Blankets, de Craig Thompson.

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Blankets es uno de mis cómics de cabecera. Cuando digo “de cabecera” no me estoy refiriendo exclusivamente a que sea mejor o peor, sino a que está en ese conjunto de obras que todo aficionado al cómic —o a lo que sea— tiene y que suponen algo especial por lo que tienen de definitorias del gusto o la trayectoria personales. Es justo esto lo que me pasa con Blankets: supone un hito en mi historia como lector de tebeos, un antes y un después si nos ponemos pedantemente tópicos. Me pasa lo mismo con From Hell, La vida está bien si no te rindes, Píldoras Azules o La Ascensión del Gran Mal. Son cómics a los que siempre vuelvo, y de los que muchas veces me cuesta escribir porque precisamente por esa cercanía considero que no puedo ser objetivo. Vaya, uno, como todo el mundo, no cree tener mal gusto, pero no se puede ser mínimamente imparcial con ciertas obras.

Y todo este rollo para justificar que, lo mismo, me paso en alabanzas con Blankets en este texto, pero que acabo de releerlo y me apetece escribirlo. Porque creo que hoy sigue siendo una obra importante y que en España, además, supuso a nivel editorial un cambio. La excelente edición de Astiberri, de hace ya siete años, en su momento sorprendió por su gran tamaño. Fue arriesgado sacar un cómic así, a 35 euros, de un autor apenas conocido en España —sólo se había editado Adiós, Chunky Rice—, en un momento en el que todo esto de la novela gráfica estaba empezando nada más. Pero funcionó, y se convirtió, creo, en un estándar para la edición de ciertos cómics, a los que ya nadie se le ocurriría cortar en entregas.

Entrando en materia: Blankets es uno de esos cómics autobiográficos que habla de la vida, de los recuerdos, de la familia, del amor, de la adolescencia, una de esos tebeos que muchos denostan porque, ya saben, “no cuenta nada”. Salvo que lo cuenta, en realidad, todo. Potenciado en mi caso por la afinidad generacional, no se puede evitar sentirse identificado en alguna medida con el relato que el autor, que ya va tocando que lo mencione, Craig Thompson, desgrana en las casi seiscientas páginas de Blankets. Es una historia de tantas: adolescente marginado que vive en un pueblo de la América profunda en el que comparte clase con un hatajo de rednecks, que siente que nadie lo comprende y que, por azar, descubre el amor al conocer a Raina, una muchacha que se convierte en el centro de su vida. Pocas veces he visto tan bien plasmado el torrente de sentimientos que uno tiene al experimentar ese primer amor adolescente y descontrolado, la completa adoración casi religiosa de la otra persona, los miedos, las inseguridades y, finalmente, como no puede ser de otra forma, el final del sueño.

Thompson tira de una voz de narrador típica, pero demuestra con sus textos recordar muy bien aquellos años y ser, además, un excelente guionista con la rara habilidad de hablar de amor sin caer en la cursilería. Se cae en lugares comunes, porque “el primer amor” es en sí mismo un lugar común como un castillo, pero la complicidad que se establece entre lector y autor salva ese escollo a la perfección: Thompson habla desde el presente hacia atrás, con la convicción de que el lector también ha estado ahí, que comparte recuerdos parecidos y que por tanto la gracia de Blankets no está en descubrir la pólvora sino en construir un cuadro convincente y veraz de la situación, traer al momento actual los sentimientos de entonces tan vívidamente como sea posible. Y lo hace, ya digo, muy bien. Los acercamientos físicos, las conversaciones, las dudas, los nervios, los sueños, las emociones incontrolables: todo lo que todos hemos experimentado en un momento u otro está ahí. Con una sensibilidad casi lírica, utilizando todo el poder simbólico y metafórico de su soberbio dibujo, entremezcla realidad y escenas imaginadas de un modo que recuerda, remotamente, al de David B. Sólo que donde éste es dañino y perverso, Thompson es amable y cálido. Al perderse en las páginas de Blankets, que fluyen con un ritmo perfecto, una nostalgia irresistible embarga al lector, incluso cuando lo que se cuenta no es siempre placentero. Intercalando flashbacks con episodios de su infancia, va construyendo la historia de ese primer amor y da el do de pecho en su final, soberbio por cuanto tiene de real. Raina y Craig no tienen una gran discusión, ni conocen a otras personas. Simplemente, se acaba lo que creían que era amor eterno, en un desenlace amargo anticipado por sutiles señales y tras el que queda sólo una manta hecha a mano que Craig es incapaz de tirar y una de las mejores secuencias de este cómic: la doble página en la que una Raina a la que nunca vemos la cara —en esta secuencia, se entiende— destruye la pintura en su pared que Craig le regaló.

Hay otra cuestión, además, que creo que es igual de importante y que a menudo pasa desapercibida frente a la historia de amor. Hablo del tratamiento de la religión, claro. Porque Blankets también es una historia acerca de cómo el fanatismo religioso puede impregnar la vida de un chaval hasta el punto de hacerle verse sucio por sentir amor y deseo o de cargarle con un complejo de culpa enfermizo que hace que ni se masturbe hasta los diecisiete —y por supuesto, se sienta como un monstruo cuando lo hace por primera vez—. La familia de Craig es cristiana —no se dice nunca a qué iglesia pertenecen, pero posiblemente sean episcopalianos— hasta límites absurdos, y él lee la Biblia a diario y tiene un sentimiento religioso sincero, sentimiento que, paradójicamente, o no tanto, acaba por distanciarle de la iglesia tras comprobar el poco afán de conocimiento de los sacerdotes o las flagrantes contradicciones en las que caen. Ese camino, siempre subordinado a la historia de descubrimiento adolescente, existe en Blankets y no es menos enriquecedor. Thompson no cae en excesivos maniqueísmos ni descubre sus cartas demasiado pronto —sólo al final sabemos que ya no acude a la iglesia—, y por la manera en la que escribe sobre su fe no hay tanto resentimiento como cabría esperar; todo lo más, caricaturiza ligeramente a varias figuras religiosas para reforzar su posición.

Todo siempre con un gusto y una sutilidad exquisitos. Thompson es elegante y siempre profundamente reflexivo. Esto puede aplicarse también, naturalmente, a cualquier otro tema presente en Blankets, desde la infancia perdida a la complicada relación con su hermano o sus padres. Es cierto que la temática se ha visto mucha veces. Pero en la autobiografía, habitualmente es la voz personal lo que marca la diferencia entre una buena y una mala obra. Y la voz de Thompson en Blankets es excelente, más allá de gustos. Es un gran narrador que se desenvuelve en todo tipo de secuencias con habilidad, variando constantemente la plantilla de viñetas para no resultar monótono, explorando parcelas de su pasado con confianza en sus habilidades y saliendo airoso siempre, lo que resulta en una obra sin fisuras y muy compacta, que tiene una estructura sólida de prólogo, inicio, nudo, desenlace y epílogo que no siempre es fácil encontrar en este género, y que sobre todo tiene alma, y es capaz de emocionar sin recurrir a trucos baratos, sino con pequeños detalles y un dibujo delicioso. Y además, no cae nunca en el gran enemigo de los autobiógrafos, que es el de la complacencia con uno mismo y/o la radicalización de los personajes familiares —de lo cual hay infinitos ejemplos, desde los padres malvadísimos y nazis de la floja Stitches a la superabuela de Persépolis—. La imagen que de sí mismo proyecta Thompson transmite verosimilitud y honradez, y parece no eludir ciertos aspectos algo incómodos, sin llegar, eso es cierto, a la descarnada sinceridad que encontramos en dos obras maestras: La ascensión del Gran Mal del citado David B. y la genial Nunca me has gustado, de Chester Brown, tebeo con algunos puntos en común con éste -la madre opresora, el hermano, la historia de amor, la vida en la América rural, los matones del colegio…

Por debajo de estas dos, no por eso deja de ser Blankets un excelente tebeo que hoy, con cierta perspectiva, es inevitable mencionar como un referente del cómic adulto actual y por supuesto, del tebeo autobiográfico. A Thompson le han salido tantos imitadores que es imposible negar su valía.

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