El pequeño Christian, de Blutch.

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Blutch es un autor al que conocí hace un año con su sublime La voluptuosidad y que desde entonces se ha convertido para mí en un tipo a seguir. Ahora Norma publica en España uno de sus tebeos más conocidos y valorados por la crítica: El pequeño Christian.

Es incomparable con La voluptuosidad, como también lo es con Peplum: resulta digna de alabanza la capacidad de Blutch para cambiar de registros y temáticas, algo de lo que, me acaba de venir a la cabeza, podría aprender un colega suyo tremendamente prometedor como es Bastien Vives, emperrado en contar una y otra vez lo mismo. No, Blutch no funciona así: en El pequeño Christian se acerca a la memoria personal, a la autobiografía, contando su infancia y su adolescencia de una manera divertidísim y muy personal.

Cualquier lector se sentirá identificado con las anécdotas que cuenta, comparta o no generación con él. Los juegos en el patio, los amigos, las niñas, que son el enemigo, la tele, los cómics… Me ha parecido genial la manera en la que Blutch introduce esos elementos y retrata la identificación que sentía con sus ídolos, y cómo, claro, esos ídolos cambian a toda velocidad. Los niños viven rápido, y eso se ve en las pequeñas historias que encontramos en este volumen, en las que Blutch intercala con total fluidez diferentes estilos de dibujo, demostrando que es uno de los mejores dibujantes de la actualidad y acercando al lector los cómics que leía de niño, como Mickey Mouse o la revista Pif, o a los héroes de la tele como John Wayne o Marlon Brando.

Esa mezcla de elementos realistas y simbólicos la lleva a su máxima expresión en la segunda parte de El pequeño Christian, en la que su dibujo da un nuevo salto cualitativo, pareciéndose más al Blutch actual, no sólo por el trazo, sino por el uso de un bitono que recuerda a La voluptuosidad. En esta segunda parte, además, se centra en el descubrimiento del amor y el sexo opuesto, algo ya atisbado en las primeras historias pero que aquí se desarrollará mucho más gracias a la aparición de su primer amor, una niña que vive en el otro lado de Francia, Catie Borie. Pocas veces se ha recogido de manera tan exacta ese primer amor adolescente, el miedo al rechazo, la deificación de la chica, la emoción al recibir sus cartas, la imaginación desatada… Y la primera visión del cuerpo femenino desnudo, como pasa casi siempre, por accidente, de manera furtiva y casi sagrada. Sin renunciar al humor, con esa travesía por el desierto junto al tintinesco perro Milú, o el examen del amor que le hace Marlon Brando, Blutch nos lleva hacia el lógico final a ese primer amor: el desengaño. Nada es tan bonito nunca como en nuestra imaginación, y el primer amor no es casi nunca el amor hacia una mujer real, sino a nuestra idea de la mujer proyectada sobre una niña que nunca llegará a enterarse de nuestros sentimientos. Basta algo tan superficial como que que se corte su abundante melena para que la magia se rompa y Christian pierda todo el interés en ella, al sentirse, infantilmente, traicionado. La última página no podría ser más significativa: Christian tirado en su cama leyendo Mickey Mouse mientras su alter ego vaquero se oculta tras la cama junto a los personajes de los tebeos que lee; ya habrá tiempo para el amor.

En suma, una agradabílisima sorpresa, o quizá no tanto, porque yo asumí desde el primer día que cualquier cómic con el nombre de Blutch en la cubierta iría de lo fantástico a lo sublime. Puede que no me haya impactado tanto como La voluptuosidad, una obra de la que me enamoré perdidamente, pero aún así es un gran tebeo y será, sin duda, uno de los mejores de este año recién empezado.

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