Ellos mismos, de Joaquín Reyes.

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Recuerdo muy bien cómo fue mi primer contacto con Joaquín Reyes. Por casualidad, mientras cambiaba de canal compulsivamente una noche, hace… ¡nueve años ya! —la leche, cómo pasa el tiempo— me topé con un hombre disfrazado de Michael Jackson hablando con acento de pueblo —de Cuenca, supe después—. Ya no pude seguir haciendo zapping. Me tragué todo el desfile de tontunas de mi primer programa de La Hora Chanante sin pestañear, y sin entender gran cosa. El mismo hombre que interpretaba a Jackson aparecía travestido tres veces, había una de las referencias más fricazas que he visto nunca, al juego Moonwalker de la Mega Drive, salían unos dibujos animados rarísimos de unos viejos que cantaban junto a una galleta de marbú dorada, otros de un alce y una gelatina que hablaban con Pedro Ruíz, una parodia de un programa de éstos de por la tarde a los que va la gente a reencontrarse con su hermano o pedirle perdón a su pareja, y unos payasos malhablados. Y cada dos por tres una cortinilla en la que una voz decía insistente: “¡La Hora Chanante! ¡Chananteee!”. Me explotó la cabeza, pero quedé enganchado irremisiblemente a todo lo que hicieran a partir de entonces Joaquín Reyes y su troupe. Hoy, diez años después, ese grupo tan heterogéneo de cómicos —y ahí reside buena parte de su éxito: entre todos alcanzan cualquier registro humorístico existente— ha extendido sus tentáculos por todos medios de expresión, al tiempo que refinaba su propuesta, esa mezcla brutal de cosas tan diferentes, en la continuación natural de su primer programa, Muchachada Nui, y recientemente en Museo Coconut. No faltan quienes aseguran que han perdido frescura, aunque yo no estoy de acuerdo. Me parece que no hacen sino mejorar como cómicos y como actores en general, sin renunciar a su estilo y a su manera de hacer las cosas. No recuerdo, desde Chiquito de la Calzada, mayor aportación al lenguaje de la calle español que la que han realizado ellos, en buena parte, además, recuperando vocablos que de otro modo tarde o temprano habrían caído en el olvido; ¿quién, de nuestra generación, no dice ya con total naturalidad ‘viejuno’, ‘a cascoporro’, ‘cartoniano’ o ‘guacho’? Incluso, y ésta es la prueba definitiva del valor de su aportación, lo dice gente que no ha visto en su vida sus programas y por tanto desconoce su origen.

Pues resulta que a Joaquín Reyes le apasionan los tebeos. Y los dibuja; de hecho, más de una vez ha dicho que se considera sobre todo dibujante. Y resulta, además, que acaba de publicar Reservoir Books una recopilación de muchos de sus trabajos en prensa, Ellos mismos, que cumple todas las expectativas que pudiera tener. Reyes se mueve en su propio universo, utiliza el código creado durante años en sus programas para crear una complicidad con el lector impagable, que lee estas tiras como si de un Celebrities se tratara; de hecho, muchas están protagonizadas por los mismos personajes que han ido apareciendo en la mencionada sección o en su antecedesora en La Hora Chanante, Testimonios. Son tiras sencillas: aparece un personaje famoso, se presenta, y suelta en primera persona la opinión de Reyes sobre él… Y ya. Parece poca cosa, pero uno no puede evitar troncharse, igual que con su versión televisiva. Y es difícil explicar por qué. Aquí, aunque lógicamente se tenga que prescindir del colorido acento conquense, la manera en la que hablan los personajes “se oye” con la misma claridad. Tal vez sea por eso, o tal vez el truco esté en la descontextualización del personaje, en el absurdo, en la pirueta final que en muchas tiras nos llevan a otro personaje sin ninguna conexión haciendo cualquier chorrada, o a alguno de los muñequillos recurrentes de Reyes, como el cactus o los bizcochitos. El chorreo de cultura pop es constante, y se mezcla con los personajes homenajeados con total naturalidad: impagable la tira con los furbies y Losantos.

Como dibujante, Reyes puede no ser excelente, pero es gracioso cual mono vestido de botones, e incluso cuando la caricatura no se parece demasiado al personaje real funciona la broma. Casi me gusta más cuando se aleja del estilo pseudorealista y dibuja monigotes, o a sí mismo junto a un gorila, en escenas que utiliza para dar cohesión al tomo y comentar las tiras desde fuera, al tiempo que comenta anécdotas o se ridiculiza un poco. Esto, que el personaje sea consciente de que está dentro de un tebeo, que se rompa la cuarta pared y se separe el cómic-cómic —las tiras— del cómic-realidad —las partes del gorila y el propio Reyes conversando— me parece de lo más interesante de Ellos mismos.

Me queda la duda, eso sí, de hasta qué punto entraría en el juego alguien que no hubiera visto jamás un programa de La Hora Chanante o Muchachada Nui, que no pudiera poner mentalmente las voces a los personajes o ser cómplice de muchos de los chascarrillos de Reyes, que son ya viejos y conocidos por sus seguidores. Pero yo me lo he pasado muy bien leyendo esto, la verdad.

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