En la prisión, de Kazuichi Hanawa.

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Uno de los tebeos que más me ha gustado últimamente no es una novedad; se trata de En la prisión, de Kazuichi Hanawa, editado hace unos añitos ya por Ponent Mon.

La historia, autobiográfica, cuenta la estancia del autor en la cárcel cumpliendo una condena de tres años por tenencia de armas de fuego —no se andan con tonterías los japoneses con esto, no—. Y he flipado. No es que el cómic sea excepcional ni una obra maestra, pero es que el choque cultural es brutal.

Me explico: la vida en la cárcel japonesa —y hablamos de los años noventa— es completamente alienígena. Como visitar otro mundo. Es que no parece una cárcel, no al menos como nosotros la entendemos. A priori parece que en ella los presos viven y son tratados mejor… pero cuando uno va pasando páginas, se encuentra con un escenario absolutamente kafkiano, una pesadilla en la que la obsesión por el orden y la pulcritud de la sociedad japonesa se desata y alcanza cotas demenciales. Si se piensa, todo tiene sentido. Una cárcel así es justo lo que puede esperarse de Japón. Pero al principio a un occidental le cuesta —o al menos a mí me ha costado— aceptar que una cárcel sea así… El respeto absoluto entre guardias y presos, con una educación impoluta, todo lleno de “gracias” y “por favor”, las reverencias, la puntualidad patológica para cumplir las tareas más nimias… Da miedo, en serio. Todo movimiento está no sólo vigilado, como es normal, sino programado al milímetro. Ya digo, es la sociedad japonesa llevada al extremo. Los presos forman grupos y duermen en habitaciones compartidas, y ganan y pierden puntos que les dan acceso a privilegios, como si fuera un concurso de televisión. Pueden leer libros, dentro de un límite, y se les paga por el trabajo que realizan a diario, aunque el dinero sólo pueden gastarlo en artículos de una lista cerrada. Lo que les sobre se lo entregan cuando cumplen la pena. Y una diferencia importante con las cárceles de acá: no pueden fumar, lo que vuelve loco al autor, por cierto.

Mención aparte merecen las comidas. Es alucinante la variedad y cantidad de comida que les dan a los presos. Ante la prolija descripción que dibuja Hanawa, a más de un otaku de por aquí seguro que le gustaría que lo encerrasen en una cárcel japonesa. La comida, nada sorprendentemente, juega un papel fundamental en la vida de los presos y alrededor de ella gira buena parte de sus vidas.

Por si fuera poco, el dibujo de Hanawa, retorcido y enfermizo aunque sin llegar a los extremos de Hideshi Hino, contribuye todavía más al malestar del lector. Esas viñetas de presos comiendo, o la manera en la que representa su propio mono de nicotina, son de traca, y eso que tampoco es que sea un dibujante buenísimo; no le hace falta.

Una sorpresa, la verdad, porque aunque más de una vez había hojeado este manga, su estética y la sospecha de que sería un drama carcelario a la japonesa me habían echado para atrás. Gracias a la biblioteca he descubierto una pesadilla demencial de un autor a seguir, aunque sea de lejos, porque tiene pinta de estar rayadísimo.

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