Ulises 31.

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La nostalgia suele ser mala consejera, y más en lo que se refiere a la nostalgia de los años de infancia. Cuántas series, películas o tebeos malísimos han obtenido con el paso de los años la categoría de “de culto” gracias a la benevolencia que suele mostrarse con aquello que marcó la infancia. Hay que desmitificar muchas, muchas cosas. La gran mayoría de series de dibujos animados que veíamos de pequeños serían hoy infumables. Pero hay excepciones, claro. Fraggle Rock, aunque no sean dibujos, me sigue pareciendo hoy una maravilla. El anime de Sherlock Holmes es una joya. David el gnomo, otra. No, lo siento, He-man era una mierda.

Pero me lío. La cuestión es que estas últimas semanas he estado viendo, por primera vez desde que era pequeño, una de estas series “de culto”: Ulises 31. Poca nostalgia puede haber cuando, más allá de la pinta de los personajes no recordaba absolutamente nada de una serie que debí de ver con, como mucho, cinco años. Pero me ha parecido excelente, por eso creo que merece la pena reivindicarla un poco.

La premisa de la serie es muy llamativa: una traslación del viaje de Ulises en La Odisea a un contexto futurista en el que el Mediterráneo se transforma en un universo entero y las islas en las que Ulises paraba y vivía sus aventuras en planetas y bases espaciales. Ulises enfurece a los dioses al matar al cíclope, y es condenado a vagar por el espacio a bordo del Odiseo, una gigantesca nave espacial, al tiempo que toda su tripulación queda en animación suspendida. Solamente su hijo Telémaco y una alienígena, Thais, se libran de la maldición y acompañan a Ulises en sus aventuras. El robot Nono, ineludible concesión al público infantil, empieza siendo más que cargante, pero como no es un inútil total —más R2D2 que C3PO, para entendernos—, se le acaba tolerando.

Con esta premisa tan simple, los guionistas de la serie recurren siempre a una mecánica similar para urdir los veinticuatro episodios de la saga: La nave de Ulises se acerca a un planeta habitado, o a otra nave, o a algún tipo de base espacial, y el héroe vive una aventura que recrea, más o menos fidedignamente según el episodio, un mito, normalmente griego, aunque no necesariamente contenido en La Odisea. En Ulises 31 veremos al Minotauro, a Teseo y Ariadna, a la Esfinge, a las Sirenas, a Circe, a Calipso, y a dioses como Cronos, Zeus o Poseidón, máximo antagonista de Ulises, que mandará tras él a su flota de naves, los Tridentes.

Es una serie extraña ésta, fruto quizás de un momento concreto y desde luego de la colaboración entre Francia y Japón. Pero es toda una rara avis en la animación de su época, 1981. No porque sea buenísima la técnica, sino por el tono y la cuidada ambientación. Todos los mitos son reinterpretados bajo el prisma de una ciencia ficción muy de su época, de ritmo lento, reflexiva, con poca acción, por momentos incluso poética. Hay, evidentemente, episodios mejores y peores, pero hay algunos realmente buenos, que funcionan muy bien como relatos breves de ci-fi, no muy alejados de lo que podía verse en la literatura del momento o en los cómics —más de una vez me he acordado de Moebius viendo la serie—. Y la ambientación, como decía, cuidadísima. Los diseños de escenarios son realmente buenos, y tanto las ropas como los utensilios que suelen aparecer están muy cuidados. Sobre todo, destacan las naves: se nota que hay japoneses en el meollo, claro. Especialmente impresionante es el Odiseo, una nave enorme, circular, con un ojo en su centro, manejada por la computadora de a bordo, Shirka, una especie de versión femenina y benigna de Hal 9000. La música es otro elemento de interés: realmente buena y sorprendente. No hablo de la cabecera, que es una canción de tantas de la época, sino de la banda sonora que se escuchaba durante los capítulos, llena de guitarras y teclados y con un toque inconfundible del rock progresivo que se hacía a principios de los ochenta y que se ajusta como un guante al tono de la serie.

Ulises es un héroe de una pieza, unidimensional, que no duda jamás y que se enfrenta sin miedo a lo que sea con tal de volver a la Tierra. No es precisamente complejo, pero no importa demasiado, ya que la mayor parte de las veces el interés del episodio está en el mito que se recrea o en los personajes secundarios que se va encontrando Ulises. Los episodios que mejor sabor de boca me han dejado son los dedicados a Circe, al Minotauro y Teseo —en el que Ulises mata al Minotauro para descubrir que éste sabía el camino al a Tierra—, Atlas o Cronos —con Telémaco y Thais envejeciendo a ritmo vertiginoso y Ulises dando marcha atrás al reloj del universo empujando sus agujas para solucionarlo—, la historia en la que viaja en el tiempo y se encuentra con el Ulises griego, y especialmente el episodio de Sísifo, una historia sombría con sorpresa final puramente ci-fi, a la altura de cualquier relato reputado de la época. Y el último capítulo, claro, en el que Ulises es tentado con la posibilidad de volver a casa con los niños siempre que deje atrás a sus compañeros, a lo que se niega, tras unos inolvidables segundos de reflexión que lo dotan de la profundidad que le ha faltado durante toda la serie.

Si gusta la ciencia ficción de este estilo, merece la pena echarle un vistazo, al menos a los mejores episodios. Son autoconclusivos y se entienden perfectamente. Ulises 31 ha sido una agradabilísima sorpresa, una serie cuidada y con unos guiones exquisitos, que pese a estar lastrada por las imposiciones típicas de las series infantiles —Ulises rara vez mata, el humor tonto de Nono, o el sexo, que siempre es tabú, y eso que pretendientes no le faltan a Ulises— tiene un cierto tono adulto que la hace disfrutable hoy en día sin tener que recurrir a la nostalgia, y que se disfruta mejor en dosis pequeñas que en atracones.

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2 thoughts on “Ulises 31.

  1. ¡Qué gratos recuerdos! Yo volví a verla con paciencia en 2007.
    No te pierdas, si no la has visto ya, un largometraje de animación de 1973 “El planeta salvaje”. Se encuentra en dvd fácilmente, creo. El argumento y la música pueden perfectamente volver a transportarte a aquellos cinco años de edad. Es una historia plenamente adulta, eso sí, a lo mejor es por eso que puede.
    Muchasa gracias por tus posts, son un placer leerlos.

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