Una vida errante, de Yoshihiro Tatsumi.

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Tenía pendiente desde hace tiempo la lectura de Una vida errante, de Yoshihiro Tatsumi, obra que en su momento dejé pasar no por falta de ganas, sino por la consabida cuestión del presupuesto… y porque, si hacemos memoria, recordaremos que 2009 fue un año de excelente cosecha, lo que supone más gasto en novedades y por tanto una selección más estricta.

En todo caso, problema resuelto: me he leído casi del tirón las ochocientas y pico páginas de los dos tomos que compusieron la edición de Astiberri, y me ha encantado.

Una vida errante es la historia de los años cruciales de la carrera de Tatsumi, que ensaya aquí una autobiografía al uso, aunque cambie su nombre a “Katsumi”, no se dice por qué; es de suponer que se deberá a alguna cuestión cultural. Recuerdo, en todo caso, que en Un zoo en invierno, también autobiográfica, Jiro Taniguchi se refiere a sí mismo como Hamaguchi.

Pero a lo que íbamos. Tatsumi es un excelente narrador, eso para empezar. Adopta para este cómic un estilo de dibujo sintético, con unas figuras humanas un poco toscas pero, y eso es lo importante, con personajes totalmente reconocibles en todo momento. Pero más allá de eso, es admirable su sentido del ritmo narrativo: el lector no se aburre jamás con una historia que a priori tenía todo para ser algo espesa, porque sabe dosificar la narración, intercalar cuando se debe la información histórica, el contexto sociocultural que resulta, a la postre, imprescindible para entender lo que nos cuenta Tatsumi, y, sobre todo, cómo construye un relato vibrante, con nervio, lleno de pasión.

Pasión, sí. Es la palabra clave en Una vida errante. Claro que funciona como una crónica del nacimiento del gekiga —luego vamos con eso—, pero sobre todo el relato personal de un apasionado del manga, que vive para dibujar, que sufre y disfruta con su trabajo. Y ese cúmulo de emociones Tatsumi lo transmite con sinceridad pero, al mismo tiempo, cierto distanciamiento que evita caer en el melodrama o en la excesiva teatralidad. Tatsumi cuenta su vida durante unos años fundamentales para su formación como autor, sus primeros pasos en el mercado del manga, su búsqueda de un estilo y una voz propia, más allá de imposiciones editoriales o modas del momento. Y a través de su historia, aprendemos mucho, muchísimo, acerca de la historia del cómic japonés.

Éste es, evidentemente, el otro gran valor de Una vida errante. Es un gran cómic que cuenta una historia vibrante y humana, que engancha totalmente por la pericia del narrador; pero, al mismo tiempo, resulta imprescindible por el testimonio que da de toda una época y de un movimiento, el gekiga, para todos los que estamos interesados en la historia de la historieta. Y en Historia, precisamente, hay que tener mucho cuidado con las analogías, porque es muy fácil caer en el anacronismo. Y digo esto porque es inevitable, leyendo Una vida errante, pensar en el momento actual que atraviesa el cómic en occidente y en la tan traída y llevada novela gráfica. En lo que cuenta Tatsumi de los años cincuenta está, en esencia, todo. Tanto es así que de vez en cuando uno casi tiene que comprobar la fecha de lo que se está contando porque parece increíble que haga más de medio siglo desde que el autor se planteó una serie de cuestiones que están aún plenamente vigentes. Tatsumi, a través casi siempre de conversaciones con su hermano, también dibujante y con el que mantiene una tensa relación, se debate entre las exigencias y vaivenes del mercado, terriblemente inestable en aquellos momentos —las modas y los formatos se sucedían a velocidad de vértigo y los editores se adaptaban como podían—, y sus propias inquietudes como artista, la dicotomía eterna entre arte e industria, vamos. Frecuentemente vemos cómo planea dibujar una serie personal que tiene que dejar aparcada porque tiene que ganar dinero, por ejemplo. Busca también libertad para tratar cualquier tema, con un tratamiento diferente, más centrado en las emociones, sin límite de páginas, de manera que pueda explayarse en los detalles más nimios, y busca reproducir técnicas del cine sobre el papel —el cine juega un rol fundamental en toda la historia, ya que Tatsumi iba prácticamente a diario y le influyó totalmente—. Su hermano, que adopta el papel de la industria en las discusiones que tienen, le dice que hay que ser práctico, y que desperdicia papel y viñetas; el manga debe ser síntesis, concisión. Y por supuesto, no es nada demasiado importante. “Al fin y al cabo es sólo manga”, le llegará a decir. Del mismo modo, se plantea la concepción exclusivamente infantil que tenía el manga, lo que hace que el gobierno apruebe leyes de censura para controlar los tebeos de estas nuevas tendencias. Tatsumi intenta huir de la etiqueta infantil, a pesar de la veneración que siente por sus antecesores, concretamente por un Osamu Tezuka que aparece al principio como una inspiración y una aspiración para los jóvenes mangakas, pero que después desaparece de la narración y sólo es mencionado, precisamente, para decir que se ha anquilosado, que produce demasiado, que es demasiado infantil. No se dice como crítica, sino como constatación de un hecho. Tatsumi, como años después los autores americanos del underground o Eddie Campbell, quiere hacer otra cosa. Y a esa cosa le quiere dar un nuevo nombre, que esté en la tradición de lo anterior pero al mismo tiempo lo diferencie, para que se sepa a qué público va dirigido. ¿Les suena el razonamiento? Incluso se discute si el gekiga es manga aún o una cosa diferente —Tatsumi defiende la primera opción, por cierto—, y se choca, una y otra vez, con la incomprensión de unos editores que quieren ir a lo seguro, aunque a veces apuesten por ideas arriesgadas, como esa revista Sombra que uno se imagina como una especie de Raw de su época, para entendernos, la vanguardia artística del manga.

Hablando de los editores, qué curioso resulta leer sobre las relaciones que se crean entre ellos y los autores, y el sentimiento familiar tan vinculado a la empresa que se tiene allí. Es extraño porque la mentalidad japonesa y su ética del trabajo están muy alejadas de las nuestras —acabo de recordar con un escalofrío En la prisión, esa pesadilla creada por Kazuichi Hanawa que ilustra a la perfección el espacio que nos separa de ellos—, y la lealtad hacia la editorial para la que se trabaja es casi sagrada. Y cómo se trabaja, por cierto: como bestias, sin descanso apenas, y eso que los mangakas que aquí aparecen, los componentes del Taller Gekiga no son superestrellas. Lo cuenta el propio Tatsumi en el epílogo: los autores de gekiga son algo así como el underground de su momento, y aunque tenían cierto éxito, estaban muy lejos de los grandes triunfadores. Eso añade interés y gracia a lo que se cuenta en Una vida errante, ya que lo que vemos es una especie de cara oculta del negocio, la parte más “artística” y arriesgada, frente a la más visible y comercial, la que vendía millones de revistas, vinculada a la inmensa figura de Tezuka y los autores de otro grupo, el de los Tokiwa-so.

Quizás, mirando la obra en su conjunto, se le puede criticar ciertas dudas iniciales en cuanto a las tramas: Tatsumi habla de su familia y plantea situaciones que luego son desterradas completamente de la narración y de las que no volvemos a saber. Todo lo que no está relacionado directamente con el manga queda en un segundísimo plano, lo cual no es malo, al contrario, es adecuado, pero no era desde luego su idea inicial, lo cual repercute, aunque sea un pero muy menor, en la unidad de una obra que, por lo demás, es redonda. Es amena y rigurosa, a la par que didáctica —se aprende un montón leyéndola— y como decía transmite perfectamente el ambiente de esos días y el momento de efervescencia creativa por el que pasaba el manga, pero también todas las sensaciones asociadas al mismo. Lo hace además sin romanticismos, con franqueza: experimentamos la felicidad y la libertad absoluta cuando dibuja Ventisca negra, pero también la frustración, la sequía creativa, el cansancio que supone dibujar sin parar historias que no te interesan mientras tienes otras cosas en la cabeza. De alguna forma, Un camino errante es la mayor victoria de aquel grupo de autores y de Tatsumi en concreto. Un cómic que no es de género, que, como dicen muchos, “no cuenta nada”. Y eso a pesar de que la figura del editor aún pesa mucho en Japón y, según parece, Tatsumi se quedó con las ganas de seguir sumando páginas a la historia de su vida como autor por imposiciones editoriales; esperemos que tarde o temprano pueda continuar con esta enorme historia que todo interesado en la historia del cómic, o simplemente en los buenos tebeos, debería leer.

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