Consumido, de Joe Matt.

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Joe Matt debe de ser el autor menos prolífico de la historia del cómic; una especie de anti Sfar. Pero cada tebeo suyo lo celebro como una excelente noticia, porque es un autor que me encanta. ¿Por qué? ¡No lo sé!

Pero lo hace. Matt basa su obra, esencialmente, en ridiculizarse a sí mismo y exponer ante sus lectores todas sus miserias como ser humano. Los niveles de patetismo que llega a alcanzar el Matt de papel no están a la altura de cualquiera. A medio camino entre la catarsis y el masoquismo, las páginas de Matt construyen un personaje deleznable al que nadie querría tener a menos de diez metros. Miserablemente tacaño, mezquino con sus amigos Chester Brown y Seth, también historietistas —y bastante crueles con Matt—, misógino, vago, hipócrita, y, decididamente, con un problema gordísimo con el onanismo. Un desecho humano con el que el lector se sentirá fascinado. No sé si es la sinceridad, o la apariencia de sinceridad, o lo tranquilizador que es leer la vida de un tipo aún más patético que nosotros, pero la propuesta de Matt es, además de divertida, hipnótica.

En Consumido, nueva historia recopilada en tomo, previamente editada en su revista Peepshow, y aquí editada impecablemente por Fulgencio Pimentel, nos encontramos con más de lo que ofrecía el dibujante en Pobre cabrón: un dibujo caricaturesco muy funcional, aunque quizás aquí más depurado, una narrativa sin alardes, con plantilla de viñetas fija de cuatro por dos, que deja prácticamente todo el protagonismo a los textos. Es un tebeo de humor, en realidad, pero que se basa en los diálogos más que en el gag visual, y sobre todo, en las situaciones que la vida de Matt genera. Pero, ojo, porque aunque, sí, es un tebeo autobiográfico, es uno de los más originales que he leído, principalmente porque juega constantemente con los límites de la ficción y la realidad, y se aprovecha de la pátina de veracidad que tiene el género con mucho descaro, que es lo que a mí más suele interesarme de la autobiografía. Es, salvando las distancias, una especie de Eddie Campbell desenfadado, de andar por casa. No llega a cuestionar los límites del género con tanta perspicacia e ingenio como él, pero ofrece una versión del mismo recurso quizás más divertida. Matt crea un juego puramente metalingüístico; sin pretensiones, muy ligero, pero lo crea. Él aparece en sus tebeos hablando de los mismos, poniendo en duda que tal o cual cosa pasara realmente o como él lo cuenta. Lo que dibuja tiene consecuencias en la vida real y esto, después, se refleja en las siguientes entregas de su tebeo, y le acarrea más de un problema, al mismo tiempo. Pero siempre existe la duda, claro, de si lo que cuenta es lo que le pasa, o si está todo exagerado. Y ahí está la gracia de Peepshow y de Matt como autor.

Si en Pobre cabrón se centraba en su problemas para encontrar pareja, en Consumido, aunque eso también está presente, Matt habla sobre todo de sus prácticas masturbatorias. Si alguien pensaba tras leer aquel Pobre cabrón que era imposible que un autor se humillara más a sí mismo en un cómic, se va a quedar flipado. Porque lo hace. Es, y tiene tela, el mayor valor de Consumido, ir más allá aún en esa exposición de personaje-autor que constituye la columna vertebral de su escasa obra. A veces, simplemente, uno no puede creerse lo que está leyendo. Pase que Matt se haga veinte pajas seguidas —y rondando los cuarenta años, que se dice pronto—, pero la secuencia en la que edita vídeos pornográficos para quitar las partes que no le gustan es una de las cosas más enfermizas que he visto nunca, pero, desde el punto de vista formal, también es un ejercicio brillante, precisamente por la sensación que crea en el lector. Es difícil estar a la altura de semejante secuencia, pero el resto del cómic no se queda muy atrás. Matt vive entre cintas de VHS con porno —el tebeo tiene ya unos añitos; tengo ganas de que vuelva sobre el tema ahora que tendrá conexión a internet— y pañuelos de papel endurecidos. Mea en una botella de cristal para no encontrarse con sus vecinos y se aprovecha de la gente siempre que tiene la oportunidad. El personaje sería deleznable —más, quiero decir— si no fuera porque Matt tampoco se soporta a sí mismo la mayor parte del tiempo. Es demasiado débil para cambiar de comportamiento pero siempre es consciente de que es patético. Cuando expresa sus dudas sobre su trabajo es el único momento en el que la grotesca caricatura se vuelve real. Es sobre él todavía más inseguro que en el resto de los aspectos de su vida, pero además es inconstante e incapaz de mantener un ritmo aceptable. Incluso vemos cómo borra viñetas para luego arrepentirse y tenerlas que volver a dibujar.

Consumido es una lectura deprimente y divertida a la vez, y no es fácil conseguir eso. Puede que Matt no esté a la altura de sus amigos Seth y Brown, historietistas mayúsculos ambos, pero lo sabe y juega sus bazas con inteligencia y buen hacer. Es autor de una única historia, pero qué bien sabe contarla, el tío.

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