Wilson, de Daniel Clowes.

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Mátenme: llevo toda la vida leyendo cómics y nunca había leído uno de Daniel Clowes. Cosas del presupuesto, claro, porque evidentemente ganas de descubrir a una de las figuras clave de la escena independiente americana no faltaban, así que, aprovechando el lanzamiento de Wilson y la buena reacción de la crítica, me dispuse a subsanar ese fallo imperdonable en mi formación.

Wilson, excelentemente editado por Random House/Mondadori, tiene el mérito de haber destacado incluso en la vorágine de grandes tebeos que ha atacado nuestros bolsillos en los dos o tres meses finales del ya difunto 2010. Es un cómic sólido e impecablemente construído por un autor que, efectivamente, merece todos los elogios que quieran hacérsele. Porque a través de un aparato formal aparentemente sencillo —sólo aparentemente—, es capaz de construir un personaje tremendo, fascinante y repulsivo a partes iguales.

Wilson consta de pequeñas historias de una página, dibujadas con diferentes estilos atendiendo al tono que Clowes quiere darles. Las historias ofrecen una falsa sensación de autocontención, ya que parecen páginas dominicales de una tira de prensa, en las que cada semana se contase un gag, una peripecia de Wilson con su particular filosofía de vida y su salida más o menos cómica al final. Pero es una sola historia, y como tal, creo, hay que entenderla. Clowes elige qué nos cuenta y qué saltos en el tiempo da —siempre adelante—, sin apenas dar información al lector. No hay textos de apoyo ni narrador. A Wilson lo tenemos que conocer por sus palabras y sus actos, y sobre todo, por sus relaciones con los seres que lo rodean: su perro, su padre, su ex mujer, una hija cuya existencia no conocía, una nueva pareja… Clowes nos mantiene siempre a distancia con un tono frío, que en una primera lectura a mí me ha sorprendido bastante porque quizá impide ver ciertas cosas. Hay que entrar en ese juego, al que supongo que es más fácil jugar si se conocen otras obras del autor, y entender la inexpresividad de los secundarios, la falta de empatía que todos se demuestran entre sí… Wilson vive y representa la más absoluta incomunicación, algo que lo emparenta con los personajes de Chris Ware, pero además es un individuo mezquino y egoísta, un patético ejemplo de ser humano cuya mayor fuerza como ficción es, precisamente, lo mucho que podemos reconocernos en él, para nuestro horror. Wilson, que empieza su historia en una edad madura indefinida, pero que debe de rondar la cuarentena, empieza cada página con las mejores intenciones, optimista, queriendo creer en la sociedad y en la bondad del ser humano, para, como si de un bipolar se tratase, dejar salir toda su mezquindad en un exabrupto final. Sus prejuicios, su incapacidad para vivir en sociedad, se contraponen siempre a sus intenciones, a ese mundo que él imagina y donde creo que está la clave para entender al personaje.

Porque Wilson, creo, se define sobre todo por el mundo que crea a su alrededor, un mundo en el que su mujer ha pasado un infierno de drogas y prostitución, en el que encuentra de nuevo a su hija y los tres forman una gran familia feliz, en el que él mismo es un triunfador y un hombre inteligente que no cae en las trampas sociales y conoce de verdad el alma humana. Pero es, en realidad, un hombre con perturbaciones serias, un inútil que busca desesperadamente el contacto humano, pero que sistemáticamente aparta de él a todo el mundo o que pretende que las cosas sean como no son simplemente porque él así lo quiere, aunque no esté dispuesto a cambiar para ello: por eso secuestra a su mujer y a su hija y pretende fingir que son felices los tres juntos. En no pocas ocasiones Wilson cae en la autocompasión y exige que ese estado de las cosas que tiene en su cabeza se haga real, de forma completamente inmadura. A veces, puede darse cuenta de sus errores, por ejemplo cuando reconoce que debería llamar a su padre, pero es incapaz de cambiar su forma de hacer las cosas. Sin embargo la mayor parte de las veces se reserva la sinceridad brutal y desagradable para los demás. Wilson recuerda de manera remota al doctor House: misántropo, sarcástico y radicalmente franco. Pero la gran diferencia está, claro, en que House es un genio y una eminencia en su profesión, mientras que Wilson es… nada de nada. Un perdedor que ha desaprovechado todas y cada una de sus oportunidades y que se niega a reconocerlo.

Con el paso de los años, tremendamente sutil e impreciso gracias a la estructura narrativa elegida por Clowes, al menos Wilson es capaz de aceptar lo patético que es y reclama, suplica más bien, un poco de cariño. Pero el final, las últimas ocho o diez páginas, son brutales: en el umbral de la vejez, su hija no lo quiere cerca, su nieto pasa de él, y vive una relación sin amor con la mujer que cuidaba a su perra, y el patético hombrecillo nos da, por primera vez, algo de pena. Hasta entonces, su egoísmo provocaba un rechazo visceral que impedía tenerle lástima. La última página, el críptico final en el que Wilson mira la lluvia caer y parece darse cuenta entonces de algo trascendental que por puro obvio se le había escapado —también lo busca, sin éxito, en su estancia en la cárcel— cierra de manera brillante la historia de su vida.

En una primera lectura, Wilson me pareció excesivamente ligero, sin peso narrativo. Un personaje cojonudo pero poco desarrollado, con una historia demasiado esbozada. Es culpa de la estructura sincopada en páginas cerradas, pero también de una elección consciente por parte del autor. Wilson hay que leerlo con atención, hay que releerlo, además. No puede leerse como una novela o esperar lo mismo que con una. Clowes no es nada explícito, no remarca las cosas ni hace especial énfasis en los elementos más importantes… Por eso es complicado interpretar este tebeo. Pero hay más chicha de la que parece, claro. Hay que saber interpretar y leer no sólo las palabras, los diálogos, sino también los hechos, lo que se narra, y cómo se conectan las cosas entre sí, más allá de lo obvio. Por ejemplo, cuando Wilson dice que hay que desconfiar de las mujeres que adoran a los animales —”Si te llevas bien con las personas, ¿por qué diablos necesitas rodearte de animales?”— en realidad está describiendo su propia persona… pero no es algo que se coja siempre en una primera lectura. La verdad es que una vez que se profundiza en Wilson, uno se encuentra con un personaje complejísimo, a la altura de los más memorables que podamos mencionar del cómic adulto contemporáneo, los Jimmy Corrigan, Rusty Brown, George Sprott o el autorretrato que practican autores como Trondheim o Eddie Campbell. Por eso mismo desconciertan tanto en ocasiones sus reacciones y comportamientos. Porque aunque parezca una obra sencilla, el retrato psicológico del protagonista es impecable, y alejado de cualquier arquetipo. Es la caricatura del outsider carismático, un espejo deformado en el que no podemos evitar vernos reflejados, en una u otra actitud.

En suma, un gran tebeo pero que, creo, hay que releer varias veces para sacarle todo el jugo, porque en una primera lectura sabe a poco. Tampoco voy a decir que sea de lo mejor que he leído nunca, pero desde luego, me hace maldecirme por no haberme acercado antes a Clowes, aunque todo tiene solución en esta vida.

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