El gran Vázquez.

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En su momento no pude ir a verla al cine, pero me la he agenciado en cuanto ha aparecido el DVD. Porque tenía bastantes ganas de ver esta película que quizá sea la primera que trata de lleno un mundo, el de los tebeos, que merece mucha más atención de la que recibe. Para empezar, porque es historia de este país. Las cifras de venta que permitían llamar a la historieta medio “de masas” puede que haga mucho tiempo que quedaron atrás, pero por el camino se convirtieron en parte importantísima de la educación de varias generaciones de españoles. El gran Vázquez es la muestra más visible de que ese olvido se está empezando a subsanar, pero hay más: los numerosos estudios de diversa índole que se están publicando sobre Bruguera y otros cómics populares, El invierno del dibujante de Paco Roca —del que esta película es una especie de continuación oficiosa, o complemento perfecto—, la presencia en medios de comunicación y en el ámbito universitario… Algo está cambiando para bien.

El gran Vázquez, además, recupera y en cierta forma intenta hacer justicia con la figura de Manuel Vázquez, hoy eclipsada por Ibáñez y desconocida por las nuevas generaciones. Tuve la suerte de escuchar al propio director, Óscar Aibar, en las jornadas de UCMCómic y percibí dos cosas: una, que sabía lo que estaba haciendo y de lo que estaba hablando; y dos, que amaba profundamente los tebeos.

Porque si esta película es algo, es, fundamentalmente, una obra fruto del amor. El amor por un autor, pero también, como decía, por los tebeos. Y por eso, si el espectador comparte ese amor, se sobrepone a los problemas que la película como tal pueda tener. Digo esto porque, es evidente, no estamos ante el peliculón del siglo. Es una peli modesta y con más de uno y más de dos problemas. Por ejemplo, en su ritmo: se tarda demasiado en percibir que la película tiene un argumento más allá de la acumulación de anécdotas de Vázquez. Las escenas en las que el dibujante conversa con sus personajes, que saltan del papel como dibujos animados, me parecen un sinsentido que no pega para nada, que no están bien encajadas. La ambientación me parece, en algunos momentos, demasiado amanerada, poco convincente. Y sin embargo, el balance final no puede ser malo, porque su valor simbólico y sentimental, creo, está por encima de los meramente cinematográficos. Las escenas de la editorial Bruguera, con sus dibujantes inclinados sobre las mesas de dibujo, no se pagan con dinero. Y Santiago Segura demuestra que no es tan mal actor como algunos piensan. Consigue hacer un Vázquez creíble, construído desde la veneración absoluta por su figura —y se nota muchísimo—, y sobre todo consigue transformarse y no sonar como Torrente o como él mismo, salvo en un par de momentos muy puntuales en los que deja escapar algún ramalazo. Pero si de actores hablamos, el que se lleva la palma es, sin duda, el inmenso Álex Angulo, que hace un Peláez sublime, convirtiendo lo que en el guión era un antagonista un tanto maniqueo en una persona de carne y hueso, totalmente creíble. Pero admito que no soy muy objetivo, porque Angulo me gusta haga lo que haga; me parece uno de los mejores actores españoles, y de lejos el más infravalorado.

Me atrevería a decir que El gran Vázquez es una película necesaria. La gente debe conocer a Manuel Vázquez, a la editorial Bruguera, cómo se trabajaba en ella, las injusticias que cometió, por qué las cometió, y, en definitiva, saber cómo se hacían los tebeos y se creaban esos personajes que forman parte de nuestra memoria colectiva. Empezando por la gente del tebeo, por cierto, por los lectores habituales, que saben —sabemos— demasiado poco sobre todo esto. Y, en el terreno del Vázquez privado, la historia de este último pícaro también merece la pena contarse. Quizás se glorifica en exceso su leyenda, y es verdad que muchos de sus pufos son de órdago y para los afectados no debió de ser cosa de risa, pero creo que todo se equilibra perfectamente con la escena del entierro de su padre, en la que van desfilando sus mujeres e hijos: el personaje ahí se ve absolutamente patético. Muy buena, también, la última escena, con Ibáñez —magníficamente interpretado por Manolo Solo, por cierto, y eso que Ibáñez no es santo de mi devoción—, consagrado, reencontrándose con Vázquez y dándole un abrazo… para descubrir instantes más tarde que le ha robado la cartera. Épico.

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