Alec, de Eddie Campbell.

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Si al año pasado hubiera que asociarle un nombre propio en lo que a cómic se refiere, probablemente éste sería, exceptuando a Sigheru Mizuki, el de Eddie Campbell. Este año Astiberri ha publicado dos obras fundamentales de un autor al que aquí sólo conocíamos por From Hell, alguna que otra adaptación de obras de teatro de Alan Moore —tebeos olvidados que algún rescataré porque no me parecen nada malos— y un intento de publicación parte de La Factoría de Ideas de su Bacchus. Y nos estábamos perdiendo a un autor excelente, cuyas obras, lamentablemente, tengo la sensación de que han pasado un tanto desapercibidas. No he visto todavía a casi nadie decir nada de este Alec, pero supongo que andarán todavía digiriéndolo, porque no es un cómic corto, precisamente, ni poco denso. En todo caso, para eso estoy yo aquí, faltaría.

Alec, publicado en dos tochos de trescientas páginas cada uno, es la obra de toda una vida. Reúne toda la producción autobiográfica que el autor ha considerado oportuna permitiendo acercarnos no sólo a su destartalada vida sino, sobre todo y por encima de ella, a su evolución como autor. A través de treinta años de páginas, asistimos al surgimiento de una personalidad artística, de una voz propia que se va perfilando continuamente, de forma primero intuitiva y después, con el paso de los años, más consciente. Acabo de abrir el primer volumen y me he sorprendido bastante al comprobar cómo ha cambiado no sólo el trazo, sino la composición de página y la narración misma… Sorprende porque leyendo la evolución es tan lenta y coherente, tan sutil, que no se nota. Sólo se aprecia al mirar atrás, lo cual dice mucho acerca de Campbell como autor.

Porque detrás de un trazo feísta y enmarañado y una composición aparentemente simplista y rudimentaria, se esconde un historietista como la copa de un pino, un tío que sabe cómo contar cualquier cosa de manera atractiva. Quizás exceptuando el primer arco —por llamarlos de alguna forma—, La peña del King Canute, algo farragoso sobre todo por la cantidad de personajes que entran y salen del escenario sin control, todo lo demás engancha, simplemente, por cómo narra Campbell. Incluso la anécdota más anodina puede tener interés si le pasa a él. La poca piedad que tiene consigo mismo, la manera en la que se expone como objeto de sus historias, consiguen que la autobiografía, un género en el que supuestamente se cuenta “la verdad”, sea lo que sea eso, de un giro radical. Campbell establece un diálogo con su propia vida totalmente distinto al que suele recurrir los autores de cómic. Uno lee Alec sabiendo que lo que ve es la imagen que devuelve un espejo deformado, pero no es sólo eso; la autoparodia no la ha inventado él. No, para mí lo fundamental de este cómic es que pone en tela de juicio la propia validez del género, algo que Campbell lleva a sus últimas consecuencias en El destino del artista pero que en estas páginas demuestra que siempre le ha preocupado. A través de su alter ego, juega a cuestionar los límites de la autobiografía y su utilidad como vehículo de expresión artística. ¿Campbell es Alec siempre? ¿Alec es Campbell, o sólo una personalidad artística? ¿Todo lo que le pasa a Alec le ha pasado antes a Campbell? Ésa es la clave: en realidad no importa. Es un alter ego que en determinados momentos puede cobrar vida propia y decir o hacer cosas que Campbell no diría o haría. La “verdad”, los “hechos”, son irrelevantes en el arte. Qué más da que Alec contenga ficciones o hechos reales, o una mezcla de ambas. Funciona. Campbell puede ser despiadado con Alec y mostrar sus miserias y defectos, o puede, en un ataque de egocentrismo, alzarlo a los altares del cómic, puede ser un cabrón o un samaritano. La proyección hacia el exterior de sí mismo o de una parte de sí mismo facilita la catarsis y posibilita dar una imagen de sí mismo descreída y crítica, que no carga con pedantería ni huele a autojustificación, como tan habitualmente sucede en el género.

Más allá de ese juego constante entre personaje y autor, Alec atrae por su tremenda vitalidad. Campbell ha vivido mucho y lo cuenta con una pasión que contagia. Ha conocido a mucha gente, ha hecho de todo y le ha pasado de todo. Y ya digo, lo cuenta muy bien. Escribe bien, con una voz propia muy atractiva, y maneja como nadie el humor sutil, más de sonrisa que de carcajada, y las diferentes voces de narrador, desde las típicas tercera y primera a una segunda que pocas veces se ve en cómic o literatura y que encierra una dificultad de la que el autor de Alec sale más que airoso en Cómo ser artista. Incluso el mencionado primer segmento, La peña del King Canute, que es lo que menos me gusta, ofrece una visión caótica para fidedigna de esa Inglaterra triste y gris bajo la sombra de la Thatcher a la que merece la pena acercarse. Después, asistimos a sus inicios en el negocio del cómic, a su lucha por la autoedición, contada sin ningún tipo de épica, sus contactos con otros autores —las apariciones de Moore o Neil Gaiman suelen ser geniales—, su matrimonio, la llegada de sus hijos. Creo que nadie a quien le guste la historieta debería dejar de leer las reflexiones sobre el medio de Campbell, sarcástico gurú de la novela gráfica y protagonista, entre otros pocos autores, de un cambio en la posición del cómic dentro de las artes y la sociedad. A través, insisto, de treinta años de su vida, lo cual nos da una imagen en conjunto del mercado y su evolución muy interesante e incluso diría que a estudiar por los teóricos de la cosa.

No debemos olvidar que en su mayoría, las historias incluídas en Alec son pequeñas obras realizadas entre trabajos “mayores”, sobre todo Bacchus y From Hell, lo cual, paradójicamente, hace que aumente mi consideración hacia ellas. Son páginas muy sueltas, muy libres, en las que Campbell se pierde sin presiones, sin ataduras. Es una delicia seguirlo, aunque a veces no sepamos a dónde nos lleva. Bueno, sí: al final, creo que Alec podría resumirse como la historia de cómo Eddie Campbell llegó a ser artista. Y a vivir de la autoedición, que no es poco. Y aquí está la cuestión: es la eterna dicotomía entra el artista y el artesano, entre la necesidad de ganar dinero y tragar con ciertas cosas —la película de From Hell, por ejemplo— y el impulso de mantener la independencia autoral y la integridad como artista. Entre la idea romántica del espíritu libre, las musas y tal, y la dura realidad, que obliga a currar muchísimo y a involucrarse en decenas de tareas que poco tienen que ver estrictamente con la creación.

Un tebeo, por tanto, que surge como algo modesto pero alcanza proporciones míticas, que se convierte en la crónica personal de la vida de Campbell y testimonio de los avatares de la industria del cómic, narrado con soltura y desenfado y un humor excelente. Que mola mucho, vaya, pese a los altibajos lógicos de una obra tan larga y que, en realidad, es muchas obras. Pero es, sin lugar a dudas, uno de los tebeos más importantes publicados últimamente por acá, que nadie debería dejar de leer.

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