La Java Bleue, de Joann Sfar.

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Siento una debilidad especial por la obra de Joann Sfar. Sí, ya sé que soy muy pesado. Pero es que es verdad. Creo que es un genio. Cada tebeo suyo, hasta los peores, tiene algo que no tiene ningún otro, de ningún autor. Sfar tiene una voz única, una visión de las cosas, de la vida, que impregna cada una de sus historias. En el peor de los casos, sus cómics son entretenidos; en el mejor, y van ya unos cuantos, crea obras maestras. Y uno está deslumbrado por El gato del rabino, Sócrates el semi-perro —con Blain—, Klezmer, o la reciente Los viejos tiempos, y de repente se topa con esta bomba: La Java Bleue.

Impresionante, en serio. Uno de sus mejores tebeos. Estoy fascinado, hechizado como si hubiera descubierto ahora a Sfar. Es una muestra de talento en estado bruto, sin refinar, a lo bestia, con ese dibujo suyo tan fluído, esbozado apenas a vuelapluma. Sfar dibuja como otros hablamos, con la misma facilidad y rapidez, con la misma expresividad, o más. La Java Bleue, última entrega de su aproximación al pintor Pascin, con el que tantos puntos estilísticos tiene en común, se sumerge en la exploración del sexo como nunca lo ha hecho Sfar. Es cierto que en la propia Pascin era un elemento central, pero compartía protagonismo con la reflexión que sobre el arte y la creación realizaba el autor por boca de Pascin. Ahora, lo que tenemos es sexo, sexo, sexo. Sexo sudoroso y crudo, lleno de emociones, transformándose en cierto momento en enamoramiento, bloqueando al pintor, que ya sólo quiere estar con la mujer que lo obsesiona. Y qué mujer. Qué mujeres, más bien. Siempre me ha encantado cómo escribe y dibuja Sfar a sus mujeres, pero aquí es espectacular. Pero, en conjunto, La Java Bleue es sobre todo una reflexión visceral acerca del sexo y el amor, siempre sin dramatismos ni falsas trascendencias, con alegría, con lucidez y sobre todo con mucha inteligencia.

Su dibujo, como casi siempre, fluctúa constantemente, experimentando igual que lo hacía en Pascin, moviéndose desde su registro más realista y detallado hasta rozar las fronteras de lo abstracto a brochazo limpio. Dibuja el sexo de forma impresionante, explícito y húmedo, pero deformado, y magnético, muy magnético. Y siempre apoyado en el color que él mismo aplica.

Y qué color, señores. Yo no he visto una cosa igual en mi vida. El mejor color que le he visto a Sfar sin duda alguna, mejor incluso que las maravillosas acuarelas de Klezmer. Cada secuencia tiene su propia paleta, combinada perfectamente, con los colores manchando el dibujo, moviéndose, como si estuvieran vivos. Es que no se puede dejar de mirar, en serio. A veces Sfar prescinde de la tinta y dibuja directamente con el color, y entonces uno no puede más que quitarse el sombrero porque sabe que está ante un genio del dibujo, le pese a quien le pese.

Porque yo, que siempre decía que entendía hasta cierto punto a los detractores de Sfar, con este tebeo he dejado de hacerlo. Se siente. Esto es cómic en estado puro, dibujo vivo, salvaje, espontáneo. Cada uno tendrá sus gustos, sí, pero que no sean excusa para negarle el talento a este monstruo de la historieta. Yo al menos ahora mismo estoy irremediablemente enamorado de este pequeño tebeo pornográfico, primorosamente editado por Ponent Mon hace unos años, que supone una de las cumbres del autor francés, sin duda alguna.

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