Tirano Banderas, de Valle-Inclán.

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Este señor formidable de aquí arriba es Ramón María del Valle-Inclán, y es uno de mis escritores favoritos de siempre. De entre los españoles, si alguien me obligara a punta de pistola a elegir sólo a uno, sería a él —o a Clarín, depende del día—. Luces de bohemia me apartó, o me empezó a apartar, de la mala literatura. No la he debido de leer menos de treinta veces: me parece una obra impresionante, y el mejor retrato que se ha hecho nunca de lo que este país ha sido, es y será por los siglos de los siglos. El resto de sus obras, sin embargo, las voy descubriendo sin prisa, poco a poco, a lo largo de mi vida. Hay tiempo de sobra —ahora va y me atropella un trolebús la próxima vez que salga de casa, como si lo viera.

La semana pasada anduve enfrascado en Tirano Banderas. Hace unos diez o doce años me acerqué a ella con timidez y demasiado respeto y no me atreví a leerla: me pareció un monstruo inabarcable aún para mí. Y bueno, no es que ahora sea mucho más listo que entonces, pero sí más inconsciente. Y me la he zampado sin miramientos. O ella a mí, no lo tengo aún muy claro; porque Tirano Banderas es un monstruo grotesco y deformado en el que Valle, don Valle, da rienda suelta al esperpento y a su incomparable dominio del lenguaje.

Mentiría si dijera que me enteraba de todo. Valle, abigarrado y excesivo, hace exactamente lo mismo que años antes había hecho en Luces de bohemia: crea un lenguaje nuevo lleno de matices e inmensurablemente rico en su léxico. Pero nadie habló jamás así. El valor de Valle no es capturar la realidad, sino entenderla tan, tan bien, que puede deformarla a su antojo. O sea: el esperpento. La cháchara del pueblo llano, el insulto zafio, la grosería malsonante, mezclados con discursos elevados, discusiones intelectuales y, aquí, oscuros americanismos que fuerzan los diálogos hasta lo ininteligible en muchas ocasiones. Es, claro, un efecto buscado. La musicalidad y las sensaciones que arranca esta prosa enrevesada y dura suplantan al mero significado, que por otra parte se adivina siempre y permite no desconectar de la narración.

Ahora bien; la cuestión es que la narración en sí… es lo de menos. Para mí, claro. No me importa tanto el desarrollo de los acontecimientos, que por otra parte remite a la novela de dictador sin más, como el constante pulso con el lenguaje y la manera en la que describe situaciones y personajes, los choques frontales entre elementos aparentemente antagónicos que está en el meollo del esperpento. Y cuando Valle describe con toda su mala leche a sus criaturas, animalizándolos, cebándose en sus defectos físicos, exagerándolos sin piedad, es imposible no verlos mentalmente como una caricatura de Daumier o algún otro maestro del grabado. Generalito Banderas es “el garabato de un lechuzo”: sublime.

El de Tirano Banderas es un Valle maduro y desatado. Después de dar tumbos y tumbos por el espectro ideológico, casi por estética más que por ética, convirtiéndose en un personaje fascinante digno de protagonizar su propia novela, Valle es ya un descreído radical. Como escritor, claro. Luces de bohemia es el mejor ejemplo, pero Tirano Banderas tiene también muchísimo de eso. No es la única conexión entre ambas obras: la tipología de los personajes es bastante pareja —no es difícil acordarse de la Pisa Bien o el rey de Portugal al leer a los golfos de Tirano Banderas—, aunque no haya un protagonista absoluto, sino tres o cuatro. Y estilísticamente, es un autor de vuelta de todo, alejado ya de su etapa irónico-modernista —divertidísimas las Sonatas—, al que no le preocupa abrumar al lector en absoluto. La adjetivación en esta novela no es que sea abundante, es que hay párrafos con más adjetivos que sustantivos, casi. Las palabras de nuevo cuño pueblan un texto que, en lo descriptivo, es extraordinariamente vívido y desasosegante, como un grabado de Goya —referente del esperpento— o una película expresionista de terror de las contemporáneas a Tirano. Por si fuera poco, la estructura embarra aún más la narración: piezas breves sin solución de continuidad entre sí, escenas que componen un relato no siempre conexo, a veces narradas en presente, casi como acotaciones de teatro, a veces en pretérito.

Pero siempre y por encima de todo el esperpento. Es verdad que, como novela, Tirano Banderas es una obra fallida. Pero, como texto, es brutal. Soberbio. Da lo mismo que la narración sea farragosa o que no haya un equilibro en la misma: el dominio del lenguaje de Valle aplicado a las situaciones más rocambolescas es algo insuperable, y que se resume, sin ninguna duda, en una de las últimas escenas, en la que un iniciado en la teosofía hipnotiza a una dotada médium —una puta del arrabal— frente a un tribunal, con lo que se demuestra la inocencia de un muchacho acusado de traición, ya que obviamente había sido la médium-puta la que había extraído de su cabeza los datos comprometidos, en una visitilla del susodicho al lupanar. Imposible, claro, no pensar en el Basilio de Soulinake de Luces de bohemia, el inolvidable zumbado que irrumpe en el velatorio de Máximo Estrella proclamando que no estaba muerto, sino catalépsico.

Son cosas que sólo se le ocurrían a Valle-Inclán. Nadie ha tenido tras él su visión retorcida de la realidad, ni su crueldad para con la condición del ser humano. Ni el cacareado Cela, claro. El esperpento sigue hoy tan vigente como en su época, tan presente en el día a día de la sociedad y política española como entonces, si no más. El problema es encontrar el Valle de nuestro tiempo, de nuestra literatura. Chungo.

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