que domina la narrativa, sin estridencias, pero qué malo es. Tiene importantes carencias en cuestiones de anatomía —todos sus personajes están rígidos, como si tuvieran una lesión en la espalda—. Sus chicas tienen todas la misma cara, y los chicos casi. Sólo sabe dibujar tres expresiones faciales, que va intercalando sin más —esa expresión típica que todos conocemos de los ojos perdidos y la boca entreabierta, que hace parecer que el personaje dibujado tiene algún problema mental— Eso sí, le ríe las gracias a Ennis, dibujándole todas las burradas que le pide, aunque en ocasiones el efecto buscado no se consiga ni remotamente: pienso en la mujer de carne que se fabrica el zumbado de Salvation, que supuestamente tiene que provocar mucho asco, pero que con el dibujo limpio y neutro de Dillon deja completamente frío. Y mejor no hablo del perro que dibuja…

En fin, una serie a la que no le voy a negar su influencia en el mercado americano, sobre todo en el sello Vertigo, que entonces andaba huérfano tras el final de Sandman, pero que me parece mala, mala. Salvo, por los pelos, el segundo arco argumental, el de la familia de Custer, que tiene momentos inspirados y duros, y, sobre todo, el especial de Cassidy, una divertida sátira del vampiro romántico a lo Ann Rice. Pero si alguien busca historias de relaciones personales y conversaciones interminables, tiene mil cómics mejores a los que acudir. Si se trata de echarse unas risas y escandalizarse un rato, prefiero cosas más underground o incluso a Warren Ellis, que tampoco es que sea un maestro, pero que en cosas como Transmetropolitan me parece mucho más ácido y “peligroso” que Ennis, pura pose de enfant terrible, sin reflexión detrás ni verdadera rebeldía, ni mucho menos habilidad para contar decentemente una historia.

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One thought on “Predicador, de Garth Ennis y Steve Dillon.

  1. Enterate d una vez, el feminismo ha muerto.
    Solo queda el hembrismo y hay que enterrarlo por higiene, como se enterró el stalinismo y el nazismo.
    Eso es lo que hace ese artista (RIP) por eso esta obra PREDICADOR perdurará .

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